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Gobierno neofascista en Chile Apuntes para caracterizar al gobierno de José Antonio Kast. Por Fabian Cabaluz D.

Analizado en perspectiva histórica, parece erróneo sostener que el gobierno de José Antonio Kast (JAK) sea refundacional pues, a todas luces, sus propósitos se encuentran articulados al proyecto histórico instaurado en el país a partir de la dictadura cívico-militar. Lo anterior implica, por un lado, reconocer que la dictadura ha sido el “momento constitutivo” o el período realmente re-fundacional de la historia reciente del país, y por otro, que, durante los largos años de la postdictadura, dicho proyecto no sólo no ha sido sustancialmente modificado, sino que, incluso ha sido perfeccionado. Así planteado, consideramos que el actual gobierno debe analizarse e interpretarse en un eje de continuidad histórica con respecto al proyecto dictatorial, por ende, más que ser un gobierno fundacional, lo que pretende es reconectar el país con el momento constitutivo, retomando sus principios y orientaciones.

En esta columna nos interesa compartir algunas coordenadas que nos permitan interpretar el sentido general de las políticas que está promoviendo el gobierno de JAK. No nos detendremos en analizar un proyecto de ley o una política en específico, sino que intentaremos reflexionar sobre las lógicas que articulan el conjunto de iniciativas políticas que están siendo desplegadas por el actual gobierno. El planteamiento central que nos interesa movilizar es que el gobierno de JAK es un gobierno de cuño neofascista, heredero directo de la dictadura cívico-militar, y que es relevante comprenderlo y confrontarlo como tal.

Tres puntos organizan el escrito: Comenzaremos refiriéndonos al contexto global y a la emergencia de la oleada de gobiernos neofascistas; continuaremos desarrollando algunos argumentos para sostener que el gobierno de JAK es un gobierno neofascista; y finalizaremos compartiendo, desde experiencias internacionales, algunas alternativas para resistir a estos gobiernos.

I

Según la bibliografía especializada, es a partir de la crisis económica mundial de los años 2007-2008, donde comienza a desarrollarse una arremetida global de la ultraderecha, todo lo cual permite que, a partir del año 2016 llegué al gobierno de los Estados Unidos Donald Trump; el 2018 se instalen gobiernos de ultraderecha en Austria, Bélgica, Polonia. Finlandia, Italia y Hungría; el mismo 2018, el Frente Nacional en Francia llegó a la segunda vuelta; el 2022 ganó Meloni en Italia y el 2024 nuevamente Trump en Estados Unidos. En América Latina, el año 2016 se desarrolló el impeachment contra el gobierno de Dilma Rousseff en Brasil, lo que instaló en la presidencia interina a Michel Temer y luego posibilitó el triunfo de Jair Bolsonaro; el año 2019 se perpetuó en Bolivia el golpe de Estado contra el gobierno de Evo Morales; el mismo año llegó a la presidencia de El Salvador Nayib Bukele y el 2023 asumió la presidencia de Argentina Javier Milei. Todo esto ha evidenciado una verdadera oleada de gobiernos de ultraderecha vinculados directamente a partidos neofascistas. Pues bien, en Chile, el triunfo del gobierno de JAK el año 2025 debe inscribirse en este proceso.

Esta arremetida de gobiernos de ultraderecha se ha desarrollado en escenarios que les son favorables, como por ejemplo, en contextos marcados por serios problemas al momento de definir quienes conducen histórica y política a los países, es decir, donde se despliegan disputas entre las clases y grupos dominantes y donde emergen como alternativas de poder sectores del progresismo y/o la izquierda ; o en momentos donde existen problemas de representación política y de debilitamiento de los partidos políticos tradicionales, surgiendo fuerzas sociales y políticas nuevas, que tensionan y jalonan hacia la derecha al conjunto de los partidos tradicionales; o en contextos de claro desgaste de las fuerzas de izquierda y/o progresistas, producto de un grave distanciamiento entre organizaciones políticas, sociales y sindicales y por lo tanto, de un debilitamiento generalizado del apoyo de su base social . En fin, son gobiernos que llegan al poder en escenarios de crisis de hegemonía.

