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Estafas telefónicas: la impunidad del siglo XXI. Por Cecilia Aravena Zúñiga

Actualmente, recibir llamadas de estafadores se ha convertido en una situación tan habitual como la recepción de facturas o publicidad no solicitada. Los métodos utilizados por estos delincuentes varían, desde la suplantación de ejecutivos bancarios y funcionarios de empresas de correos hasta representantes de entidades financieras o compradores interesados en productos a la venta; sin embargo, el objetivo fraudulento permanece constante.

La frecuencia con que ocurren estos intentos de fraude es elevada, afectando a un número significativo de personas. Lo preocupante no es únicamente la existencia de grupos criminales dedicados a este tipo de delitos, sino la evidente impunidad con la que operan, considerando los avances tecnológicos actuales que posibilitan rastrear, registrar y analizar datos de forma eficiente.

A pesar de vivir en la era de la inteligencia artificial, la geolocalización en tiempo real, cámaras inteligentes y procesamiento masivo de información, las respuestas institucionales ante denuncias recurrentes de números utilizados para estafas suelen ser insuficientes, justificándose por la alta cantidad de casos reportados.

Si bien la explicación administrativa puede resultar lógica, la actitud de resignación no debería convertirse en política pública. La investigación de fraudes telefónicos requiere la consolidación de inteligencia colectiva basada en miles de denuncias, ya que la tecnología actual permite detectar patrones delictivos rápidamente cuando existe información suficiente.

No es necesario investigar cada caso individualmente, sino estructurar mecanismos de acción basados en análisis de datos, donde el rol policial es esencial. Las policías no deben limitarse a recibir denuncias, sino analizarlas, relacionarlas, identificar patrones criminales y promover investigaciones orientadas a desmantelar organizaciones responsables de estos delitos. La respuesta institucional debe trascender el registro estadístico y transformarse en inteligencia operativa y persecución efectiva.

El aporte de las compañías telefónicas resulta fundamental, dado que poseen registros técnicos, información sobre contrataciones y detectan comportamientos anómalos dentro de sus redes. La colaboración activa de estas empresas en la prevención y detección de estafas debe ser exigida al igual que ocurre en el sector bancario, donde existen sistemas sofisticados para monitorear operaciones sospechosas.

Adicionalmente, investigaciones periodísticas y policiales han evidenciado delitos coordinados desde centros penitenciarios, donde internos logran acceder a teléfonos móviles y participar en actividades ilícitas. Resulta imperativo implementar sistemas efectivos de aislamiento o bloqueo de señales celulares en recintos penitenciarios, resguardando comunicaciones institucionales y de seguridad, pero eliminando excusas técnicas ante perjuicios considerables para la ciudadanía.

La lucha contra las estafas telefónicas demanda la participación coordinada de policías, fiscalías, empresas de telecomunicaciones, organismos reguladores, el sistema financiero y la ciudadanía. Sin embargo, la responsabilidad estatal en prevención, investigación y persecución de delitos es irrenunciable; las instituciones encargadas deben contar con recursos adecuados y ofrecer resultados visibles ante la magnitud del problema.

La creación de plataformas nacionales para denuncia rápida de números sospechosos, mapas públicos de fraude y el uso de inteligencia artificial para reconocimiento de patrones resultan propuestas viables y necesarias. La tecnología utilizada por los delincuentes puede y debe emplearse para proteger a la población.

La carencia no radica en la disponibilidad de herramientas, sino en la determinación institucional. Cuando millones de ciudadanos son víctimas de llamadas fraudulentas y la respuesta oficial sigue siendo insuficiente, la percepción de que el delito supera a las capacidades estatales representa un riesgo para la confianza pública en las instituciones. Es fundamental evitar que esta sensación se normalice, pues la erosión de la confianza afecta gravemente la legitimidad democrática y el bienestar social.

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