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Fiebre francesa: esbozos de reflexión. Por Rodrigo Arenas, diputado de París

Encontrar las palabras justas

Lo que estamos viviendo desde que un policía de gatillo fácil asesinó a un joven de 17 años no son “disturbios”, como lo suelen llamar los medios, la derecha o el gobierno, sino una revuelta. Una revuelta que se manifiesta en el fuego, las violencias y los saqueos.

Sin tener la distancia reflexiva de la investigación sociológica, que sólo sucederá después, suele ser difícil leer en las señales no-verbales de la violencia. No nos queda más que interpretar, con el riesgo de estar proyectando sus propios marcos interpretativos.

Si bien atacar una comisaría constituye una señal bastante clara, ¿por qué en algunos lugares una alcaldía, en otros buses, tranvías, una mediateca, y en otros más la oficina de correos, el club deportivo de boxeo local, una organización caritativa o un centro médico-social?

Es necesario justamente recordar que la violencia siempre es el signo de la imposibilidad de hacerse escuchar... o porque uno carece de las palabras para expresar su situación, o bien porque no hay interlocutor a quien expresársela. En este caso, nos encontramos frente a ambas situaciones.

Prender el fuego, como encender una señal de emergencia, permite justamente poner de manifiesto un malestar. Y lograr llamar la atención. Pero el único mensaje que se escucha hoy es el mensaje de la rabia, con su corolario, el miedo que provoca en los demás. Es un elemento fundamental.

Luego, esta es una revuelta de una parte de la juventud francesa. Primero de los más jóvenes. Es lo más impactante. Muchos adolescentes de 12-15 años cuya conciencia política es aún muy inmadura y cuya acción es desorganizada y relativamente superficial. Hay distintas interpretaciones de esta movilización. Está primero el aspecto “lúdico”, recalcado por las comparaciones que hacen entre ellos los diferentes grupos en las redes sociales y los chistes entre pequeños grupos de amigos. No es porque es en parte cliché que hay que desmerecer la dimensión adolescente de esta actitud de rebelión. Desafiar la autoridad del Estado, de la policía, de los adultos, de los padres, forma parte de rituales de construcción de la subjetividad por los que todas y todos hemos pasado de una manera u otra.
Sin embargo, aquí el cliché cobra mayor grado de puesta en escena por el contexto de movilización más general de emoción e indignación por el asesinato del joven Nahel, de las violencias policiales y de cierta conciencia colectiva de su estigmatización por sus origines sociales, étnicos o territoriales. De hecho, cuando estos jóvenes se expresan, todas y todos manifiestan haber vivido por lo menos una experiencia de encuentro traumatizante con las fuerzas policiales, es decir la institucionalidad de la ley, por lo tanto del Estado. Se trata de una observación compartida en forma unánime en los barrios populares.

Hemos observado también intentos de instrumentalización de la revuelta de estos grupos de jóvenes. O por personas mayores que se ocultan tras la relativa inmunidad legal de estos menores de edad, o por círculos de pequeños delincuentes que siempre buscan aprovechar estos momentos de caos y violencia social para lucrar.

Por otro lado, claramente no se trata de todos los jóvenes. Es necesario acabar con esta tendencia a amalgamar y borrar las grandes diferencias de posicionamientos sociales y políticos tras las mismas generalizaciones. La juventud francesa es tan fraccionada como el resto de la sociedad. Queda muy claro a la hora de observar sus comportamientos electorales, y aún más si se toma en cuenta el hecho de que el grupo etario fue mucho más determinante que la clase social durante los 30 años entre 1960 y 1990. Esta relativa homogeneidad de la juventud ya no existe. La “clusterización”, es decir la constitución de grupos relativamente distintos basados en una experiencia particular (con la policía, o la escuela, por ejemplo), se fue imponiendo. Por eso se requiere cautela a la hora de aseverar generalidades sobre “la juventud francesa” y su mensaje. ¡Ya se acabó “Mayo 1968” (que tampoco fue tan homogéneo)!

