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Gobernanza en salud global. Por Eduardo Leiva

El nuevo coronavirus ha dominado nuestras vidas durante 18 meses. Después que apareciera por primera vez a finales de 2019, su combinación de transmisibilidad y letalidad hizo que el mundo se paralizara. Los gobiernos restringieron la circulación, cerraron las fronteras y congelaron la actividad económica en un intento por frenar su propagación. En el mejor de los casos, lograron sortear parcialmente la primera ola, mientras que la segunda y, en algunos casos, la tercera ola ya está con nosotros. Cada nueva ola ha aumentado aún más las vulnerabilidades sociales y estructurales.

Según los registros oficiales, hasta ahora más de 150 millones de personas en todo el mundo han adquirido el virus, y más de 3 millones han muerto a causa del COVID-19. Con certeza el número real de víctimas del virus es mucho mayor y seguirá aumentando.

Hoy los gobiernos enfrentan el desafío de equilibrar la reanudación de las actividades económicas sin descuidar las medidas que limiten la propagación del virus y, al mismo tiempo, aumentar la distribución de vacunas que, aunque se han desarrollado rápidamente, se están asignando de manera desigual, especialmente en el Sur Global. La manera en que resuelvan estas tensiones tendrá consecuencia en el tiempo que permanezcan en el poder y en su propia estabilidad.

El nuevo coronavirus pilló desprevenidos a muchos líderes y liderezas mundiales, a pesar de las constantes advertencias de que una pandemia global era inevitable. Y ha puesto de manifiesto los fallos de una arquitectura sanitaria mundial encabezada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que ya había sido criticada por su respuesta a la pandemia del ébola de 2014 en África Occidental. La OMS también se ha visto obstaculizada intencionadamente por los Estados miembros, los que han argumentado cuestiones de soberanía, trabando la rapidez y asertividad con la que pueda reaccionar ante las crisis de salud pública.

En el caso del COVID-19, la agencia se convirtió en un saco de boxeo político para el ex presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en su intento de desviar las críticas a su propia respuesta a la pandemia. Trump hizo eco, en varias ocasiones, a las acusaciones de que la OMS minimizó la gravedad del virus por deferencia a Pekín. Pero dada la dependencia de la OMS de la cooperación de los Estados miembros, no está claro qué podría haber hecho la agencia de forma diferente.

La pandemia también ha puesto de manifiesto las desigualdades de la infraestructura sanitaria mundial, ya que las naciones más pobres se vieron superadas por los países desarrollados en la adquisición de equipos médicos esenciales. Ahora se enfrentan a obstáculos similares a la hora de acceder a las vacunas. A su vez, Covid-19 ha desviado la atención y la financiación de las respuestas a otros problemas de salud pública, como la seguridad alimentaria y otras enfermedades infecciosas.

Las nuevas vacunas que se desarrollen para el coronavirus, y otras enfermedades ¿Se repartirá equitativamente entre todos los países? ¿Cómo lo garantizamos? ¿Habrá una revisión de la gobernanza de la OMS cuando termine la pandemia? ¿Cómo hacer de la OMS un organismo no-dependiente de los países ricos? ¿Qué lecciones tomarán los países de esta pandemia para prepararse para futuros brotes de enfermedades? ¿De qué manera perfeccionar la institucional y gobernanza global para abordar los desafíos del futuro planetario?

Preguntas abiertas que han de ser respondidas con la urgencia y osadía que exige nuestro presente tan aciago.

—  Por: Eduardo Leiva Pinto
Académico, Escuela de Periodismo, Universidad Bernardo O’Higgins (UBO)
Investigador, Universidad de Santiago de Chile (USACH)
Antropología médica, filosofía política, salud global / planetaria

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