Para quienes examinan con detención la constelación ideológica de la derecha chilena, el escenario actualmente desplegado bajo la administración de José Antonio Kast, recientemente investida, carece de carácter sorpresivo. Más bien, se inscribe en una secuencia analítica previamente delineada, cuyos vectores interpretativos conviene reactivar, dado que múltiples indicadores empíricos reafirman algunas hipótesis ya formuladas.
En un texto publicado en Le Monde Diplomatique el 18 de octubre de 2025, titulado El orden imaginario de Kast y Kaiser ( https://www.lemondediplomatique.cl/el-orden-imaginario-de-kast-y-kaiser-por-fabian-bustamante-olguin.html ), se sostenía que la retórica de restauración del orden promovido por las derechas radicales chilenas configuraba una ilusión conservadora, una construcción abstracta que ofrece respuestas simplificadas frente a problemáticas de alta complejidad estructural, sustentándose además en inconsistencias normativas y dobles estándares que no generan incomodidades discursivas.
Antes de proseguir, conviene advertir que, desde la perspectiva de la derecha radical (o extrema derecha), y tomando como referencia los planteamientos de Paloma Castro Martínez y Erika Járaiz en La construcción emocional de la extrema derecha en España, CIS, Madrid, 2022 (véase pág. 96), puede delinearse un marco interpretativo parcialmente extrapolable al caso chileno. Aunque dicho trasvase no resulta completamente isomórfico, permite iluminar la autocomprensión del Partido Republicano, creado en el año 2019 y legalizado en el año 2020, y de José Antonio Kast, quienes articulan un ideario centrado en la preservación de valores tradicionales y en la impugnación de aquello que conceptualizan como desviaciones de la normalidad. Este dispositivo discursivo enfatiza la defensa de la familia convencional y de patrones morales heredados, a la vez que construye antagonistas simbólicos tales como la liberación sexual, la diversidad sexo-genérica o los beneficiarios de políticas sociales percibidas como ilegítimas en particular ante políticas restaurativas ligadas a casos de violaciones a los Derechos Humanos. En este registro emerge, de manera implícita, una semántica cercana al término alemán Sozialschmarotzer, utilizado en la Alemania de fines de los setentas para designar de forma peyorativa supuestos “parásitos sociales”, junto con la identificación de enemigos ideológicos encarnados en las izquierdas, a las que se atribuye un proceso de adoctrinamiento cultural en espacios educativos y académicos.
Este horizonte de sentido, que construye la derecha radical, configura una fuerte reacción frente a las transformaciones socioculturales asociadas a valores postmaterialistas (Ver Inglehart, Ronald (1991): El cambio cultural en las sociedades industriales avanzadas. Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid), tales como la ampliación de derechos, la libertad de expresión y la diversificación de estilos de vida, fenómeno observable en una progresiva tensión con gobiernos como el de Gabriel Boric. La respuesta desde la derecha radical se orienta hacia la reafirmación del orden, la seguridad y la estabilidad económica, incluso mediante dispositivos de corte más autoritario que subordinan dimensiones participativas o expresivas de los grupos de interés más postergados y marginalizados del debate público. Esta gramática política, tiene evidencias recientes en experiencias como la de Jair Bolsonaro en Brasil, moviliza a sectores del electorado mediante narrativas simplificadas que prometen restaurar certidumbres, o como ocurre en la extrema derecha europea la lógica de la denostación del “otro” generando abiertamente discursos de xenofobia. No obstante, en el caso chileno, la dimensión xenófoba no se manifiesta con la misma intensidad estructural que en ciertos contextos europeos, aunque sí aparece de modo contingente como reacción a tensiones derivadas de la globalización y la migración, configurando así un electorado que busca orden, inteligibilidad y resguardo frente a escenarios percibidos como inestables y ante sujetos concretos como los migrantes, en el caso nuestro contra los migrantes del propio continente.
Desde esta perspectiva, la promesa de erradicar la delincuencia omite su carácter inherente a toda formación social. Tal como lo plantea Georg Simmel, el crimen se constituye como un componente estructural de la sociedad, cuya manifestación muta sin extinguirse. A ello se añade que el crimen organizado opera mediante lógicas que exceden el marco estatal, vinculándose a dinámicas del capitalismo desregulado, como advierte Roberto Saviano (https://eldesconcierto.cl/2025/05/10/crimen-organizado-capitalismo-y-la-advertencia-de-giovanni-falcone) quien llega a afirmar que el crimen organizado no es un rezago del pasado sino la vanguardia del capitalismo. En consecuencia, la pretensión de erradicación mediante dispositivos exclusivamente internos revela una incomprensión de su raíz sistémica.