Por último, tampoco se trata de una revolución. Al contrario de lo que se lee y se escucha en distintos lugares, la situación no es “objetivamente revolucionaria”. Esta revuelta no contiene mensaje político claro ni articulado que podría transformarla en revolución.

Hay que tener cuidado con esta mitología de la violencia revolucionaria y con esta aspiración robespierrista que busca detectar en todos los movimientos sociales los inicios de la próxima revolución.

De la misma manera, las profecías aceleracionistas son tan apresuradas como perversas: no es porque se atacan cientos de edificios que hemos empezado una nueva fase política de renovación. Más bien al contrario, seguramente tendremos que encarar un momento en que la relación de poder, ya en claro desmedro de la izquierda, se torne aún más hacia la exigencia mayoritaria de un restablecimiento de “la ley y del orden”.

Finalmente, esta revuelta no es más que una fiebre muy fuerte del cuerpo social, con aspiraciones aún muy confusas y por sobre todo demasiado contradictorias.

Tomar conciencia de la desesperación

Haciendo abstracción del romanticismo de la izquierda, enamorada de su propia historia y viendo reminiscencias de los años 89, 48, 71 o 68 apenas hayan estremecimientos de movimientos sociales, es necesario abocarse a los hechos.

Romper vitrinas de los bancos es una manifestación clásica de protesta, sin embargo saquear supermercados es una novedad. Estos son signos muy preocupantes de la desesperación social y económica de una población pauperizada, que aprovecha las mínimas oportunidades para llenar el carro de compras en supermercados Lidl o Auchan asaltados. Esto demuestra un nivel de urgencia más grave aún que los hurtos masivos usuales de tiendas de lujo o de ropa por grupos de la población excluidos del consumo de masa, al cual quieren acceder.

Si se profundiza aún más la interpretación, esto podría ser visto como el cuestionamiento violento de un modelo consumista que se establece como único horizonte de una sociedad materialista y desencantada, entre dinero fácil de los influencers y figuras de deportistas despilfarradores.

Ante todo, esta revuelta es una nueva manifestación de la exasperación creciente de la sociedad francesa. Es un capítulo nuevo en la rápida sucesión de los estallidos de violencia que atañen a todas o casi todas las capas de la sociedad francesa.

Después de la revuelta de las pequeñas clases medias y populares de los territorios periurbanos, relegados económica, social y culturalmente por élites ciegas y alejadas – la revuelta de las “Chaquetas Amarillas”;

Tras la revuelta más discreta pero profunda de un margen de la sociedad socialmente heterogénea pero culturalmente convergente en el rechazo de las medidas sanitarias, contraria al Pase Covid y a las limitaciones de las libertades individuales, extremadamente crítica de las incoherencias del poder en su gestión autoritaria de la crisis del Covid 19 – que sumaron casi 6 millones de ciudadanas y ciudadanos;

Tras la revuelta de las clases populares e intermediarias ante las medidas antisociales, la negación de la democracia y el autoritarismo institucional cuando se aprobó la reforma de las pensiones;

Tras las revueltas puntuales pero recurrentes de grupos pequeños e ideológicamente homogéneos de la población francesa – ecologistas radicales y defensoras y defensoras de la zonas autónomas (ZAD1), extrema derecha en Saint-Brévin2, etc. ...Francia está harta. Francia está que arde. Está subiendo la presión.

Se trata de la acumulación de rabias y frustraciones, que aún están inarticuladas y sin convergencias, ya que están distribuidas socialmente entre grupos que se conocen poco y que, a menudo, no se reconocen.

