Hay un momento en septiembre en que Chile empieza a oler distinto.
No sé exactamente cuándo ocurre. Tal vez cuando aparecen los primeros sacos de carbón en los supermercados, cuando las empanadas empiezan a multiplicarse en las vitrinas o cuando alguien, en alguna casa cercana, decide que ya es suficientemente septiembre como para prender una parrilla. Lo cierto es que el olor aparece. Pasa por encima de las rejas, cruza los patios y se mete en las casas.
Y con él llega el Dieciocho.
Me gusta observar lo que nos ocurre durante esos días porque somos un país que pasa buena parte del año preocupado. Nos preocupa la plata, el trabajo, la delincuencia, la salud, las pensiones, llegar a fin de mes. Nos preocupa el futuro. Nos quejamos de nuestros políticos, de nuestros sueldos, del precio de las cosas y, con bastante frecuencia, del propio Chile.
Pero llega septiembre y hacemos algo que, visto desde afuera, puede parecer contradictorio: celebramos.
Pedro Lemebel lo dijo hace más de veinte años de una manera difícil de superar: “La gente merece celebrar, porque este país no tiene carnaval”.
La frase pertenece a una entrevista de 2005. Antes de pronunciarla, Lemebel había recordado dos Fiestas Patrias completamente distintas. Una pertenecía a su infancia en San Miguel: el sol, los volantines, los yuyos amarillos y una fonda en la que creía haber visto a Violeta Parra. La otra era septiembre de 1973. Cerca de su casa habían aparecido cadáveres. Nadie tenía ganas de celebrar.
Entonces le preguntaron si no había nada que celebrar.
Lemebel respondió que la gente lo merecía.
Siempre me ha llamado la atención esa palabra.
Merece.
¿Por qué alguien merecería celebrar?
Cuando hablamos de aquello que una persona merece solemos pensar en cosas bastante más importantes. Un salario digno, atención de salud, seguridad, una vivienda, descanso, una buena vejez. La celebración parece pertenecer a otra categoría. Primero solucionamos lo importante y después, si queda tiempo y plata, disfrutamos.
El problema es que la vida rara vez nos permite hacer las cosas en ese orden.
Siempre queda algo pendiente. Una cuenta. Un problema familiar. Algo que arreglar en la casa. Un examen médico. Una deuda. Una pega que no nos gusta demasiado pero que necesitamos conservar. Si esperáramos a que todo estuviera bien para permitirnos celebrar, pasaríamos demasiado tiempo esperando.
Quizás por eso inventamos las fiestas. No para resolver la vida, sino para interrumpirla.
Durante el año hay una lógica que conocemos bastante bien. Hay que levantarse, producir, cumplir, pagar, responder, llegar a la hora, intentar ahorrar y prepararse para lo que viene. Incluso nuestro tiempo libre parece haberse llenado de obligaciones. Hay que hacer ejercicio, dormir ocho horas, comer correctamente, leer, aprender algo, aprovechar el fin de semana. Siempre podríamos estar haciendo algo más útil con nosotros mismos.
No es extraño que terminemos cansados. El Termómetro de Salud Mental Achs-UC de 2025 encontró que uno de cada cuatro adultos de zonas urbanas presenta síntomas moderados o severos de ansiedad. La preocupación, al parecer, nos acompaña bastante.
El Dieciocho funciona de otra manera.
Comemos demasiado, gastamos más de lo que pensábamos y nos acostamos tarde. Pasamos horas alrededor de una parrilla esperando un pedazo de carne que podríamos cocinar mucho más rápido. Algunos bailamos cueca sin tener demasiada idea de cómo se baila. Por unos días no estamos optimizando nada.
Y se siente bien.
Lemebel continúa diciendo que “la gente se merece comer su pedazo de carne”.
Me gusta que hable de carne y no de alguna gran idea sobre Chile.
Para muchas familias chilenas celebrar también significa hacer cuentas. Ver cuánto está el kilo. Preguntar quién compra qué. Decidir si alcanza para salir o será mejor quedarse en casa. Comprar un poco más de lo habitual porque, bueno, es Dieciocho.
Desde afuera uno podría preguntarse por qué alguien que tiene dificultades económicas gastaría dinero en carne, alcohol o una fonda. Probablemente sería más responsable ahorrar. Pero las personas tampoco vivimos solamente para administrar bien los recursos que necesitamos para seguir viviendo.
También queremos pasarlo bien.
Parece una obviedad. No estoy seguro de que lo sea.
