En la actualidad, la educación de personas jóvenes y adultas (en adelante EPJA) suele presentarse como un espacio de inclusión, reparación y oportunidad. Sin embargo, cabe preguntarse desde qué perspectiva se piensan y se organizan estos procesos.
Si bien existen enfoques y experiencias que sitúan a la EPJA en una clave crítica, orientada a la emancipación de los sujetos, lo cierto es que predomina una concepción que la consolida como un dispositivo de adaptación al orden social vigente. Aquella se encuentra profundamente atravesada por la modernidad líquida que Bauman (2000) describe como un escenario de inestabilidad, falta de determinación y ausencia de certezas, donde proliferan pautas y configuraciones que chocan entre sí sin ofrecer horizontes comunes.
A esta inestabilidad social se suman los intereses de un sistema neoliberal que Almeida y Pérez Martín (2023) reconocen como un proyecto político, ideológico y cultural que promueve el individualismo y responsabiliza al individuo de su trayectoria. En este marco, aprender deja de concebirse como un derecho colectivo y pasa a configurarse como una responsabilidad personal que ya no interpela a las condiciones que producen la desigualdad, sino que instruye a los sujetos a ajustarse a ellas.
Así, la figura del estudiante de la EPJA que aprende, aun cuando es reconocida desde discursos de multiculturalidad y diversidad que consideran particularidades sociales, políticas e históricas, sostenemos que se articulan con una mirada que naturaliza el fracaso, privatiza el esfuerzo y desdibuja el papel del Estado. Se consolida de este modo una lógica meritocrática que deposita en los individuos la carga de resolver obstáculos que exceden largamente sus posibilidades materiales y simbólicas. La diversidad es celebrada, pero las condiciones estructurales que sostienen la exclusión permanecen intactas.
Frente a lo anterior nosotros pensamos que, la EPJA, condicionada por un orden neoliberal dominante, reproduce formas de inclusión que no transforman la exclusión estructural, lo que vuelve necesaria una transformación profunda del sentido educativo para que el multiculturalismo deje de ser adaptación y se convierta en emancipación.
Rita Segato (2018) plantea que la educación de adultos no se aparta del sistema educativo general, históricamente configurado desde una matriz blanca y europeizante. Desde la conquista, la escuela en América Latina ha operado como un dispositivo de homogeneización cultural que oculta la diversidad de los territorios y moldea sujetos funcionales a la cultura dominante. En esa lógica “bancarizante” como diría Freire, se perpetúa mediante el currículum la expulsión de memorias y saberes para adaptar a los sujetos a una economía mundial, suceso del cual la EPJA ha participado, donde la autonomía pedagógica se enuncia más de lo que se ejerce.
De ahí que un multiculturalismo crítico en la EPJA latinoamericana no pueda limitarse al reconocimiento de la diferencia cultural, sino que deba orientarse a transformar las condiciones que producen la desigualdad educativa. Cuando el reconocimiento no se acompaña de redistribución de derechos ni de cambios institucionales, opera como una compensación simbólica que termina legitimando las mismas desigualdades que dice combatir.
Desde una perspectiva política, el multiculturalismo se vuelve subversivo frente a un currículum neoliberal en la medida en que cuestiona el modelo de persona autónoma y autorregulada, revelando formas de vida, saberes y aprendizajes anclados en los territorios y en la experiencia colectiva. La multiculturalidad abre así la posibilidad de una EPJA menos funcional al sistema económico dominante, y, por ende, más orientada a procesos educativos basados en la dignidad, la autonomía y la libertad.
En consecuencia, la EPJA se establece como una de las instituciones, entre otras tantas, donde se hace presente un doble discurso que posiciona a la inclusión en una fuerte presencia normativa, la cual no se refleja en la práctica real, marcada por la predominancia de una lógica de adaptación neoliberal. Esta concepción influye directamente en las trayectorias socioeducativas de los sujetos, las cuales se ven atravesadas por la autoculpabilización y la despolitización de las desigualdades, volviendo a la inclusión una mera promesa discursiva.
Frente a esto, creemos que, el desafío del Sur Global es transformar la EPJA en un proceso humanizador que incorpore saberes territoriales y redistribuya poder. Solo cuando la interculturalidad crítica reconozca la diferencia y transforme las condiciones materiales de exclusión, la EPJA abrirá caminos reales hacia la emancipación.
Nota: Esta columna es producto de la reflexión crítica desarrollada en la asignatura de Educación de Adultos en Contextos Multiculturales del programa de Magíster de Educación de Adultos y Procesos Formativos de la Universidad de Playa Ancha, Valparaíso.
Los autores y Autoras son estudiantes del programa de Magíster de Educación de Adultos y Procesos Formativos de la Universidad de Playa Ancha, Valparaíso.
