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Giorgio Jackson: la zona de sacrificio. Por Javier Agüero Águila

En el momento en que en cualquier sociedad la política agoniza, aparece la urgencia desbordada del sacrificio.

Esta no es una marca distintiva del mundo occidental contemporáneo, sino que planea por encima de no importa cuál canon cultural sin arraigarse, tampoco, en una espacialidad y temporalidad específica. En breve, el sacrificio es condición sine qua non de lo político, y en la identificación de su impostergable y medical irrupción, se juegan todas las condiciones de posibilidad de persistencia hegemónica de un grupo determinado.

En este sentido, diremos que el “rol” del sacrificio es el de racionalizar la venganza; de detenerla y moderarla; ahí donde la venganza encuentra su perímetro y fertiliza de cara a sus enemigos amenazando con la destrucción total, el sacrificio cataliza, filtra, descongestiona el odio, y dispone la zona para que la rabia metabolizada en pulsión de muerte se sublime y se desplace a otros lugares en los que desplegar su afán pulverizador.

De esta manera, la política y quienes detentan –con más o menos legitimidad– el poder, encuentran gracias al sacrificio una “posteridad”; esto es un espacio diferido en el tiempo que oxigena la agonía y restituye el cuerpo después del estado de catalepsia y de amenaza mortal.

Diríamos entonces junto a Stéphane Vinolo que “Lo político es por tanto un sacrificio que se retransmite en diferido” (René Girard: du mimétisme à l’hominisation. “La violence différante”, 2005). Es claro, la política es sacrificio y el sacrificio es político. La dimensión sacrificial remite a la reproductibilidad de lo político propiamente tal y no es sino sus anillos concéntricos que la sobrevivencia de una cierta estructura de poder se alcanza a sí misma.

Ahora, siguiendo a René Girard, todo sacrificio requiere de un chivo expiatorio (Le bouc émissaire, 1982), es decir de algo o alguien que es identificado como la ofrenda que permitirá la restitución de un orden e impulsará la continuidad, débil, lenitiva, descalcificada, sin turbinas o como sea, pero continuidad al fin.

¿Y todo lo anterior para qué? ¿por qué darle vuelta a esta, digamos, gramática del sacrificio y quedarse en la figura del chivo expiatorio? Porque, al día de hoy, en Chile, ese chivo expiatorio se llama Giorgio Jackson y es prácticamente un hecho que, minutos más, minutos menos, será ofrendado y sacrificado.

Ayer la Cámara de Diputados acordó pedir su renuncia al ejecutivo y no hay manera de que esto pueda evitarse. Por más que pertenezca a la membresía más selecta del presidente y sea centinela fiel de la almena que resguarda a Boric, Jackson será el desagüe por el que discurra y se deshaga el coágulo que hoy atormenta al gobierno. Así lo pide la derecha, así lo pide gran parte del oficialismo.

Lo anterior obedece a una operación biopolítica que indica que en el cadáver (político) de Giorgio, está la tecla que debe ser hundida (y destruida) si es que el gobierno tiene la intención de no desbarrancarse por completo –está ahí, en el peñasco y al límite–. En torno a él ya se descontroló un imaginario, ya coronó un significante sin contrapeso, ya se densificó un relato.

Probablemente la responsabilidad de todo esto sea del propio Jackson que, en su afán de creerse el alfa y omega de la virtud, cometió un error tras otro pensando en que la turba y la jauría se la perdonarían y no vendrían a cobrarle y lincharlo. Él es la cristalización de la crítica a los famosos 30 años y, al mismo tiempo, el objeto de deseo donde la venganza (que viene de todos los puntos políticos cardinales) puso sus tropas. Esto no es menor y podría significar, tal vez, la muerte política definitiva de uno de los actores nóveles más relevantes de la última década.

Sin embargo, siempre quedará el sacrificio como válvula, como barra de contención de la venganza o como enzima última que la metabolizará, otra vez, en sobrevivencia y continuidad. No sería arriesgado decir en esta línea que el sacrificio se dinamiza como ontología de lo político, de alguna forma le va, le es consustancial y no puede sino imprimirle intensidad a lo político en su versión, si se quiere, fáctica, “de hecho”, óntica. El sacrificio es el “ser” de lo político.

El punto, al final, es que el sacrificado será de Jackson, pero el sacrificio será de Boric, su gran amigo al que ya no le queda cuerpo que poner para interceptar los misiles que le envían a su partner de siempre y al que, también, se le acabaron las excusas porque Giorgio es, ya y sin vuelta atrás, una zona de sacrificio.

Javier Agüero Águila
Doctor en Filosofía.
Académico Departamento de Filosofía Universidad Católica del Maule.

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