El desamor y la falta de vinculación con la vida están aumentando los paisajes de muerte, hambruna y pobreza en América Latina. Cuando las callecitas de Buenos Aires parecen evidenciar solo grandeza europea, sus rincones albergan a niños/as viviendo en la calle.
En ese contraste, los pasos indolentes de los transeúntes vieron caer al suelo a una mujer completamente drogada, madre de dos bebés que aún llevaba en un coche. Aquella mujer no recibió ayuda de un hombre —aparentemente el padre—, quien se encontraba en las mismas condiciones. Pero tampoco de quienes pasábamos por allí por otros motivos. Debe ser porque la pobreza se hizo cotidiana y porque la fuerza oscura del poder nos tiene el alma derrotada.
Esa misma naturalización se repite en otra callecita, también con su “no sé qué”, donde un niño de no más de cinco años se llevaba a la boca un pan de procedencia incierta, mientras sus padres dormían en la acera, en condiciones igualmente desconocidas. Los transeúntes pasaban, y otros no hacíamos más que maldecir a Javier Milei y su política de ajuste fiscal, así como la eliminación de programas sociales y subsidios. Pero, en el fondo, solo fuimos pasajeros mientras la eternidad de esos ojitos, plenos de vida, se perdía sin objetar nada de aquello.
Al otro lado de la cordillera, en Chile, la escena no es distinta. Los “rucos”, o las personas en situación de calle —sin agua, sin baños, sin electricidad, sin un plato limpio, sin salud ni pensiones, sin cama ni abrigo—, se instalan en cada rincón junto a niños y niñas que cambian el paisaje con sus pieles más oscuras, entre rasgos de pueblos originarios, aportando una vitalidad afrodescendiente y mestiza a las calles abandonadas de Santiago.
Calles abandonadas por el Estado y el bien común, pero transitadas por personas con enfermedades mentales y por quienes viven en el alcohol, abandonados de toda política sanitaria. Calles que recrean las noches desde Plaza Italia hacia abajo: una división clasista que se asume con resignación, sin indignación, entre los santiaguinos, donde también emerge la prostitución de forasteros y forasteras no acogidos por Chile.
Como consecuencia de un relato de inseguridad transnacional —que sin duda existe—, en El Salvador el presidente Nayib Bukele no solo ha puesto las cárceles al centro de su política, sino que además ha impulsado reformas constitucionales para endurecer las penas. Su Asamblea Legislativa, alineada con el Ejecutivo, ha aprobado medidas que permiten la cadena perpetua a menores de edad involucrados en crímenes. ¿Será ese el horizonte para nuestros jóvenes pobres? Bajo el mismo argumento de la inseguridad, Daniel Noboa intentó reformar la Constitución —sin éxito— con la intención de permitir el regreso de bases militares en su territorio. Una medida completamente fuera de sentido, considerando que lo único que han hecho históricamente las bases estadounidenses es poner en riesgo la seguridad, al convertir a los países que las albergan en potenciales objetivos militares, atrayendo los misiles de enemigos que no son pocos en el mundo, dado su historial de intervencionismo, belicismo e imperialismo devastador.
No obstante, sí logró flexibilizar las condiciones para recibir cooperación militar cuyas consecuencias aún son inciertas en el actual reordenamiento mundial.
En este contexto de desamor por la vida, escuché en un noticiero que “América Latina ha vuelto a la escena geopolítica”. Volvimos, sí, pero no por dignidad, sino por la crudeza de nuestros conflictos: cuando la noticia de un presidente en ejercicio secuestrado y humillado dio la vuelta al mundo; cuando emergen los relatos confusos de una Venezuela tutelada por Estados Unidos; cuando Cuba, persistente y amenazada, resiste a la misma potencia que no le permite existir plenamente, que la priva de electricidad, medicamentos y alimentos en medio de una profunda crisis provocada por un bloqueo criminal. Solo gente mala puede estrangular cientos de vidas pacíficas e inocentes.
Así, lo que conecta estas escenas —las calles, los cuerpos, las cárceles, la infancia vulnerada— con la política regional es una misma lógica: hemos entrado en una geopolítica del abandono, del castigo y de la subordinación.
Los índices de infancia, pobreza multidimensional y situación de calle reflejan, en Argentina, una crisis social muy profunda. Cerca del 47% de los niños y niñas viven en la pobreza; es decir, cuando fotografiamos la Casa Rosada, retratamos la sangre y el hambre de niños y niñas pobres.
Mientras tanto, Chile se luce por su baja pobreza por ingresos y su acceso al crédito, pero mantiene una alta pobreza estructural oculta y una fuerte desigualdad territorial y social. Esto permite que la línea divisoria de Plaza Italia distinga entre vidas de primera y de segunda clase, marcando brechas muchas veces insuperables, sostenidas por la distinción, la segregación y la colonialidad. Hay pobres que trabajan toda su vida como bestias y, aun así, nunca lograrán lo que alcanzan quienes viven de Plaza Italia hacia arriba, aunque la derecha insista en el mérito como explicación suficiente.