En realidad, esta revuelta es también el resultado del debilitamiento de las solidaridades, de los servicios públicos, así como de la destrucción de los sistemas de referencia colectivos deliberadamente socavados por las políticas del gobierno de Macron desde hace seis años, pero cuyas raíces datan de antes. El debilitamiento de la calidad y de la cobertura de los servicios públicos se debe en gran parte a los recortes de gasto publico iniciados por Nicolas Sarkozy con la RGPP3. Es necesario recalcar también que estas políticas siempre tienen las mismas variables de ajuste: el tejido asociativo, las redes de solidaridad, la acción social, las policías municipales, etc. Una mayoría abrumadora de estos jóvenes involucrados en los hechos de violencia nunca vivenció este periodo de descomposición: ¿qué se puede esperar cuando solo se ha experimentado la lenta acumulación desesperante de horizontes truncados?

Conciencia de clase

Por último, esta revuelta tiene un profundo arraigo en un sentimiento de injusticia a la vez difuso y tenaz. Se ha ido alimentando de las muertes bajo los disparos de la policía francesa, en especial desde la “ley Cazeneuve” – cabe recordar que también era ministro cuando sucedió la tragedia de Sivens en que murió Rémi Fraisse4.

Aquí, la exasperación se cristaliza en el sentimiento de la banalización de la tragedia. La multiplicación por 5, desde 2017, de los disparos letales sobre vehículos se conjuga con el perfil homogéneo de las víctimas. Contrasta con la actualidad de crónicas diarias: por ejemplo, cuando el actor Pierre Palmade, culpable de haber chocado en auto con una familia habiendo consumido drogas, es visto luego en discoteca. El hastío que aflora frente a estos signos de una justicia de clase es difícil de reprimir.

En el trasfondo, es un episodio de lucha de clases que está en desarrollo. Las revueltas sociales que se han ido sucediendo desde el inicio del primer gobierno Macron apuntan en realidad a un endurecimiento del poder y por sobre todo a una creciente impunidad en el ejercicio del poder por las clases dominantes. Es verdad que no se proclamó el estado de emergencia como en 2005, pero en las calles tampoco queda espacio para la moderación. Se perdió la conexión: el poder militariza las calles y manda al contacto tropas que son más o menos de élite y carecen de capacitaciones al mantenimiento del orden público en los barrios: RAID5, GIGN6, BRI7, PSIG8... Propone medidas tales como la suspensión de las redes sociales, que evoca más bien la gestión de las revueltas por regímenes autoritarios.

La política deliberada de destrucción Estado social debilitó los servicios públicos y puso en jaque los equilibrios sociales. Si bien visto desde Europa, Francia es el país más desigual antes de la redistribución y el más igualitario después, las ofensivas del poder macronista nos llevan a preocuparnos de las amenazas planeando sobre este péndulo social:

Ofensiva económica de los patrones con la reforma de las pensiones.

Ofensiva fiscal de los dueños del capital y de los accionistas contra el impuesto sobre sus riquezas.

Ofensiva social en la culpabilización de los y las cesantes y de las ayudas sociales del mínimo vital ahora acusados de ser parásitos y denunciados por asistidos.

Ofensiva legal con la criminalización de los movimientos sociales. Ofensiva cultural de la extrema derecha en los medios de comunicación. Ofensivas políticas en la exhibición sin vergüenza del desprecio de clase y en la brutalidad de los pequeños exabruptos torpes y a su vez elocuentes del poder macronista.

Y defensa sistemática de los privilegios de los poderosos, mediante sus símbolos como los jets privados o temas mayores como la fiscalización de los beneficios extraordinarios.

Clases Peligrosas – el Gran Miedo

Para el poder, las reivindicaciones de los movimientos sociales son ilegítimas. Estamos presenciando el regreso brutal de la amalgama entre “clases trabajadoras” y “clases peligrosas”. El miedo a la violencia del pueblo esta alimentado por los elementos y los discursos del gobierno, entrando en resonancia con los pánicos culturales de la extrema derecha y de los conservadores obsesionados por el color de piel y la etnia de este pueblo en revuelta.

El mal es profundo. El desprecio de clase es constitutivo de la práctica macronista del poder. Se manifiesta en la justificación de políticas de seguridad rudas y violentas. En el fondo, los abusos de Benalla9 el 1° de mayo 2018 no fueron para nada accidentales. Son la prueba de una filosofía autoritaria del poder y de un desprecio generalizado para quienes expresan su oposición a los propósitos del gobierno.

