Este septiembre se cumplieron 52 años del golpe civil-militar que derribó la democracia en Chile. Un momento que desterró la esperanza, la cultura, la solidaridad, la justicia social como horizonte, y marcó el inicio de 17 años de muertes, torturas, desapariciones, exilios, dejando con ello una herida profunda y persistente en la psiquis colectiva.
Nací en septiembre de 1974, y así como miles de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, tuve que vivir en carne propia, la devastación que dejó el golpe de Estado de 1973 en la sociedad chilena. Porque no fue solo una ruptura política; fue también la devastación de los tejidos sociales, familiares y simbólicos. Fueron años eternos de terror, de dolor, de angustia, infancias y proyectos de vida truncados, de desolación y desesperanza. El terrorismo de Estado generó silencios forzados, pérdidas que muchas veces no pudieron ser nombradas, exilios interiores que tuvimos que observar en la mirada perdida de quienes sobrevivieron a las atrocidades más tremendas de las que tenga recuerdo nuestra historia reciente.
Las víctimas y sus descendientes cargamos memorias que, la mayor parte de las veces fueron ignoradas, minimizadas o abanderizadas por los gobiernos de turno y por la ausencia del Estado, a través de la impunidad de la persistencia de lo no dicho, de la desidia por encontrar la verdad y la justicia, que ayudaron a consolidar la lógica de las relaciones instrumentales, la cultura del odio, el individualismo a ultranza, y las estructuras que reproducen la desigualdad: económica, social, de salud y, por tanto dificultan o impiden el acceso y ejercicio de derechos fundamentales, hasta nuestros días. Vale la pena en este punto, preguntarse como lo hiciera Galeano: “¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles?”
La falta de reparación del trauma colectivo e individual, tiene efectos inconmensurables sobre la salud mental: ansiedad, depresión, dificultad para confiar, para proyectar futuro, para habitar el cuerpo y construirse más allá del pasado como algo superado por decreto o por las exigencias de resiliencia que se imponen. Explorar y cuestionarse cómo ese trauma histórico repercute hasta hoy, en la salud mental de sectores vulnerados y en la sociedad en su conjunto, es un desafío permanente, que es urgente de abordar, sobre todo a propósito de la naturalización de la violencia, que nos ha ido acostumbrando a perder la capacidad de asombro, la empatía y la fraternidad; lo que sin dudas, está a la base de los discursos y actos de odio cada vez más frecuentes y brutales, la legitimación de crímenes de lesa humanidad, donde algunos/as se vanaglorian de las barbaridades que cometieron y se burlan del dolor ajeno, como parte de las campañas presidenciales de candidatos/as de ultraderecha, con alarmantes cifras de adhesión popular.
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Prevención del Suicidio, organizado por la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP) y avalado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta fecha nos obliga a detenernos y observar el suicidio como algo más que un fenómeno individual, como una señal de alerta social, una consecuencia de desigualdades estructurales no resueltas. Hablar de salud mental sin hablar de justicia social es maquillar el dolor con discursos de “coaching” vacíos, que pretenden responsabilizar al individuo, sin mirar al sistema que lo enferma, sin considerar las condiciones que llevaron a esa persona a sentirse agotada, marginada y sin salida.
La salud mental no se resuelve en el vacío. Así como la vida, se construye o se destruye en los vínculos, en el contexto, en la casa donde no se llega a fin de mes, en las instituciones como el ex SENAME en las que se normaliza la violencia y las torturas, en la calle cuando algún sanguinario se arroja el derecho de eliminar a una persona trans por tener la “osadía” de ser quien es, en las instituciones del Estado que facilitaron el secuestro de cientos de niños y niñas en la dictadura, y muchas otras, en las que hasta nuestros días, se esconde la discriminación en la rutina. Hablar de salud mental, sin hablar de pobreza, desigualdad y violencias, es condenarnos a la soledad que prohíbe la solidaridad como derecho, que promueve la lógica del sálvese quien pueda y de ver al otro, a la otra como un peligro que acecha, en vez de ofrecer la posibilidad de un vínculo en el que puedo encontrar cobijo, donde puedo ser escuchado/a, reconocido/a, valorado/a y respetado/a por el sólo hecho de ser persona.
Al conmemorarse 52 años del golpe en Chile, tenemos la oportunidad de mirar y honrar no solo a los muertos o a los desaparecidos, sino a los vivos que llevan cicatrices invisibles. A quienes viven con memorias no procesadas, con injusticias no resueltas. Si el trauma persiste, si la desigualdad sigue siendo estructural, también lo hace el riesgo de desesperanza, de soledad, de suicidio. Por eso, como dijera Marco Rafael Blanco Belmonte: ¡Hay que vivir sembrando, siempre sembrando!
»…Por eso cuando al mundo, triste, contemplo, yo me afano y me impongo ruda tarea y sé que vale mucho mi pobre ejemplo aunque pobre y humilde parezca y sea. ¡Hay que luchar por todos los que no luchan! ¡Hay que pedir por todos los que no imploran! ¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan! ¡Hay que llorar por todos los que no lloran! Hay que ser cual abejas que en la colmena fabrican para todos dulces panales. Hay que ser como el agua que va serena brindando al mundo entero frescos raudales. Hay que imitar al viento, que siembra flores lo mismo en la montaña que en la llanura, y hay que vivir la vida sembrando amores, con la vista y el alma siempre en la altura».
Dijo el loco, y con noble melancolía
por las breñas del monte siguió trepando,
y al perderse en las sombras, aún repetía:
• «¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando! ...»