Ahora bien, es importante señalar que, ante este fenómeno de emergencia de gobiernos de ultraderecha, se han desarrollado en el seno de las izquierdas, interesantes debates con respecto a cómo conceptualizar a estos gobiernos, ¿son gobiernos neofascistas, postfascistas , populistas de derecha , iliberales ? Evidentemente, la relevancia de este debate conceptual no se reduce a un aspecto teórico o académico, sino a la necesidad de caracterizar políticamente a quienes están en la vereda del frente, a quienes son nuestros adversarios políticos. Lo que se debe evitar de este debate, es el perderse en subterfugios, en neologismos o en una suerte de “fetichismo” de la novedad, pues lo relevante es poder caracterizar, comprender y confrontar este fenómeno político-social.

A continuación, nos detendremos particularmente en el concepto de neofascismo, pues consideramos que es el concepto más certero y relevante políticamente para comprender y confrontar a estos gobiernos. Desde nuestra perspectiva, y en esto coincidimos con numerosos intelectuales latinoamericanos , el fascismo es un proyecto que, desde su emergencia en la primera mitad del siglo XX hasta hoy, nunca ha desalojado el cuerpo social, es decir, ha permanecido subrepticia y marginalmente, pero en este primer cuarto del siglo XXI, ha vuelto a emerger. El fascismo dejó de restringirse a un “contexto inaugural”, asociado a la Europa occidental de los años 1919-1946, para ser un concepto que permite comprender procesos sociales y políticos del siglo actual. Los planteamientos del marxista greco-francés Nicos Poulantzas en su libro “Fascismo y dictadura”, son relevantes al respecto, pues sostuvo que el fascismo no se debía limitar a un momento histórico acotado, puesto que una concepción restringida del fenómeno negaría la posibilidad de su generalización, como es el caso, por ejemplo, de los conceptos de democracia, dictadura, autoritarismo u otro. Para Poulantzas, el fascismo tiene que ser comprendido como una posibilidad histórica, como un “proceso de fascistización” que, como tal, tiene momentos de alza y de repliegue . Esta formulación es coincidente con los planteamientos de Alberto Toscano, quien ha sostenido que estamos viviendo procesos de fascistización acelerada de la política y de la vida social. En coherencia, sostenemos que es relevante retomar el concepto de neofascismo, puesto que permite establecer puentes con el fenómeno del fascismo del siglo XX, estableciendo continuidades, novedades, re-actualizaciones que, si son correctamente analizadas, pueden enriquecer las luchas sociales y políticas del tiempo presente.

Y una digresión o un paréntesis antes de comenzar a desplegar algunos argumentos para caracterizar a los gobiernos neofascistas, entre ellos, el gobierno chileno de JAK. La bibliografía especializada en estos temas ha subrayado que existen al menos dos errores recurrentes a los cuales debemos poner atención al momento de referirnos a los gobiernos neofascistas. El primero de ellos, refiere a planteamientos que reducen el fascismo y el neofascismo a un listado de características políticas e ideológicas, restringiendo así las explicaciones sobre este fenómeno a aspectos descriptivos. El gran problema de estos planteamientos es que no permiten reconocer aspectos primarios y secundarios a partir de los cuales se organizan los proyectos neofascistas, así como tampoco se detienen a analizar cómo todos estos elementos se logran articular en un todo coherente y atractivo para las mayorías. Por lo mismo, estas explicaciones, no han logrado presentar alternativas claras para enfrentar el neofascismo. Y un segundo error al momento de referirnos a la derecha neofascista, consiste en señalar que es una fuerza social y política liderada por personajes “locos” y por un sujeto pueblo que les sigue como “rebaño”. En este sentido, es relevante reconocer que los lideres de la derecha neofascista y los sujetos que adhieren a su proyecto no son psicópatas, ni locos, ni ignorantes, ni irracionales. Lo relevante es realizar los esfuerzos por comprenderlos, pues de lo contrario, se corre el riesgo de subestimarlos y de distanciarse de la posibilidad de combatir con fuerza y certeza esta expresión política .