La extrema derecha encabezada por Javier Milei propone, con total desparpajo, un ajuste fiscal en el que el Estado gaste solo lo que recauda, eliminando subsidios a la energía y al transporte que sostenían, apenas, la vida de los más pobres. Y, como inmerso en una “política del mal”, pretende reducir el presupuesto público al mínimo y eliminar impuestos nacionales, lo que prácticamente eliminaría la capacidad del Estado de actuar en beneficio del bien común y de los cientos de pibes y pibas que viven en las calles. Dice que viene a terminar con la inflación, pero en el camino parece más dispuesto a terminar con la vida de los más pobres y vulnerables de Argentina.
Con casi la mitad del país bajo la línea de la pobreza, estas medidas no solo profundizarán la precariedad, sino que además se ejecutan en cómoda subordinación con Estados Unidos, posicionándose geopolíticamente junto a un imperio en franca decadencia que solo le ofrece saquear el país trasandino.
Del otro lado de la cordillera, de ese macizo inmensamente bello que la naturaleza nos ofreció, encajonada entre el mar y ella, José Antonio Kast, nuevo presidente de Chile, ligado a la extrema derecha de Augusto Pinochet y al pedófilo nazi de Paul Schäfer, a solo dos semanas de iniciado su gobierno —y movido, al parecer, por la misma pulsión de muerte— aumenta el precio de la gasolina y del petróleo, argumentando, curiosamente, la crisis derivada de la guerra en Medio Oriente. Cuando todos sabemos que el petróleo que consume Chile proviene principalmente de países como Brasil, Colombia y Ecuador, y que es refinado por ENAP.
Y aunque es cierto que la guerra afecta de manera indirecta los precios internacionales, lo que se impone aquí es una visión doctrinaria empresarial que prefiere traspasar de inmediato todo el costo a la población, en lugar de diferirlo en el tiempo, lo que habría sido más aliviador para las personas.
¿Qué razón válida puede justificar medidas que encarecerán aún más la vida de los chilenos y chilenas? “Transparencia”, dicen ellos, porque el Estado de Chile estaría quebrado —nuevamente errática vocería de Mara Sedini, secretaria general de Gobierno—. Todo esto, cuando la deuda pública de Chile es significativamente menor que el promedio de los países de la OCDE, que a menudo duplica la cifra chilena.
Pero el dato duro, junto con las medidas de alza, hará sangrar aún más a las familias chilenas. Según la Comisión para el Mercado Financiero, a junio de 2025 las familias muestran una deuda mediana de $1.680.453, donde la mayor parte corresponde a créditos hipotecarios, seguidos por los de consumo. A esto se suma que, según un estudio de la Universidad Diego Portales, una proporción significativa de hogares destina más del 50% de sus ingresos al pago de deudas, lo que evidencia un alto nivel de estrés financiero.
Por su parte, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) señala que el 50% de la población ocupada percibe ingresos iguales o inferiores a $611.162 (643 USD). Asimismo, el ingreso laboral promedio mensual alcanza los $897.019 (944 USD), pero, aun así, 7 de cada 10 personas ocupadas en Chile (68,3%) perciben ingresos menores o iguales a ese monto.
En términos simples una persona debería destinar 3 o más sueldos completos para pagar una deuda.
Las brechas se profundizan aún más al observar la desigualdad de género: los ingresos medio y mediano de los hombres se sitúan en $1.001.510 y $698.255, respectivamente, mientras que en las mujeres alcanzan los $756.715 y $555.362. Esto implica una brecha de ingresos de -24,4% en desmedro de las mujeres.
Y en el centro de esta injusticia social, los países latinoamericanos, alineados con la idea de la seguridad, aumentan sus cárceles llenas de jóvenes sin oportunidades, mientras siguen siendo escasas las medidas de prevención del delito, que es precisamente cómo funcionan las sociedades con menores índices de criminalidad: prevención y redistribución de la riqueza a través de Estados fuertes y sólidos, con reglas claras que, al mismo tiempo, incentiven el mercado.
En este nuevo reordenamiento geopolítico global, Estados Unidos busca una Latinoamérica subordinada, concebida como su área vital de influencia: sin chinos, sin rusos, sin indios; solo con políticas ultra neoliberales orientadas a saquear los llamados “recursos naturales”, nombre que el mercado ha dado a los bienes que la naturaleza ha brindado a la humanidad para vivir en armonía, y que deberían ser extraídos bajo una relación a escala humana que proteja la Tierra y su biodiversidad.
Estamos entrando, así, en una geopolítica de fuerzas oscuras, impulsada por una oleada de presidentes de extrema derecha y tendencias autoritarias que hoy gobiernan en Argentina, Chile, Ecuador, El Salvador, Paraguay, Costa Rica, Panamá y Honduras. Y nadie dice nada, y casi nadie hace nada.
¿Dónde están las fuerzas revolucionarias de la solidaridad, de la empatía y del amor? Sí, amor —pero del bueno—, ese que piensa en el otro y en la otra, ese que nos empuja a dejar de ser fragmentos y nos convoca a transformarnos en un todo, con un horizonte luminoso.
Porque si no es desde ahí, desde ese amor radical y revolucionario, seguiremos administrando la miseria mientras nos acostumbramos a ella. Y eso —eso sí que no puede ser el destino de nuestros niños/as de nuestros pueblos.
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Soledad Romero Donoso. Periodista/ Cientista Política.
