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Fantasmas (los míos-tuyos) … Por Ricardo Espinoza Lolas

“Cuando soñamos con personas olvidadas o muertas desde hace tiempo, es indicio de que hemos sufrido un cambio fuerte en nosotros, y que el terreno en el que vivimos ha sido removido completamente. Entonces los muertos se levantan y nuestra antigüedad se vuelve algo novedosa”. Nietzsche, Humano, demasiado humano…

Sarah Kane decía que a las 4.48 de la mañana era el momento en que nos suicidamos (4.48 Psicosis, escrito en 1999, fue lo último que hizo Kane y luego se suicidó, y fue expuesto por primera vez en Londres en el 2000) y eso es porque los fantasmas nos acechan y los fármacos hacen poco efecto represor a cierta hora: y nos acechan de un modo a veces mortal, pero tratemos de verlos de un modo material para que nuestra mortalidad se fortalezca junto a ellos y podamos transformarnos y realizar nuestro deseo en tiempos de inseguridad. Etimológicamente el fantasma es como la presencia en y por sí misma de lo que aparece, de lo que brilla, de lo que se manifiesta, a saber, de eso que se manifiesta siempre en un manifestarse concreto ante alguien en un instante preciso. El fantasma es la experiencia de uno y otro en su aparecer que en tanto tal nos sujeta y fuerza a ver, a veces, lo que no queremos ver, y nos angustia, nos atemoriza, nos inquieta, nos perturba. Ese verbo phainen griego indica ese mostrar que como un “monstruo” nos mueve radicalmente, incluso, como dije, nos puede angustiar y sumergirnos en el abismo, esto es, sentir el pathos de la propia presencia “nadificante” no solamente de uno, sino de la realidad misma: ¡No ser nada!, como diría el Sileno a Midas, sabiduría mítica milenaria pre-cristiana, tan cara a los griegos, como a Heródoto, que retorna con Nietzsche y hoy se vuelve muy presente en nuestras vidas.

El fantasma en tanto “monstruoso” nos sigue, nos mueve, nos dinamiza, no aterra, nos erotiza, nos conmueve, nos atraviesa, nos acompaña a todas partes, así como esos muertos de ese exquisito e inquietante film Dolls de Takeshi Kitano (2002). Por eso es por lo que muchos escritores, artistas, pensadores en las noches cuando escriben, o cuando piensan o crean, o semi dormidos, sienten “presencias monstruosas” que vienen tras ellos para buscarlos e invitarlos a tener algún tipo de experiencia con ellos; experiencias que no son solamente lúdicas, sino que a veces nos interiorizan, nos hacen divagar, nos exigen ser libres. No solamente le pasaba a Sarah Kane, sino también a Bowie, Joyce, Bergman, Tarkovsky, Nietzsche, Schelling, Goethe, y tantos más. A Goethe se le aparece ni más ni menos que Mefistófeles en las noches y siempre intenta con él, como buen romántico, forjar el plan de todos los planes, esto es, saberlo todo para dominarlo todo y con ello salvar el mundo: los fantasmas demoniacos nos pierden en nuestro narcisismo cristiano megalómano. Algunos fantasmas son como duelos no del todo realizados, duelos abiertos, pero no melancolizados a lo Freud, porque estos son portadores de vida, incluso en el dolor de su monstruosidad se da la vida que nos libera y emancipa. Esos monstruos que brillan en la oscuridad muchas veces son nuestros muertos (desde simbólicos a empíricos), como muy bien lo indica Joyce en Los muertos (The Dead, 1914) y el mismo Rossellini lo lleva al cine en Viaggio in Italia (1954), es decir, ese muerto fantasma que lleva por años viviendo en el cuerpo de Katherine Joyce (Rossellini nos mantiene el nombre de Joyce en el personaje de Ingrid Bergman), la millonaria neurótica histerizada al máximo, le impide ver a Alexander, su pareja, como su amor real (interpretado de modo magistral por George Sanders), pero en las tierras italianas primigenias del calor popular de Nápoles, de los muertos-cenizas de Pompeya, de la devoción a San Genaro puede ocurrir el milagro del amor. Y así con ese vínculo amoroso se puede, en ciertos momentos, desvanecer, en parte, a ese fantasma enquistado en el deseo de ella que es como el Hércules Farnesio que la mueve a buscar quién es y, a la vez, la paraliza para aceptar quién es y con quién puede ser feliz en su propio deseo.