Hay algo cruel en exigirle a una persona que atraviesa dificultades que toda su existencia esté organizada alrededor de esas dificultades. Como si quien está endeudado tuviera que pensar permanentemente en su deuda o alguien cansado de su trabajo no pudiera olvidarse de él durante una noche. Como si estar preocupado por el futuro hiciera irresponsable disfrutar del presente.
Una persona puede tener problemas y bailar. Puede estar cansada de Chile y celebrar el Dieciocho. Puede querer que este país cambie y alegrarse, al mismo tiempo, cuando empieza a sentir olor a asado en su pasaje.
La alegría no siempre llega cuando las cosas mejoran. A veces aparece mientras todavía están mal.
Esto no significa romantizar la precariedad. La pobreza no se vuelve hermosa porque tenga una parrilla al lado. Una familia no deja de necesitar mejores condiciones de vida porque durante algunos días pueda celebrar. Nadie debería tener que esperar septiembre para comer bien, descansar o compartir con las personas que quiere.
Hay otra parte de la respuesta de Lemebel que siempre me ha gustado:
“Las poblaciones, esas humaredas en los patios, ese olor a asado”.
Es curioso. De todas las imágenes posibles para hablar de las Fiestas Patrias, termina hablando de un patio.
No de La Moneda ni de la parada militar. Un patio con humo.
Justo después reconoce que no tiene mucho que ver con los nacionalismos. Dice que durante la dictadura la bandera dejó de emocionarlo. Lo mismo ocurrió con la canción nacional. Sin embargo, quiere que la gente celebre.
No me parece contradictorio.
Uno puede tener una relación profundamente crítica con Chile y seguir sintiendo que pertenece a este lugar. Puede desconfiar de sus instituciones, discutir su historia o no sentir demasiado frente a sus símbolos y aun así querer algo de lo que ocurre aquí.
Lemebel lo dice a su manera: le gusta “ver a la gente pobre y sencilla feliz”.
Tal vez esa sea mi parte favorita de toda su respuesta.
No necesitaba emocionarse con Chile para emocionarse con los chilenos.
Y creo que eso permite entender algo del Dieciocho que a veces perdemos entre tanta bandera. No todas las personas que ponen una afuera de su casa están haciendo una declaración sobre la nación. Tampoco quien va a una fonda está pensando necesariamente en su identidad chilena. La mayoría quiere comer, tomar algo, escuchar música, ver a su familia o juntarse con amigos.
No hace falta mucho más.
Hay otra cosa que me gusta de estas fechas. Durante unos días interrumpimos la rutina casi al mismo tiempo.
Vivimos vidas bastante separadas. Tenemos horarios, trabajos y preocupaciones distintas. Incluso dentro de una familia cuesta encontrar un día en que todos puedan sentarse alrededor de la misma mesa. En septiembre, por alguna razón, aparece la excusa.
Se encienden parrillas en casas y departamentos. Suena música en patios que estuvieron silenciosos durante el invierno. Familias que llevan meses diciendo que deberían juntarse finalmente lo hacen.
Por unas horas hay otros alrededor.
Después volverán las cuentas, los tacos, los turnos, los correos y las preocupaciones. Chile seguirá teniendo los mismos problemas que tenía antes de que alguien encendiera el primer carbón. Tampoco creo que una fiesta tenga que solucionar nada.
A veces basta con que interrumpa.
Al final de aquella entrevista, Lemebel parece cansarse de cualquier explicación demasiado solemne. Después de hablar de la dictadura, de la bandera, de la pobreza y de un país que había sufrido mucho, dice que esta fiesta simplemente le causa placer.
“Nada más”.
Y agrega que el resto hay que tomárselo y comérselo.
Probablemente tenga razón.
En unas semanas alguien mirará los precios antes de decidir qué carne llevar. Una familia que discutió durante el año terminará sentada en la misma mesa. Un vecino pondrá la música demasiado fuerte. Alguien se servirá otro terremoto aunque había jurado que el anterior era el último. Los niños correrán mientras los adultos conversan alrededor de una parrilla.
Los problemas seguirán ahí. Al día siguiente, o al subsiguiente, habrá que volver a ellos.
Pero esa noche no.
Lemebel decía que este país había sufrido mucho. Tal vez por eso entendía tan bien el placer de verlo celebrar.
Dentro de poco Chile volverá a oler distinto. El humo pasará por encima de las rejas, cruzará los patios y se meterá en las casas.
La gente merece celebrar.
