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Fukuyama y la dictadura en Chile. por Salvador Ruiz-Tagle

El politólogo estadounidense Francis Fukuyama advertía en los años 90 el fin de la historia, donde el pasado ideologizado acababa con la caída de los socialismos reales y el triunfo del liberalismo, ignorando las múltiples aristas del proceso histórico que devino en el fin de la Guerra Fría y el paradojal y para nada lineal desarrollo de las ideas liberales supuestamente ganadoras en la pugna bipolar del siglo XX. Otro punto que se le critica a este autor es que, a la caída del socialismo hubo un surgimiento constante de diversos rivales ideológicos frente al sistema político e ideológico que había salido victorioso. Esta reflexión es eminentemente liberal, declarando que el desarrollo y conflictos políticos solo podrían producirse bajo las reglas de un enfrentamiento bipolar entre liberalismo y socialismo, y uno de los puntos más relevantes y problemáticos de esta interpretación de la historia global contemporánea es que se dejaba al derrotero histórico posterior a la crisis del bloque liderado por Unión Soviética y sus satélites sin posibilidad de resurgir o reflotar bajo otras ideas políticas y societales la estructura de poder que una vez detentó.

Chile, comenzó progresivamente a desarrollar esta visión fukuyanista, luego de la victoria del NO y el proceso de transición democrática, cuando creímos que habíamos dejado atrás la dictadura y nos encaminábamos hacia un “estable” y sin retorno sendero democrático. Así iniciamos una democracia que débilmente se fue desarrollando en procesos eleccionarios en donde la derecha y el pinochetismo estuvieron siempre presentes y fuertes, forzando en cada elección una dinámica de balotaje tras balotaje, mientras que, a partir de 2010 ex personeros del régimen dictatorial contribuían en calidad de ministros y funcionarios de gobiernos o mantenían puestos de influencia en el poder central. Es preocupante también observar cómo colaboradores de la dictadura fueron incluso ministros de carteras ligadas a la justicia y los derechos humanos, oponiéndose a esfuerzos por construir políticas de memoria y a la reparación de las víctimas del terrorismo de estado desplegado durante el régimen militar.

Esta semana, un breve adelanto de la encuesta MORI nos sorprendió con que aquella mentalidad fukuyanista de olvido y simplificación histórica se fortaleció lo suficiente como para reflotar una abrupta subida de apoyo al golpe de Estado al presidente Salvador Allende. Según la encuesta, de un 16% en 2013 este apoyo creció a un 36% este año un dato preocupante en el contexto de la conmemoración de los 50 años del golpe. Aquellos datos pueden ser atribuidos a muchos factores, como la demanda de mayor seguridad pública, que a su vez instala la demanda de una figura más fuerte en el ejecutivo o incluso la nostalgia y los vagos recuerdos del bienestar adquirido en las primeras décadas de la transición democrática, debido aquel supuesto “milagro económico” de los años 80’ que heredamos en la postdictadura. Sin embargo, debemos salir del estupor que nos produce el apoyo y benevolencia con que ahora se rememora y reconstruye en la memoria de las nuevas generaciones la dictadura más violenta de nuestra historia, para revisitar la pasividad y la tibieza que prevaleció en las políticas de memoria y reparación durante los primeros periodos de la transición, que mediante silencios históricos, eufemismos lingüísticos para nombrar y describir la dictadura, posibilitaron que las memorias y discursos sobre el pasado reciente formulados y preservados en el pinochetismo se instalaran como sentido común en parte importante de la población, especialmente en las generaciones más jóvenes, representando un peligro para nuestra democracia, pues en base a políticas de olvido y banalización del pasado se están silenciando las violaciones a los derechos humanos y gran parte de los factores que explican el contexto de desigualdades sociales, inseguridad pública y social que caracterizan nuestra sociedad hoy día. La falta de historia, y la mala memoria pública de nuestra sociedad no pueden hacer reemerger frente al fracaso del estallido social y el primer proceso constitucional, al pinochetismo y la dictadura como alternativas viables y mucho menos legítimas. Una cosa es que los conservadurismos de derecha tengan hegemonía política en este momento, otra muy diferente que justifiquemos el Golpe de Estado y la dictadura.

En el aniversario de los 50 años, debemos comprometernos a construir una democracia diversa y fortalecida, basada en valores que se opongan a los del totalitarismo como: la libertad, la igualdad social la justicia y la memoria. No podemos legitimar el negacionismo. Es nuestro deber cívico defender los principios y la memoria de aquellos que sufrieron bajo un proceso tan violento como la dictadura de Pinochet. Debemos dejar atrás la estéril reflexión de que la amenaza autoritaria ha quedado en el pasado, ya que, al observar el avance de ciertas fuerzas de derecha en el mundo, el escenario autoritario no es un mal sueño, sino una realidad cercana.

Salvador Ruiz-Tagle.
Observatorio de Historia Reciente de Chile y América Latina.

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