“Que me vengan a buscar”. El Presidente se plantea una y otra vez como el maestro del juego, de manera general, como el jefe – llevó al extremo y al absurdo la lógica institucional de la 5a Republica, corrompiendo el espíritu de la Constitución por un aprovechamiento desvirtuado de su letra. Al carecer de mayoría política, trazó incluso una ecuación peligrosa entre legalidad jurídica y legitimidad política.

Reacio a las concesiones y a los acuerdos mutuos, su práctica del poder consiste en un debilitamiento constante de los cuerpos intermediarios. Al presidente-monarca Macron, le gusta dialogar directamente con los ciudadanos-súbditos. Enfrentado a una revuelta espontanea, sin forma ni estructura, que no habría podido anticipar, el Presidente jupiteriano10 ha quedado desamparado. La legitimidad providencial otorgada por la elección – a pesar de haber sido por “el mal menor” – ya no basta: el rey está desnudo. Narcisista y megalómano, no tolera la oposición y su tono y actitud demuestran su convicción de tener la razón. Los intelectuales invitados al Eliseo11 presenciaron todos una sesión de monólogo estéril y una atmosfera cortesana en desfase completo con su promesa de diálogo. La gestión de las crisis lo puso de manifiesto, el presidente se encierra en una práctica solitaria y militarizada del poder cuyos efectos particularmente nefastos se notaron durante la crisis sanitaria, presentada como “una guerra contra el virus” y liderada por un Consejo de defensa. En el actual episodio de revuelta de las juventudes urbanas, Macron maneja el tono marcial y el paternalismo autoritario. Gobierna por el miedo y la división. Lo que está confirmado por el apoyo de una mayoría de la población a los abusos policiales y autoritarios del poder.

Lo vimos con la crisis sanitaria, lo vemos en el discurso de la “amenaza de la extrema derecha”, lo vemos en la designación recurrente de ciertos grupos de la sociedad para la justicia popular: los populistas sediciosos en chaquetas amarillas, los anti-vacuna conspiracionistas y estúpidos, los sindicalistas irresponsables, los ecoterroristas, los Amish a favor del descrecimiento, los black-blocs anticapitalistas, y ahora los apoderados cuya autoridad fallida no garantiza el control de sus hijos, etc.

Reina el miedo

Hay que tomar acta de este medio. Reconocerlo y combatirlo. Porque siempre será más fuerte que la razón, que la rabia o que la esperanza. Cuando uno tiene miedo, siempre reacciona exageradamente.

Está en nuestro cerebro reptil desde la época en que éramos individuos débiles frente a los peligros de la naturaleza u otros: nos dedicamos a erradicar el peligro. El costo de esta reacción exagerada se considerará sistemáticamente menor frente a soluciones equilibradas y complejas. La exasperación de la derecha radical y de la sociedad francesa frente a los “migrantes”, los asistidos, los wokes, los ecologistas, las feministas... son, en primer lugar, sobresaltos de miedo.

La policía también tiene miedo. Es aún más grave, porque están armados. El peligro de que pierdan el control es aún más real ya que están bajo una presión muy fuerte tanto de la calle como del gobierno, que sigue alentando normas para entablar combate y de mantenimiento del orden violentas, absolutamente agotadoras para las fuerzas policiales. Este medio es peligroso porque conduce a la radicalización.

Tenemos un ejemplo de esta radicalización de la policía en el comunicado injusto y escandaloso de los sindicatos Alliance y UNAS que habla de “guerra civil”, como si desearan la explosión general en una gran batalla final. Hoy, estos dos sindicatos representan un 90% de los policías que participan en sus elecciones profesionales. Esto plantea el peligro de una policía cada vez menos republicana – al contrario de la gendarmería.

