Desencajar como experiencia de habitar el espacio compartido con los otros y las estructuras que sostienen lo real. Una vivencia con sentido longitudinal y constante de mi estar en el mundo. Específicamente en el sentido fenomenológico y Heideggeriano del término. Vale decir, ontologizar el desencaje. Ser la pieza que boicotea el fordismo cotidiano que reproduce, disciplina y domestica el cotidiano que habitamos de manera tan profunda que se nos presenta como normal.
Lo normal no es natural, es tan solo la prevalencia aceptada e incrustada en nuestro psiquismo por el sistema social y sus instituciones de reproducción sostenidas por una compleja narrativa de discursos/saberes que performatea nuestra vivencia y representación del mundo.
Por tanto, desencajar como sentido consciente de estar en el mundo implica asumir esta desadaptación como un acto político de boicot constante a la falacia de lo real en la que habitamos.
Si lo normal no es natural, la normalidad emerge como el teatro operativo de la fabrica o colmena de lo real. La normalidad entonces se convierte en un acto de imposición ideológica a la que nos inducen desde antes de nacer.
Por tanto, los normales; en esta reflexión que sostengo contigo desconocido lector. Se constituirían en el producto de existencia alienada de la fabrica o colmena, no son sus operarios, son la mercancía misma de la experiencia de mundo real que nos imponen.
Desencajar entonces como un habitar consciente y sin culpa, es una tarea de implicancias políticas y subversivas. Desencajar como acto heterotópico, vale decir constructor de espacios otros. Como el relato de Xu Lizhi que en su desencajar solo se dejo caer como un tornillo al suelo. Desencajar en la madeja, ser la oveja negra del pueblo como dice el pato Patín. Ser llanta encendida que abriga la protesta desencajante en las periferias y comunidades de la colmena.
Estos elementos en ningún caso pretenden ser contexto de arquitectura teorica o de germinación epistémica como podrían interpretar muchos, es tan solo la reflexión que desde hace un tiempo ha venido tomando forma a partir del hogar que estoy habitando junto a una coneja (la Lois) que crece cotidianamente en la tarea de ser consciente de su voz de hermosura desencajante, y el más gentil de los percusionistas de las cuerdas (el Erick). Son ellos los que me han permitido escribir esta reflexión, ya que, en nuestro hogar, la norma no existe, es tan solo el nombre una señora del pueblo que no nos cae muy bien. La normalidad a veces pasa por afuera de nuestra casa, pero no nos interrumpe. ademas hemos sido afortunados de no tener vecinos normales, lo que transforma nuestro hogar en una madriguera desencajante y fisurante de lo real y nos encanta nuestra heterotopía que se llama Le Tifonne.
Marco Silva Cornejo
Académico Araucanía
