Hace algunos días asistí a un partido de categorías inferiores entre dos de los clubes más relevantes del fútbol chileno. Prefiero mantenerlos en el anonimato, no por omisión, sino porque lo que allí aconteció no es patrimonio de una institución en particular, sino más bien expresión de una forma de hacer que se repite, persistente, en múltiples escenarios. Aquella tarde no fue sino un nuevo capítulo de una observación que llevo sosteniendo, con cierta obstinación, durante casi una década.
Desde mi lugar de educador e investigador en el ámbito de la motricidad y el deporte, me interesa dejar registro de aquello que aparece y, sobre todo, de aquello que no logra aparecer. Hay dimensiones que debieran habitar el corazón mismo del proceso formativo y que, sin embargo, permanecen difusas, apenas insinuadas en la práctica cotidiana. Si el fútbol en edades como sub-13, sub-14 o sub-15 aspira a ser algo más que una antesala del rendimiento debiera, al menos, dejarse atravesar por estas dimensiones.
En primer lugar, el aprendizaje. No como resultado, no como cifra final en el marcador, sino como proceso vivo, inacabado, en construcción. A esas edades, cabría esperar una búsqueda persistente por comprender y mejorar el juego colectivo: ese entramado de relaciones que hace del fútbol algo más que la suma de individualidades. La ocupación de los espacios, las permutas, las triangulaciones, las coberturas, la salida desde el fondo, la participación de todas las líneas… todo ello debiera insinuarse como horizonte. Sin embargo, lo que suele imponerse es otra lógica: la del tránsito veloz del balón hacia un delantero rápido, depositario casi exclusivo de la promesa del gol.
Y con ello, también se diluye la reflexión. Al conversar con jóvenes futbolistas, emergen discursos que parecen calcados de las entrevistas del fútbol profesional: “fue un partido muy disputado”, “pusimos garra”, “nos faltó definir”. Palabras que orbitan en torno a la actitud o al talento individual, pero que dejan en penumbra los principios estructurales del juego, aquello que, en rigor, permitiría comprenderlo.
Luego, la dimensión física-fisiológica. En cuerpos en transformación, atravesados por ritmos desiguales de maduración, lo físico-fisiológico no debiera erigirse como criterio dominante. Más bien, habría que mirar las potencialidades, aquello que aún no es, pero podría llegar a ser. Sin embargo, la escena habitual muestra otra cosa: la preferencia por quienes ya encarnan una ventaja corporal, aunque esa ventaja no venga acompañada de una comprensión más profunda del juego.
Está también la dimensión ética, quizá una de las más decisivas. El juego, en su sentido formativo, no debiera reducirse a la obsesión por ganar, sino abrirse como espacio de aprendizaje. No se trata de negar el valor de la competencia, sino de reubicarla: que el resultado no eclipse aquello que verdaderamente importa. Y, sin embargo, una y otra vez aparecen estrategias que buscan reducir el riesgo —evitar la salida elaborada— y maximizar la eficacia inmediata —balones largos hacia el más veloz—. Se instala así una lógica donde el fin parece justificar los medios, tensionando profundamente cualquier pretensión formativa.
Porque el fútbol, en su esencia, es un fenómeno colectivo. Y en esa colectividad se juega algo más que la coordinación de movimientos: se juega una ética del bien común. No basta con “jugar bien” en términos individuales; se trata de contribuir a un entramado compartido que potencie al equipo. Pero no es extraño escuchar frases como “perdimos, pero yo jugué bien” o “perdimos, pero luchamos”. Y entonces la pregunta emerge, inevitable: ¿qué significa realmente luchar? ¿Es correr sin descanso o es comprometerse con una forma de construir juntos el juego?
Finalmente, la dimensión estética. Porque el fútbol, también, es espectáculo, es experiencia sensible. No solo para quien juega, sino para quien observa. Hay una belleza posible en el juego bien construido, en la armonía de sus fases —ofensiva, defensiva, transiciones—. “Jugar bien y jugar bonito”, se decía alguna vez, como si ambas cosas pudieran encontrarse.
Podrían nombrarse muchas otras dimensiones. Pero estas, por ahora, parecen ineludibles si hablamos de formación, al menos hasta los 15 años. Y desde ahí, la pregunta que insiste: ¿estamos realmente ante proyectos formativos o más bien frente a dispositivos orientados a identificar, con premura, a quienes pueden asegurar el triunfo en el corto plazo? La experiencia, una y otra vez, parece inclinarse hacia esta segunda opción.
Dos escenas, a modo de apertura para seguir pensando:
¿Cómo entender que, año tras año, tantos jóvenes sean desvinculados? Si la mirada estuviera puesta en las potencialidades, habría más espacio para el tiempo, para los procesos. Porque un mismo cuerpo, en distintos momentos de su desarrollo, puede desplegar posibilidades radicalmente distintas.
Y, del mismo modo, ¿cómo comprender que, alrededor de los 15 años, muchos clubes comiencen a entrenar en horario matinal, aun sabiendo que ello implica cambios de escuela o incluso el abandono del sistema escolar? Decisiones que fracturan vínculos, precarizan las condiciones de estudio y debilitan trayectorias educativas que también son, o debieran ser, parte del proceso formativo.
Tal vez, en el fondo, la pregunta no sea solo por el fútbol. Tal vez sea, más bien, por la idea de formación que estamos dispuestos a sostener.
Alberto Moreno Doña
Universidad de Valparaíso
alberto.moreno@uv.cl
