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Hablar de deporte: ¿quiénes pueden realmente practicarlo? Por Alonso Peña Baeza

Hablar de deporte en una ciudad desigual obliga a decir algo incómodo: no todos pueden practicarlo de verdad. Para miles de niñas, niños y adolescentes, el acceso al deporte, al juego y a la vida al aire libre no es una experiencia cotidiana, sino un privilegio condicionado por el barrio en que viven, la infraestructura disponible y el apoyo adulto. La distribución inequitativa de parques y áreas verdes en ciudades y pueblos, junto con la concentración de recintos deportivos en sectores más favorecidos, confirma que la vida activa también está marcada por profundas brechas sociales y territoriales.

El panorama actual, marcado por las altas tasas de inactividad física, el uso excesivo de pantallas y redes sociales, y una persistente prevalencia de malnutrición por exceso con un fuerte impacto del entorno social, nos sitúa en un escenario preocupante. Niñas, niños y adolescentes enfrentan múltiples problemas asociados a su alejamiento del deporte y de la actividad física. Esta realidad no solo afecta la salud física, sino que también profundiza formas de fragmentación social, donde muchas personas viven cotidianamente situaciones de aislamiento, soledad y escasa vinculación con otros.

En este contexto, los grupos más frágiles de nuestra sociedad requieren espacios y programas especialmente orientados a cultivar procesos de socialización e individuación mediante el despliegue de la motricidad, el deporte, la danza y la vida al aire libre, entendidos como ejes del bienestar integral. No se trata solo de moverse, sino de construir comunidad, autoestima, pertenencia y sentido de futuro.

Frente a ello, diversas investigaciones y experiencias territoriales muestran que es necesario avanzar en medidas concretas. Primero, mejorar la infraestructura deportiva escolar, adecuándola a las necesidades de los estudiantes del siglo XXI. Segundo, reconvertir espacios públicos y privados en lugares de encuentro para el deporte y la danza, mediante programas especialmente diseñados para niñas, niños y adolescentes. Y tercero, crear centros y espacios de vida activa en sectores de mayor vulnerabilidad, fortaleciendo el sentido de pertenencia, el arraigo territorial y la interacción positiva en torno a hábitos de vida activa y saludable.

Esta titánica tarea no puede recaer solo en un gobierno de turno ni en ceremonias como en abril del mes pasado celebrando el día del deporte. Exige un compromiso amplio, sostenido y colectivo, basado en una ética del cuidado. Padres, madres, cuidadores, escuelas, municipios, comunidades y Estado deben asumir un nuevo trato, donde el autocuidado y la promoción de una vida activa sean una responsabilidad compartida y una tarea conjunta al servicio del bienestar de las nuevas generaciones.

Lo más preocupante es que esta realidad no es nueva. Sabemos que la inactividad física, el exceso de pantallas y la malnutrición por exceso afectan con mayor fuerza a quienes viven en contextos más vulnerables, y aun así seguimos respondiendo con acciones parciales o meramente simbólicas. No habrá cambio real mientras el deporte y la vida activa sigan siendo entendidos como un complemento y no como un derecho social. El desafío no es solo conmemorar el Día del Deporte, sino construir un país donde esa fecha no vuelva a recordarnos, una vez más, quiénes pueden celebrarlo y quiénes quedan fuera.

Alonso Peña Baeza
Académico Usach y cofundador de Observacción

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