Existe un prejuicio muy instalado en el debate público: que ser evangélico implica necesariamente alinearse con determinados sectores políticos. Parte del mundo político conservador ha instalado el relato de que ellos serían los representantes naturales de las comunidades evangélicas, incluso cuando muchas veces no tienen una conexión real con ellas. Algunos prácticamente jamás las han visitado por iniciativa propia, salvo en tiempos electorales.
A ese relato se suma otro fenómeno que se ha vuelto cada vez más visible: ataques y descalificaciones que circulan principalmente en redes sociales, impulsados por sectores fanatizados que no aceptan la posibilidad de que existan creyentes con perspectivas políticas distintas. En esos discursos suele repetirse un lenguaje cargado de consignas como “Dios, patria y familia”, desde donde se intenta instalar la idea de que la fe cristiana solo puede expresarse dentro de un determinado marco político.
Ese discurso suele apoyarse en lo que llaman una “agenda valórica”. Desde ahí se afirma que ciertos sectores políticos defenderían los valores cristianos, mientras que la izquierda estaría en contra de ellos, presentándola como una especie de enemigo cultural frente al cual habría que defender la fe.
Sin embargo, la realidad de las comunidades evangélicas en los territorios suele ser bastante más diversa que ese relato resumido. Quienes participamos activamente en comunidades evangélicas en los barrios sabemos que la fe no se vive como una consigna política. Se vive en la vida cotidiana de las congregaciones, en la forma en que las personas se acompañan, se escuchan y sostienen vínculos de confianza.
Las iglesias evangélicas en los barrios no funcionan como comandos políticos. Funcionan como espacios de comunidad: lugares donde la gente se conoce por nombre, comparte problemas reales y aprende a confiar en quienes cumplen su palabra.
Allí se construyen redes de apoyo, se acompañan los procesos de la vida y se sostiene una ética comunitaria que muchas veces permanece invisible para el debate político.
En distintas poblaciones, las iglesias evangélicas también han sido espacios donde se organizan formas cotidianas de solidaridad: apoyo a familias en momentos difíciles, acompañamiento a personas mayores o redes de ayuda entre vecinos. Esa dimensión comunitaria de la fe rara vez aparece en el debate político, pero es parte fundamental de la vida de muchas congregaciones.
En ese contexto, la relación entre política y comunidades de fe no se construye desde consignas, sino desde la presencia real en el territorio. Este tipo de experiencias no es aislado. En Huechuraba, por ejemplo, el vínculo que la concejala Fresia Margarita Hernández, militante del Frente Amplio y diaconisa evangélica, ha construido con distintas comunidades de fe muestra algo que muchas veces se ignora en el debate público: ser de izquierda no implica estar en contra de la fe ni de la vida comunitaria que se construye desde ella.
Cuando existe una trayectoria de trabajo territorial y un vínculo construido con respeto hacia las comunidades, los prejuicios comienzan a romperse.
El trabajo territorial genera algo que ningún discurso puede reemplazar: legitimidad y reconocimiento. Las comunidades evangélicas que realmente sostienen su vida comunitaria en los barrios valoran la coherencia, la palabra cumplida y el respeto mutuo.
Por eso, cuando la política intenta acercarse a estas comunidades únicamente desde el discurso o desde consignas sobre valores, rápidamente se hace evidente la distancia. Las iglesias no funcionan como plataformas electorales ni como espacios de campaña. Son comunidades vivas, donde la confianza se construye con el tiempo y donde las palabras tienen peso.
La relación entre política y fe, por lo tanto, no debería construirse desde la apropiación de un discurso religioso ni desde consignas sobre moralidad. Durante años ese lenguaje permitió instalar la idea de que ciertos sectores políticos representaban naturalmente al mundo evangélico.
Algo de eso también deja una tarea pendiente para quienes pensamos distinto: aprender a dialogar con las comunidades de fe desde su realidad, desde su vida comunitaria y desde sus preocupaciones concretas.
Ir más allá de la llamada “agenda valórica” implica comprender que las iglesias en los barrios no son espacios abstractos de debate moral, sino comunidades donde las personas se conocen, se acompañan y construyen confianza en el tiempo. Allí, la legitimidad no se obtiene con discursos, sino con trayectoria, coherencia y trabajo real en el territorio.
No es casual, entonces, que liderazgos que forman parte de estas comunidades, como el de la concejala Fresia Margarita Hernández, diaconisa evangélica logren generar vínculos genuinos con ellas aun perteneciendo a una militancia de izquierda. Cuando existe una historia compartida con las comunidades, el diálogo se construye desde la cercanía y la confianza, y no desde la utilización de la fe como herramienta de discurso político.
Quizás el desafío no es decidir si la fe es de derecha o de izquierda, sino recordar que en las calles la fe siempre ha sido, antes que todo, una forma de comunidad.