II

Como hemos sostenido, desde hace al menos una década que vienen proliferando gobiernos neofascistas a escala global. Corresponde ahora, detenernos en caracterizar de manera general a estos gobiernos, para ir presentando algunos argumentos que nos permitan inscribir al gobierno chileno de JAK en esta oleada global de gobiernos neofascistas. Veamos de manera apretada estos puntos.

Como primer punto, existe consenso en sostener que los gobiernos neofascistas, surgen en escenarios de crisis, razón por la cual, el concepto gramsciano de “interregno” ha cobrado tanta vigencia, y particularmente la cita que señalaba que “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos”. Este planteamiento sobre la crisis como momento propicio para la emergencia de fuerzas neofascistas es particularmente claro para la realidad reciente de Chile, pues desde el año 2019 hasta la actualidad (y siendo brutalmente simplificador), el país ha pasado por una revuelta popular de gran envergadura, con una perspectiva marcadamente destituyente y que expresó numerosas demandas y reivindicaciones de los sectores populares del país; un “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, firmado por los partidos tradicionales de la derecha, la concertación y los jóvenes partidos que dieron vida al frente amplio (sólo el partido comunista se negó en una primera instancia a firmar este acuerdo), lo que generó un quiebre con los sectores que habían protagonizado y participado de la revuelta; por dos procesos constituyentes, -el primero de cuño democrático, pluralista y con un horizonte superador del modelo neoliberal, y el segundo, restringido a expertos y representantes de partidos políticos, con una clara hegemonía de sectores neoliberales, conservadores y vinculados a la derecha pinochetista-, sin embargo, ambos procesos constituyentes fueron rechazados por la ciudadanía; entre medio, toda la crisis sanitaria, económica y social asociada a la pandemia del COVID 19; y el tránsito de un gobierno progresista a uno de ultraderecha. Todos estos procesos, cada uno complejísimos en sí mismos, dan cuenta de una evidente crisis de hegemonía en la sociedad chilena, crisis que, desde nuestra perspectiva, se encuentra abierta y en desarrollo.

Un segundo punto sostiene que los gobiernos neofascistas se han caracterizado por expresar un movimiento reaccionario de masas. No son fuerzas sociales y políticas que representan únicamente a las burguesías nacionales, si bien son cooptados y conducidos por ellas, su base de apoyo es mucho más transversal, sus adherentes se encuentran presentes en todas las clases sociales. Los gobiernos neofascistas en América Latina, cuentan con una base social orgánica compuesta por sectores acomodados, blancos, calificados, privilegiados, pero también con pequeños comerciantes, camioneros, industriales, propietarios, militares y religiosos. Es un movimiento reaccionario de masas de carácter poli-clasista, que desarrolla un trabajo relevante con redes sociales, iglesias evangélicas, con la juventud, los sectores populares, entre otros. Si nos remitimos al caso chileno, no se debe olvidar que el voto de apoyo a la candidatura de JAK en la última elección presidencial, fue transversal en términos socio-económicos, destacando que el 69% de los votos de las mesas de los sectores más pobres del país votó por Kast y el 58% de los votos escrutados en los sectores más acomodados del país, también fueron para JAK. En los sectores medios obtuvo un 60% de los votos. En las comunas con mayor presencia evangélica obtuvo cerca del 70% de los votos. En comunas rurales cerca del 67% de los votos. Los votos de la juventud también se inclinaron en casi un 60% a JAK. Ahora bien, este apoyo transversal expresado en las urnas todavía no da muestras claras de constituirse en un movimiento de masas, pero con lo vertiginoso de la política actual, el movimiento puede darse repentinamente.

