Se necesita más tiempo que el simplemente entregado a la lectura de un texto, por interesante o ameno que éste sea, para recibir como corresponde a una de las historias más fuertes, personales, descriptivas y acusatorias de la dictadura en Chile. No es por nada el hecho de que Aferrada a mi Balsa comience con una Explicación Necesaria, por parte de su autora, la periodista Gladys Díaz.
Algunos párrafos de esta Explicación:
“Esta es una historia de abusos, pero también de resistencia. De muerte y horrores, pero también de vida y esperanzas”.
“Este libro fue concebido cuando yo recibía descargas eléctricas, cuando me rompían las costillas, cuando olía las rosas junto a la Torre de Villa Grimaldi, cuando me regalaron un cepillo de dientes luego de semanas sin poder bañarme…
“Noventa días parece poco tiempo en la vida de una persona. Sólo una estación del año, un invierno pasajero que se acabará con la próxima primavera. Pero esos noventa días en la Torre marcaron mi vida para siempre”.
“La gestación y el alumbramiento de este libro ha demorado decenas de años. Este ya no es el texto que hubiera escrito entonces. Han tenido que sanar muchas heridas y he tenido que trabajar en mí para hacerle llegar luz a mis células y darle un sentido a esta historia”.
Y en la lectura de las 318 páginas de Aferrada a mi Balsa, ese trabajo al interior de sí misma, la autora lo confirma plenamente. Aprovechar una experiencia brutal de la vida para crecer interiormente y luego darla a conocer con todos sus bestiales bemoles, sus detalles de lesa inhumanidad y su constante cercanía de la muerte a manos de terceros, no solamente es una tarea titánica de valor realmente incalculable, sino que también constituye una suerte de obligación: materializar un texto de veras histórico, dado lo vivido en Chile hace no más de cinco décadas y que no se termina de conocer. Gladys Díaz, entonces, cumple. Lo hace de varias maneras.
Primero, ajustada a la realidad. Estrujando la memoria, encadenando mínimos hechos que, en un instante de la existencia, son máximos y que, sumados, se convierten en un trozo de vida imposible de olvidar. Por ejemplo, los diálogos con el coronel Krassnoff, su torturador en Villa Grimaldi, constituyen párrafos determinantes.
Segundo, sin abandonar jamás la ética del recuerdo para destacar tanto grandes infamias por parte de quienes gozaban del grotesco poder de la cárcel secreta, como asimismo pequeños actos de los mismos carceleros: permitirle a la mujer presa salir un minuto de la pieza-cajón donde permanecía semanas, a estirar las piernas.
Tercero, en el capítulo Krassnoff Me Reconoce (página 308), sobre un careo con el militar condenado a más de mil años de presidio, a que fuera citada años después de su cautiverio. En el texto la autora describe con otra pluma (suelta pero no liviana, de memoria deseosa de recordar), aquel escenario ferozmente dramático para ella, vivido años antes. Lo hace tanto con su mente de periodista libre como con su corazón de ex torturada. Y se permite mostrar su sana presencia de ánimo y seguridad en sí misma, en la siguiente pregunta al uniformado careado:
- ¿Por qué insiste, señor Krassnoff, en decir que es analista si somos miles los que podemos identificarlo como nuestro torturador?
El desarrollo del tema de Aferrada a mi Balsa se presenta perfectamente estructurado en sus cuarenta capítulos, cada uno de ellos con presencia de la emocionalidad, la angustia, el miedo o la soledad que les es inherente. Es un libro más que indispensable para el conocimiento de la realidad chilena que aún no es fácil mostrar por tantas circunstancias que conocemos. Aunque debiera serlo. Y también, desde el punto de vista literario, en varias páginas demuestra la calidad de una periodista-escritora:
Un ejemplo, de alguna mañana de aquellos noventa días en Villa Grimaldi:
“Desperté mojada de transpiración, muy débil físicamente, pero con cierta alegría interior de tal magnitud que no había relación entre ese estado y el oscuro lugar en que me encontraba.
El guardia gritó en ese momento:
¡Voy con el desayuno, Renata!
Y, para no interrumpir el hilo de optimismo con que había despertado, lo escuché con la emoción de quien va a recibir un café de verdad, humeante y perfumado, junto a un trozo de kuchen. Era simplemente otro medio pan y un líquido parecido al té o al café, pero sin gusto a ninguno de los dos… “En diez minutos te llevo al baño, agregó el guardia, mientras bajaba los peldaños de la escalera.
Me dije:
“Sentirás el sol sobre tu piel mientras te diriges al baño y olerás el parque, llenarás tus pulmones del perfume de las rosas. ¡Prepárate, es una fiesta!
Esa era y fue la victoria de Gladys. Su manera de ganarle al sistema que creó monstruos y terminar alzándose como la imbatible y eterna combatiente en defensa de su inquebrantable dignidad humana de periodista y mujer. Así, oliendo rosas sentía el paso del tiempo entre tortura y tortura Gladys Díaz, aferrada a su balsa y quien quiso seguir viva para contarlo.