La humanidad de las mujeres y los hombres

Todo esto nos conduce a la inevitable pregunta que está en los fundamentos de la política: ¿qué hacer?

Alimentar los miedos incentivando a la revuelta es altamente contraproducente. Los aprovechadores de la guerra son los carroñeros de las noticias.

Fundamental y complejo, es preciso redimensionar lo humano en nuestra sociedad. Y generar un discurso apaciguador que ponga a lo humano en el centro a la vez que rehúye las facilidades discursivas, los eslóganes, todo aquello que deshumaniza a los actores en el espacio público. Para los jóvenes en revuelta, se trata de ponerle nombre a las cosas: a sus miedos, a su sufrimiento y a su desesperación. Es la muerte de uno de los suyos. Uno más. Hay que tomar acta y ofrecer otra válvula de escape que la violencia: un horizonte.

Para las clases medias y populares en los barrios en llamas: se les está amenazando la existencia. Sus negocios están siendo saqueados, sus vehículos y su movilidad, incluso su integridad física, están en juego... de esto también hay que tomar nota. Y evitar la competencia victimaria, bajo amenaza de alimentar el odio, el resentimiento y la violencia de la reacción.
Para las fuerzas policiales: el asesino del joven Nahel lo reconoció él mismo y espontáneamente se arrepintió de su gesto. Tiene conciencia de su acto. Lo cual es fundamental. Las fuerzas policiales también son hombres y mujeres sometidas a duras pruebas. Su incapacidad psicológica a enfrentar las dificultades de sus tareas es lo que los lleva a la deshumanización. Los llamados a condenar la policía en bloque son peligrosos porque constituyen amalgamas cuyo efecto principal es la radicalización de la policía.

La policía es uno de los servicios públicos que padeció los recortes de gasto social en forma más dura. Primero con la reducción de sus plantillas desde Sarkozy, y con la degradación de sus condiciones de trabajo. Aparentemente, las contrataciones ya no logran compensar el número de renuncias.

Es más, con la destrucción metódica de los cuerpos intermediarios y el debilitamiento del tejido de organizaciones sociales, se volvieron la última línea en contacto con el sufrimiento social. Son ellos quienes se encuentran con las grietas, las fragilidades, la desesperanza de los más humildes. Les pedimos demasiado. Y por sobre todo les pedimos lo que no debieran tener que hacer. Su capacitación es claramente insuficiente y su proceso de selección es sumario. Además, los que no dejaron la profesión son los elementos más radicalizados – las y los policías que reivindicaban “otra policía” a menudo ya se fueron. Causa y consecuencia de este enfrentamiento sin preparación, el racismo echa aquí raíces profundas y sistemáticas.

Educación, cultura, capacitación: la reforma de la institución policial es urgente. No sólo en cuanto a la preparación a situaciones de conflicto, sino también en cuanto a su misión: la filosofía lo plantea recurrentemente, los guardianes de la polis deben tener una humanidad aún más desarrollada. Ser detentor de la violencia legitima impone aún más respeto por el valor y la dignidad humana. Todo lo que es empobrecimiento espiritual de los policías les vuelve la misión aún más imposible. Porque su tarea es fundamental, su reclutamiento y su capacitación deben estar a la altura. Se trata de volver a darle sentido a su misión: educarlos a la protección de los derechos y a la dignidad de las personas. Y despedir a las y los que no le tomarían el peso. La escuela desempeña aquí un papel central – debe iniciar mejor a los fundamentos de los valores humanos y del respeto. No sólo de un punto de vista teórico, sino práctico. Conocerse a sí mismo es un primer paso indispensable, fundamental, para encarar la relación con los otros – se debe practicar desde la escuela.