Como tercer punto, podemos afirmar que el proyecto de los gobiernos neofascistas se caracteriza por desarrollar una orientación antiigualitaria, lo que se traduce en el desmantelamiento de políticas sociales y programas estatales orientados a los sectores históricamente excluidos y marginados de la sociedad. En este sentido, la derecha neofascista ha expresado su profundo odio a la existencia de un Estado garante de derechos sociales (y ojo, no se trata de que odien al Estado, sino de que denostan a un tipo de Estado) y podríamos agregar que han demostrado su profundo odio hacia los pobres, a quienes denigran de manera permanente, acusándolos de todos los males y vicios existentes en la sociedad: holgazanes, delincuentes, ignorantes, etc., es decir, la derecha neofascista es aporofóbica. Pero si esto no fuera poco, al mismo tiempo que recortan, desfinancian, desmantelan y discontinuan políticas y programas que consideran onerosos e innecesarios, desgravan impuestos a los sectores acomodados y generan condiciones jurídicas y materiales absolutamente favorables para el empresariado y para los procesos de acumulación de capital. Como es claro, para la derecha neofascista no se trata de desmantelar, achicar o hacer desaparecer el Estado, pues lo que proponen es re-orientarlo. En otros términos, consideran al Estado como un instrumento necesario y fundamental para favorecer a los ricos y poderosos del mundo.

En el caso chileno, la orientación antiigualitaria del gobierno de JAK ha sido muy clara y como muestra sólo mencionaremos dos ejemplos. Un primer ejemplo, se vincula con las circulares y ordenamientos del Ministerio de Hacienda de establecer recortes presupuestarios de alrededor de un 3% para cada Ministerio, lo que en términos concretos se tradujo en reducir financiamiento y cerrar programas de las carteras de educación, salud, cultura, entre otras que beneficiaban a los sectores más precarizados y empobrecidos del país. Y atención, que estos programas operaban en el marco del Estado subsidiario como políticas focalizadas, afirmativas, pero que no eran universales, por tanto, muchos de ellos no eran ajenos a las lógicas de las políticas neoliberales, sin embargo, a pesar de esto, de todas maneras, los desfinancian y discontinúan. Desmantelan programas y políticas sociales incluso en el marco de la existencia de un Estado subsidiario, es decir, sus planteamientos son dogmáticos, ortodoxos y radicalmente neoliberales (o anarco capitalistas, como señala el actual presidente de Argentina). Y el otro ejemplo, está asociado a la reforma tributaria contenida en el “Proyecto de Ley para la Reconstrucción Nacional y el Desarrollo Económico y Social”, la cual rebaja el impuesto corporativo de un 27% a un 23%, lo que favorece al gran empresariado y a los sectores más ricos. Esta reforma, según han denunciado numerosos referentes políticos de la izquierda chilena, tendrá efectos relevantes sobre la salud pública, la educación pública y los programas sociales, pues las rebajas tributarias al empresariado, serán compensadas con recortes en programas sociales.

Un cuarto punto, refiere a que los gobiernos neofascistas se han caracterizado por politizar a la burguesía y a vastos sectores de la sociedad contra los intereses de los trabajadores, es decir, han sido gobiernos que han promovido una suerte de politización de clase que se ha traducido concretamente en la configuración de alianzas amplias contra la izquierda, el progresismo y cualquier lógica de promoción y defensa de los derechos sociales. Este punto es particularmente relevante de ser analizado en la sociedad chilena, pues a diferencia de la “despolitización” con que se caracterizaba al país durante la década de los noventa del siglo pasado, en la actualidad vemos un proceso de politización reaccionaria, una suerte de derechización del debate público y del sentido común de nuestra sociedad. Esto se ha expresado en importantes cambios en la percepción y valoración social con respecto a temas como la revuelta popular, las movilizaciones estudiantiles, las reivindicaciones del movimiento feminista, las demandas de las organizaciones ambientalistas, el debate en torno a las pensiones y las AFPs, las luchas de los movimientos indígenas, los planteamientos de las organizaciones y comunidades migrantes, entre muchas otras. Lo que nos interesa subrayar es que, desde el año 2019 hasta esta parte, no sólo el tablero político se ha derechizado, sino que también el sentido común y el debate público ha girado hacia la derecha. La politización reaccionaria ha hecho un buen trabajo.

