Sería un verdadero gesto de transparencia cívica que el gobierno nos iluminara con sus particulares matemáticas internacionales. Resulta urgente que La Moneda nos esclarezca qué precio exacto estamos pagando por el petróleo que le compramos a nuestros vecinos: Argentina, Brasil y Ecuador. Por una simple cuestión de geografía y logística, es físicamente imposible que este crudo tenga el mismo costo estratosférico que el proveniente de Ucrania, Irán, Rusia o cualquier otro rincón del Medio Oriente. Sin embargo, al mirar los precios de los combustibles, uno pensaría que el barril llega a Chile viajando en primera clase desde el otro lado del mundo.
Estamos ante un escenario peculiar. Si miramos hacia atrás, con sus más y sus menos, administraciones anteriores como las de Bachelet, Piñera o Boric implementaron medidas para amortiguar el golpe al bolsillo de la ciudadanía. Hoy, el panorama es distinto. Tras la dolorosa alza en el precio de las bencinas y el diésel —una movida que garantiza hacer la vida en Chile increíblemente más cara de la noche a la mañana— el presidente nos pide un acto de fe: "Confiemos en Chile para volver a crecer". La ironía se cuenta sola. ¿Debemos confiar en Chile para crecer, justo cuando es él quien toma las decisiones que nos estancan económicamente?
Quizás la clave de todo este desconcierto resida en un reciente lapsus lingüístico. Desde el propio gobierno se equivocaron y dejaron escapar la palabra "quiebre". Y aunque luego corrieron a desmentirse y matizar sus declaraciones, dicen que no hay error que no esconda una verdad. Algo hay de quiebre, indudablemente, cuando se recorta el presupuesto de seguridad en miles de millones de pesos. Resulta casi poético que la seguridad, el gran caballo de batalla de la campaña de Kast, sea la primera en sufrir la tijera fiscal.
Y, ¿cómo no hablar de quiebre? Algo se rompe cuando sacan de la mesa el nuevo proyecto de ley de pesca para dejar intacta la cuestionada "Ley Longueira". Algo cruje cuando se reparten indultos mientras, en paralelo, se le da el tiro de gracia al proyecto de ley que permitía a los sindicatos la negociación por rama. Y algo hay de quiebre, sin duda, cuando a estas alturas seguimos esperando que nos muestren (y demuestren) la existencia de un programa de gobierno real, a no ser que debamos conformarnos con aquellas "40 medidas" que tienen toda la cara de ser un manual de emergencia armado a última hora.
A este paso, el actual mandatario y su administración están haciendo una enorme contribución a la irracionalidad política. Se llenaron la boca criticando con fiereza al gobierno anterior, erigiéndose como los paladines de la buena gestión, pero hoy nos regalan una calidad de datos públicos tan paupérrima que termina socavando la ya frágil credibilidad ciudadana. La transparencia, al parecer, es otra de las áreas que sufrió recortes.
Si hablamos de promesas que envejecieron mal, el fenómeno migratorio merece un capítulo aparte. Durante la campaña de Kast, este tema ocupaba un estridente segundo lugar en su discurso, casi como la madre de todas las batallas. Hoy, ya instalados en el poder, nos ofrecen un menú de declaraciones ambiguas y, en algunos casos, derechamente contradictorias. La ciudadanía se va dando cuenta de que el fervor antimigratorio no solo obedecía a una fría estrategia propagandística, sino que ahora chocan de frente con realidades infranqueables para abordar el fenómeno de la irregularidad. Mientras tanto, seguimos esperando que alguien nos sincere el costo financiero del famoso plan de levantar muros y hacer zanjas en la frontera. Quizás el presupuesto de la zanja es otro misterio que requiere "confianza".
Al final del día, Kast y su equipo se están percatando de una dura realidad. Al igual que al histórico rey franco Pepino el Breve, muy poco les duró la majestad ante una ciudadanía que hoy los observa con estupor. Lograr el hito de ser el primer gobierno que, a tan solo una semana de haberse instalado, ya experimenta una caída libre en las encuestas, es un récord histórico del que nadie logra reponerse fácilmente.
Quizás, antes de exigirnos desde los salones de La Moneda que "confiemos en Chile", deberían empezar por confiar en la calculadora, transparentar las cifras y dejar de subestimar la memoria de quienes los eligieron. Porque mientras el gobierno se enreda cavando zanjas imaginarias y emitiendo excusas de emergencia, el país real —ese que madruga, que necesita mover su agroindustria, potenciar su turismo y mantener conectadas sus regiones frente al alza de los combustibles— es el que termina pagando, literal y dolorosamente, el sobreprecio de este monumental espejismo.