El vínculo íntimo consigo mismo se refuerza y se perfecciona en la relación con el otro. Cuestionarse sobre sí mismo o sobre el otro, reconocer diferencias de rostros y de sensibilidades, vincular lo que uno siente y lo que siente el otro permite profundizar esta relación consigo mismo y con el mundo. Conocer a si mismo es también fundamental para aprender una virtud fundamental: el respeto. El respeto es simplemente reconocer al otro en su singularidad. Al contrario de lo que esperan lograr las instrucciones oficiales cuando insisten en el civismo y el “convivir”, el respeto no se enseña. Se construye, se aprende logrando una distancia consigo mismo y el reconocimiento del otro. Debe, además, ser mutuo.

El respeto se va adquiriendo por el ejemplo, por la práctica, por la relación.

La palabra justa –los políticos son ante todo docentes- que sean de derecha o de izquierda, los sobresaltos de autoridad no son más que autoritarismo. La verdadera autoridad, el liderazgo, se arraiga en la capacidad de proponer una orientación, un objetivo y convencer alrededor suyo que este objetivo sea deseable. Necesitamos otras autoridades morales que estos modelos de padres sancionadores o de jefecillos autoritarios. Ni Macron, ni Darmanin, y aun menos la derecha de Ciotti o la extrema derecha advirtiendo de una guerra civil – a la vez que la desean – que piden a gritos el estado de emergencia y los militares para proteger a “la gente de bien” están a la altura del reto. Lo que buscan, simplemente, es volver a ponerle tapa a la situación, hasta la próxima explosión. Sus llamadas a la autoridad republicana ya no tienen valor porque perdieron toda legitimidad. Responder a la desesperación y a la revuelta de los jóvenes por la fuerza es un signo de debilidad.

Por otra parte, los llamados a la calma son igualmente inaudibles. Primero, porque se expresan en canales de comunicación que los jóvenes en revuelta no frecuentan. Estos mensajes se envían más que nada a la población general. Sin embargo, no tienen impacto sobre los jóvenes. Segundo, porque estos llamados suelen sonar a declaraciones muy paternalistas con benevolencia variable, pero siempre desconectada de la realidad.

Luego, las promesas de inversiones, reflejo flojo de la izquierda (canalizar recursos hacia los barrios) son inútiles. Primero, se invirtió mucho dinero desde 2005. Justamente son estos equipamientos que están ahora en llamas. Además, y sobre todo, es justamente este tipo de miserabilismo que es ahora insoportable. Si hubiera que arriesgarse a una interpretación de los incendios de equipamientos urbanos, se podría hablar de “política de la tierra quemada”. Y se podría formular la siguiente traducción: estos jóvenes en revuelta no quieren mediateca ni terrenos de basquetbol, quieren justicia. Quieren un futuro. Quieren saber cuál es su lugar en la sociedad francesa. El político, al igual que el docente, es depositario de una palabra significante. Las palabras tienen sentido y deben ser sopesadas. El deber del docente, al igual que del dirigente político, es crear una “deuda de sentido”, es contribuir a darle sentido al mundo, acompañar a la ciudadanía o a las y los alumnos en el aprendizaje de referencias, y trazar juntos orientaciones, caminos hacia un objetivo común.

La escuela, nuestro bien común

El problema contemporáneo de la delicuescencia de los cuerpos intermediarios, reforzado por la atomización social y la polarización políticas generadas por las redes sociales y la civilización digital, es que ya no tenemos espacios comunes para el diálogo. Ya no hay ágora, foro, plaza pública. Tenemos que volver a crear las condiciones del intercambio y de la palabra pública. Necesitamos nuevos “lugares comunes” para “volver a tejer los vínculos” que nos unan.

Es justamente el papel de la escuela.

Dentro de los servicios públicos más dañados por el poder desde el 2017, se encuentra la escuela. No es casualidad, es el último reducto que hay que vencer para imponer la contrarrevolución. Es el lugar de la emancipación de las clases populares, de la integración cultural, de la movilidad social y del aprendizaje de la ciudadanía democrática.

Todo el mundo va a la escuela. Es nuestro lugar común por excelencia. Pero se ha vuelto, demasiado seguido, el instrumento de relegación de buena parte de estos jóvenes, maltratados por un sistema escolar donde no pudieron o supieron encontrar las claves, muchas veces por la falta de recursos.

