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Forzar la irregularidad : el rol de la Embajada de Haití en la vulneración de los derechos migratorios de las personas haitianas en Chile. Por Michel-Ange JOSEPH

Existe una forma de violencia que no requiere del gesto explícito de la expulsión ni de la brutalidad policial. Es una violencia administrativa, difusa y aparentemente técnica, que se ejerce no mediante la acción directa, sino a través de la omisión sistemática, la desorganización calculada y la producción burocrática del colapso. En Chile, la Embajada de Haití ha devenido en un dispositivo de producción masiva de irregularidad migratoria. Lejos de ser una disfunción coyuntural, el fenómeno que la comunidad haitiana denomina “rakèt” —la intermediación extorsiva para acceder a servicios consulares y/o a través de terceros— constituye la manifestación superficial de una estructura estatal fallida que, en su relación con la diáspora, ha renunciado a la función protectora del derecho para asumir una lógica de abandono soberano.

La dialéctica del “rakèt”: privatización informal y desposesión documental

El rakèt no es una anomalía del sistema consular haitiano; es su síntesis operativa. Ante la inexistencia de plataformas digitales de agendamiento —esa "no webización" que distancia a la legación haitiana de cualquier estándar contemporáneo de administración pública—, el migrante se enfrenta a una opacidad administrativa que lo empuja necesariamente hacia redes informales de intermediación. Esta privatización de facto del acceso al servicio consular constituye lo que podríamos denominar, en términos de la economía política crítica, una acumulación originaria de la irregularidad: el derecho a la identidad jurídica es expropiado al migrante y convertido en una mercancía que circula en los márgenes de la embajada, cotizada en dólares y administrada por gestores que operan en la zona gris entre el favor y la extorsión.

La falta crónica de formularios —esos objetos burocráticos elementales sin los cuales el Estado no existe— no es un problema logístico, sino una manifestación de la precariedad ontológica del propio Estado haitiano en su proyección consular. El formulario ausente es el signo material de una soberanía que se retira, que abandona a sus sujetos en el umbral mismo de la embajada, ese espacio que debería ser la extensión extraterritorial de la protección nacional y que, sin embargo, opera como frontera interna de exclusión.

Centralización metropolitana y la geografía desigual de la protección consular

La configuración territorial del servicio consular haitiano en Chile reproduce, en escala reducida, las lógicas centro-periferia que caracterizan la inserción subordinada del país caribeño en el sistema-mundo. La concentración absoluta de las funciones consulares en Santiago —sin delegaciones regionales efectivas ni mecanismos de itinerancia significativos— impone a los migrantes que residen en las provincias del norte minero o de la frontera sur, un costo económico y temporal que equivale, en la práctica, a una denegación de acceso.

Este centralismo no es una elección administrativa neutra, sino un dispositivo geopolítico de gestión diferencial de la población. Obliga al migrante periférico a internalizar los costos del desplazamiento hacia la capital, transformando la distancia en un filtro socioeconómico que discrimina entre quienes pueden costear la legalidad y quienes son empujados estructuralmente hacia la irregularidad. La embajada, en su inmovilidad santiaguina, traza una cartografía de la exclusión que se superpone a la geografía de la explotación laboral: los mismos cuerpos que sostienen las cosechas en los valles de la zona central son los cuerpos que no pueden ausentarse del trabajo precario para perseguir un trámite incierto en la metrópoli.

La dependencia consular como eco de la condición poscolonial interna

Un análisis estructural exige examinar la cadena de subordinaciones que condiciona el funcionamiento de la embajada. La legación en Santiago no posee autonomía para la emisión de pasaportes, dependiendo en este proceso de la Embajada de Haití en Washington. Esta triangulación burocrática no es meramente técnica; constituye una jerarquía implícita dentro de la diáspora haitiana que replica, en el plano administrativo, las relaciones de dependencia geopolítica del Caribe respecto a Estados Unidos.