Un quinto punto nos lleva a plantear que los gobiernos neofascistas se han caracterizado por reivindicar, sin muchas caretas, el autoritarismo político, lo que se ha expresado en discursos centrado en la restitución del orden y la seguridad pública, realizando una abierta apología de la violencia. Esto se conecta directamente con las reflexiones de Lazzarato , quien ha planteado que estos gobiernos desdibujan las fronteras entre el “Estado de derecho” y el “Estado de excepción”, pues esto, les permite reactivar medidas de emergencia, políticas de seguridad pública, lógicas represivas y tendencias militaristas en el seno de la sociedad. Para ello, se sirven recurrentemente del recurso de la amenaza o el enemigo interno, que puede estar asociado a población migrante, organizaciones populares, fuerzas sociales y políticas de izquierda, entre muchas otras. La idea del “estado de excepción” o el “estado de emergencia”, les permite tener un terreno despejado para implementar políticas de shock. Este punto es muy claro en el caso chileno, pues desde el período de la campaña presidencial e inmediatamente asumida la presidencia, el gobierno ha señalado que constituirá y desplegará un “gobierno de emergencia” para enfrentar la “profunda crisis fiscal, económica y de seguridad” en la que se encuentra el país. Desde la figura del “gobierno de emergencia”, se han justificado recortes presupuestarios al sector público, decretos para reestablecer el orden público y un conjunto de medidas para “acelerar el crecimiento” y “mejorar el empleo”. El discurso de la emergencia ha sido un traje a medida para justificar las políticas de shock.

El autoritarismo político de los gobiernos neofascistas, también se ha expresado en su reaccionario odio a la democracia. En este sentido, son gobiernos que llegan al poder siguiendo las reglas de la democracia liberal representativa, pero que la horadan desde dentro. Lo que les interesa es “vaciar de contenido” la democracia, establecer control e influencia directa sobre el poder legislativo y judicial, concentrar poderes en el ejecutivo, colonizar los medios de comunicación y las redes sociales, rediseñar el sistema electoral, promover políticas neoliberales ortodoxas, restringir libertades, restarle relevancia de partidos políticos, entre otros elementos . Así planteado, coincidimos con Paula Biglieri quien ha caracterizado a los gobiernos neofascistas como una suerte de “laboratorio postdemocrático” . En este sentido, el gobierno de JAK no ha hecho ni el más mínimo esfuerzo para disimular su valoración de la dictadura cívico-militar de Pinochet, ha reivindicado a personajes enjuiciados por cometer gravísimas violaciones de los derechos humanos, ha mostrado señales de que indultará a carabineros y militares condenados por cometer actos criminales durante la revuelta popular del año 2019, entre otras barbaridades. Su sector es abiertamente pinochetista, por lo que su odio a la democracia y la defensa del autoritarismo les expelen por todos los poros de su cuerpo.

III

Existen algunos planteamientos más o menos consensuados en la bibliografía con respecto a cómo enfrentar y eventualmente restarle fuerza y poder a la ultraderecha. Veamos algunos de estos elementos.