La escuela ocupa un lugar central en la vida de nuestras hijas e hijos, en la vida de las y los adultos. Debiera de tener un lugar central, literalmente, en la organización de nuestro espacio cotidiano. Se trata de su ubicación concreta en la sociedad: edificios, tejido urbano, conexiones con centros de cultura y de conocimiento, diversidades sociales y culturales, etc. Las problemáticas educativas concuerdan con las de cohesión social y lucha contra las desigualdades.

Las respuestas pasan por un esfuerzo adicional de coordinación y de planificación de los distintos niveles de gobierno – municipios, provincias, regiones y ministerios – para que la diversidad social no sea sólo un deseo inútil sino un hecho innegable de nuestras ciudades. La diversidad no es sólo la justicia social, es necesaria porque prepara a una vida postescolar en la que uno se mezcla con todas y todos, en la calle, en el trabajo, con la familia. Es una garantía de paz social, de cooperación y de reconocimiento de las diferencias sin caer en la indiferencia y la violencia.

Los establecimientos escolares pueden volverse nuestros nuevos lugares comunes.

Y las calles, las ciudades, las plazas públicas deben ser nuestras escuelas. Ninguna dotación presupuestaria, ninguna ayuda social, ninguna reforma de los servicios públicos, ninguna justicia incluso, bastarán para responder al reto democrático al que estamos colectivamente enfrentados. No vamos a superar la situación mediante otro episodio más de gran debate, otra parodia de democracia. La misión de los hombres y las mujeres de este país, de todos y todas las que realmente obran para el interés general y por ofrecerle un futuro a esta juventud en revuelta, es bajar a estar lo más cerca posible de la población. Es escuchar, dialogar, compartir. Volver a dar sentido y substancia a la representación política.

Ha llegado la hora de volver a tejer vínculos entre nosotros. Redescubrir por qué queremos vivir juntos. Hacer sociedad. Cuidar la democracia.


Traducción de Nicole Fortenzer.

NOTAS:

1 Nota de la traductora: ZAD : Zone à défendre, literalmente “zona para defender”. Se trata de espacios de luchas por la preservación o el uso de la tierra en el marco de movimientos de defensa del medio ambiente o de derechos de uso de la tierra, como en el caso del Larzac en los años 1970 o más recientemente el sitio Notre Dame des Landes donde se iba a construir el nuevo aeropuerto de la ciudad de Nantes. Todas las notas a continuación son de la traductora.

2 El alcalde de la comuna de Saint Brévin en el oeste de Francia, Yannick Morez fue atacado y acosado por la extrema derecha por haber instalado un hogar para refugiados en su comuna, a tal punto que renunció a su cargo en mayo 2023.

3 RGPP : Revisión General de las Políticas Públicas, iniciada en 2007 se trata de una serie de reformas estructurales de las política publicas para bajar el gasto publico y aumentar la eficacia de las intervenciones públicas.

4 Rémi Fraisse tenía 21 años cuando murió en los enfrentamientos entre policía y manifestantes en el sitio de la represa de Sivens, en 2014.

5 Unidad de élite de la policía nacional francesa.

6 Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional.

7 Brigada de Búsqueda e Intervención Policial (Brigade de Recherche et d’Intervention Police), o anti-gang de la policía judicial

8 Pelotons de surveillance et d’intervention de la gendarmerie, Pelotones de Vigilancia e Intervención de la Gendarmería.

9 Alexandre Benalla es el ex jefe de seguridad y hombre de confianza del presidente Macron, condenado, entre otras infracciones, por hechos de violencia contra una pareja de manifestantes en margen de la protesta del 1o de mayo 2018 en Paris.

10 E. Macron usó esta calificación para describir su visión de su Presidencia, en una referencia a Júpiter en la mitología romana.

11 E. Macron organizó un almuerzo con sociólogos en el Eliseo el 23 de mayo 2023.

Ver texto en francés:

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