El pasaporte, ese documento que simboliza la pertenencia a la comunidad nacional y la protección del Estado en el extranjero, debe recorrer un circuito que va del Cono Sur al Norte global antes de retornar al solicitante. En ese intervalo temporal —meses, a veces años—, el visado se caduca, la residencia temporal vence y el migrante, que ingresó de manera regular, se desliza hacia una irregularidad sobrevenida. No es el cruce fronterizo el que produce al ilegal, sino la temporalidad dislocada de una administración poscolonial que no logra sincronizarse con los ritmos del Estado receptor. La irregularidad es, en este sentido, un producto sincrónico de dos temporalidades estatales que no coinciden.

La negación documental y la desnacionalización administrativa

La función primordial de una embajada consiste en certificar la identidad de sus nacionales, dotarlos de los documentos que los constituyen como sujetos de derecho ante el Estado anfitrión. Sin embargo, la misión haitiana en Santiago ha mostrado una incapacidad persistente para emitir certificados consulares fundamentales: copias fieles de pasaporte y partidas de nacimiento, certificados de nacionalidad, antecedentes penales, etc. Esta omisión no puede leerse como mera ineficiencia; constituye una desnacionalización administrativa, una retirada de la protección estatal que deja al migrante en una posición de desnudez jurídica, un exilio sistemático, una apatridia administrativa.

Sin estos documentos, el migrante no puede completar los trámites migratorios chilenos, pero tampoco puede insertarse formalmente en el mercado laboral, acceder al sistema financiero, salir del país o matricularse en instituciones educativas. La embajada, al negar estos papeles —por carencia material o por desidia institucional—, produce un sujeto que está dentro del territorio pero fuera del derecho, una figura que recuerda al homo sacer de Agamben: expuesto a la violencia del mercado informal y del control policial, pero privado de toda protección jurídica. Es una existencia que transcurre en el umbral entre la inclusión económica como fuerza de trabajo explotable y la exclusión política como ciudadano de pleno derecho.

El abandono como racionalidad de Estado

La configuración del servicio consular haitiano en Chile no es el resultado de una ausencia de Estado, sino de una presencia estatal que opera bajo la lógica del abandono. No se trata de que el Estado no exista en la vida de los migrantes; existe precisamente en la forma de su retirada, de su inaccesibilidad, de su transformación en un obstáculo insalvable. La embajada funciona como un nodo en una red transnacional de desprotección que articula la debilidad institucional del Estado de origen con las políticas restrictivas del Estado receptor, produciendo un espacio de intersección donde la irregularidad se fabrica cotidianamente en las ventanillas, en las llamadas no atendidas, en los formularios inexistentes, en las citas que nunca se conceden.

Paradójicamente, esta producción de irregularidad beneficia a múltiples actores. Al mercado laboral chileno, que se nutre de una fuerza de trabajo desprovista de derechos y, por tanto, más dúctil y explotable. A las redes del rakèt, que medran en la desesperación burocrática. Y al propio Estado haitiano, que recibe remesas de una diáspora a la que, sin embargo, niega los atributos elementales de la ciudadanía, revelando así la relación extractiva que mantiene con sus emigrados: los quiere como fuente de divisas, pero no como sujetos de derechos cuya protección demande recursos y capacidades institucionales que no está dispuesto —o no está en condiciones— de movilizar.

En última instancia, lo que se despliega frente a la Embajada de Haití en Santiago es una política migratoria sin autor explícito, una gobernanza de la irregularidad que opera por defecto y que, precisamente por carecer de una firma institucional reconocible, resulta más difícil de impugnar. La comunidad haitiana no es víctima de una expulsión formal, sino de un abandono que la condena a una vida jurídicamente degradada. La irregularidad no es una condición que se elige; es una condición que se fabrica, meticulosamente, en el corazón mismo de la institución que debería conjurarla.

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Lic. Michel-Ange JOSEPH, la autora, es Licenciada en Trabajo Social (UNAB) y está ejerciendo su profesión en dispositivos del sistema de protección social/migratoria chileno, regional e internacional desde hace varios años. Los hechos relatados corresponden a situaciones que presenció en su ejercicio laboral y denuncias masivas que recibió de parte de sus connacionales a través de la Fundación “Conclave Investigativo de las Ciencias Jurídicas y Sociales” (CIJYS).

Email : mjoseph@fundacioncijys.org ▪︎ tsmichelangejoseph@gmail.com

Instagram & WhatsApp profesional : @michelange.cl • (+56) 9318 433 64

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