Esos fantasmas, esos monstruos, esos muertos nos acompañan, en especial, en la noche, de madrugada y no nos dejan dormir, y si nos dormimos están en nuestros sueños, se instalan en ellos, son ellos. Los fantasmas están en nuestros difuntos, en nuestros seres queridos, también en los odiados y desconocidos; ellos están por todas partes y nos notifican algo desde otro lugar, como ese gran film documento de Harum Farocki llamado Übertragung, Transmisión (2008), en donde se nos muestra cómo los fantasmas viven junto a nosotros y se comunican, se transmiten, en distintas partes, desde el otro mundo, que es nuestro mundo material y ritual cotidiano en pleno laberinto de una vida actual. ¿Qué nos notifican los fantasmas que se experiencian con nosotros en la noche de los tiempos? En mi caso, y a lo mejor en el tuyo, me expresan lo que soy y, a una, cierta posibilidad de cambio, en eso sigo a Nietzsche y en cierta forma a los psicoanalistas, solo en cierta forma, con esto me refiero a que los fantasmas que nos vienen a ver en las noches de madrugada, como ciertos sueños agobiantes, de pesadilla, sexuales, exóticos, barrocos, a lo Bergman o Tarkovsky, son indicios de lo que somos en tanto que reales y por ello, somos abiertos corporalmente en canal y no podemos nosotros mismos tener clausuradas nuestras vidas (menos vivir en zonas de confort, pues no existen), somos en nuestras heridas, en nuestros miedos, dolores y también alegrías, anhelos, deseos; somos en las que yagas que nos supuran todas las noches; en definitiva, somos animales inespecíficos que no podemos cerrar nada del todo, menos hacer un duelo ni por un abuelo que ha muerto haces años o por un amor que nos estremeció nuestros cuerpos cuando joven, ni por ese o por eso que no nos deja en paz y nos perfora y nos perturba día a día: el maldito futuro y la seguridad de la vida en medio del capitalismo narciso que todo se lo devora. Y esos fantasmas nos indican radicalmente que somos finitos, sexuados, acoplados entre unos con otros: acoplados de modo imperfecto, nunca bien acabados y siempre en dinamismo abierto, por hacer, por venir.

Los fantasmas ni son, ni existen (el humano es el que existe), no se mueven para nada en un plano óntico (no es ningún tipo de algo que signifique desde lo humano como eso que nos sirve, que nos es útil para vivir), pero tampoco ontológico, ni menos simbólico (porque no expresa ninguna estructura que nos determine y nos clausure con un sentido), porque ellos solamente acontecen y por lo mismo son reales y en eso su carácter fantasmal nos golpea de modo radical porque nunca los fantasmas se pueden conjuran para que no vuelvan a aparecer y retornarán de alguna forma cuando estemos en la noche, por lo general, solos, con los ojos abiertos, acostado en la cama, intranquilos, echados en un sofá, con decisiones por tomar, con preocupaciones que están ahí, por inseguridades de todo tipo; allí mismo sin esperar nada y todo a la vez, pero con ciertos sonidos, imágenes que poco a poco se configuran en nosotros, los fantasmas nos hablan de alguna forma y nos tocan. Y depende de nosotros cómo nos comunicamos con ellos y cómo nos transformamos de algún modo para ser más felices en la precariedad misma de una vida abierta.

Playa Ancha, 11 de agosto de 2023

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