En este marco, resulta significativo el desplazamiento discursivo respecto del combate a la delincuencia y al crimen organizado. Fenómenos previamente sobrerrepresentados en la agenda mediática, como el denominado Tren de Aragua, han perdido visibilidad sin que exista claridad respecto de su eventual desarticulación. Este eclipse comunicacional parece articularse con políticas migratorias anunciadas con énfasis, particularmente en lo relativo a la expulsión de ciudadanos venezolanos, las cuales no han alcanzado concreción efectiva y al parecer la advertencia del entonces candidato que hacía alusión a la cantidad de días que les quedaban a los migrantes irregulares para ser deportados no se cumplió y no se cumplirá en el corto plazo.
Paralelamente, se observa una mutación estratégica en el eje programático. En lugar de sostener el énfasis inicial, la administración ha privilegiado iniciativas orientadas a la restricción de derechos sociales, lo que configura una tensión con las expectativas de su propia base electoral con fuerte presencia y mayoría electoral en las regiones de mayores índices de vulnerabilidad social. A ello se suma una inconsistencia performativa en materia de uso de recursos públicos, especialmente al contrastar críticas previas dirigidas al gobierno de Gabriel Boric con decisiones actuales relativas a remuneraciones elevadas para equipos de asesores, generando una disonancia entre discurso y práctica.
Este conjunto de elementos permite identificar una contradicción estructural que podría erosionar la legitimidad del proyecto político. La promesa de control de la criminalidad y de regulación migratoria, ejes centrales en el acceso al poder, ha sido desplazada por políticas de otra naturaleza, configurando una brecha entre oferta programática y ejecución gubernamental que ya tienen efecto en lo público generando debate y las primeras movilizaciones masivas como la de este fin de semana en las principales ciudades del país que alzan la voz sobre la política ambiental del gobierno de Kast.
En el ámbito de lo económico, coincidimos con el diagnóstico de Carlos Mladinic (https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2025/09/13/la-derecha-dura-promete-abundancia-pero-deja-estancamiento/), quien ha señalado que la derecha radical tiende a articular promesas de prosperidad basadas en reducciones tributarias y expansión del bienestar, las cuales, en la práctica, derivan en estancamiento económico, incremento del déficit fiscal y captura institucional por intereses particulares. La idea de compatibilizar menores ingresos fiscales con mayores beneficios sociales carece de viabilidad financiera, cuestión también subrayada por Ignacio Briones (https://www.cnnchile.com/negocios/es-problematico-ignacio-briones-cuestiona-el-concepto-de-gobierno-de-emergencia-de-kast-e-insta-a-realizar-reformas-estructurales_20260315/), al advertir que los recortes propuestos no compensan las disminuciones de ingresos ni el aumento del gasto.
En este contexto, emerge la noción de un “capitalismo clientelista” o de “capitalismo de amigos”, caracterizado por la proximidad entre élites económicas y poder político, cuya consecuencia de largo plazo es la distorsión de la competencia y el deterioro del producto per cápita y el fortalecimiento de redes corporativistas.
Desde la dimensión comunicacional, el fenómeno puede ser interpretado mediante el marco conceptual de la Ventana de Overton, desarrollado por Joseph Overton (https://revistaforja.org/la-ventana-de-overton/). Este modelo describe el desplazamiento gradual de los márgenes de lo decible en el espacio público, permitiendo que ideas previamente consideradas marginales o inadmisibles adquieran legitimidad progresiva hasta consolidarse como políticas aceptadas. Así, propuestas que en otro momento habrían sido relegadas a la periferia del debate, como reformas restrictivas en materia laboral o migratoria, en materia ambiental y de derechos sociales en educación, han transitado hacia el núcleo del discurso político contemporáneo. Este proceso no implica innovación doctrinaria, sino reactivación de matrices ideológicas preexistentes, ya identificables en producciones intelectuales de décadas anteriores, como las difundidas por centros de pensamiento vinculados al ideario liberal-conservador que han volcado su energía al cuestionamiento y la oposición ante la consolidación de un Estado de derechos.
En consecuencia, lo que se observa no es la emergencia de un paradigma inédito, sino la rearticulación de un repertorio histórico que, mediante transformaciones en el clima de opinión, retorna al centro de la deliberación pública. Este desplazamiento exige ser analizado con rigurosidad, dado su potencial impacto en la configuración futura del sistema político y social chileno.
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Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología. Académico del Departamento de Teología y del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte, Coquimbo (ucn.academia.edu/FabiánBustamanteOlguín).
Javier Romero Ocampo. Doctor en Estudios Americanos, especialidad Pensamiento y Cultura