Inicialmente, podríamos señalar que, para la izquierda, es importante reconocer que la batalla cultural es clave, pero no reemplaza a la batalla material. En esta línea, y refiriéndose a la derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría, el sociólogo argentino Pedro Perucca señaló que “El pan puede reemplazarse por el circo, pero sólo hasta cierto punto” . En este sentido, se ha puesto énfasis en que es relevante desarrollar disputas narrativas y ser parte de las luchas por el sentido común, pero para la izquierda actual es necesario tener presente que la batalla material es definitoria. Lo anterior ha sido claramente planteado por el marxista boliviano Álvaro García Linera, quien ha señalado que, para que la izquierda del continente pueda frenar el avance de la ultraderecha, se requiere tener alternativas concretas para superar problemas económicos como la pobreza, la precarización, el trabajo informal, la inflación, entre otros. Para García Linera, en estos tiempos de crisis: “la economía manda, punto” . El planteamiento no pasa por restarle relevancia a las llamadas luchas identitarias, sino por volver a dotar de centralidad la disputa material.

Otro planteamiento relevante consiste en evidenciar que cuando la izquierda despliega disputas tibias o timoratas a la derecha neofascista, generalmente es derrotada, pues, dichas posiciones tienden a abrirles el terreno de acción y las esferas de influencia. En este sentido, el camino de la confrontación política parece ser ineludible para la izquierda. La derecha ha mostrado habilidad para apoderarse del malestar social, para colonizarlo en función de su proyecto, la izquierda debe retomar sus banderas de lucha por criticar la sociedad capitalista, colonial y patriarcal que nos domina, promoviendo transformaciones estructurales y radicales, de lo contrario, ese espacio, lo ocupan las fuerzas neofascistas. En una entrevista realizada a Ferat Koçak, parlamentario alemán de origen kurdo e integrante del partido de izquierda Die Linke, este fue enfático en señalar que la izquierda europea ha avanzado en la medida en que reivindica agendas radicales (evidenciando, por ejemplo, un programa de expropiaciones) y un proyecto socialista, pues si abandona sus banderas se produce un vacío político y un desplazamiento de personas que son de izquierdas y anticapitalistas, pero que se vuelcan a otras opciones, incluso de ultraderechas .

Adicionalmente, podemos sostener que la lucha contra la ultraderecha no puede reducirse a una dimensión electoral, pues se requiere modificar la correlación de fuerzas que beneficia al neofascismo. En esta dirección, las fuerzas de izquierda no deberían olvidar la centralidad del “movimiento de masas”, de la activación de las organizaciones sociales y políticas, sin limitar su actuar a disputas meramente electorales. Es claro que, en contextos de gobiernos de ultraderecha, se requiere mantener activa la movilización en las calles, la protesta popular, las movilizaciones masivas. Ha todas luces, parece ser erróneo el sostener lecturas catastrofistas que sobredimensionan las fuerzas de la ultraderecha y que optan por responder con un repliegue táctico hasta esperar un nuevo proceso electoral. Ahora bien, el desafío pasa por encontrar elementos aglutinadores para la movilización popular, ejes que permitan articular las luchas sociales y políticas de la izquierda. Esto es particularmente complejo cuando predominan procesos de fragmentación en el seno de la izquierda y cuando no logran tensionarse tácticas y/o lógicas sectarias.

Finalmente, y aunque para el caso de las fuerzas de izquierda en Chile, este punto sea controversial, la evidencia internacional muestra que el robustecer el sistema de partidos, puede ser una forma de achicar espacio a la ultraderecha, la cual se ha acrecentado en la medida en que se debilitan los partidos tradicionales y en la medida en que prolifera una aguda crisis de representación política. Es importante recordar que el neofascismo incluso se ha fortalecido con el debilitamiento de los partidos de la derecha tradicional, a los cuales los acusan de aproximarse demasiado al centro político y a la socialdemocracia, abandonando su agenda y proyecto propio. Así entonces, retomar las reflexiones, discusiones y acuerdos sobre las herramientas políticas o sobre la forma-partido, debería ser un nudo temático para trabajar durante el actual ciclo político.

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