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Hacer lo que Marx hubiese hecho. Por Javier Agüero Águila

I.
Se ha sabido, recientemente, de la aparición de un “manifiesto” del Socialismo Democrático. Hasta donde entiendo sus redactores principales fueron militantes y algunos académicos del PPD y del PS, por lo que tanto el Partido Radical como el Liberal –también miembros del SD– no habrían intervenido en la construcción del documento.

El texto da cuenta de variados aspectos, entre ellos de la necesidad de salvaguardar la herencia de los gobiernos transicionales de los que formaron parte, sobre todo en la continuación del modelo político y económico. Sostienen: “(…) somos continuadores de 24 años de gobiernos de centroizquierda y de lo que va de corrido del mandato del presidente Gabriel Boric: es en esa tradición política en la que nos inscribimos y que reivindicamos con orgullo”.

Del mismo modo, pretende hacerse cargo de la fractura con la sociedad civil que los partidos en cuestión habrían evidenciado en las últimas décadas, y que sería la causa de la desafección ciudadana a propósito de una centroizquierda que no habría sabido leer lo que en el subterráneo de una sociedad (erosionada al extremo por un neoliberalismo salvaje y la instalación del mercado como único dispositivo vinculante) discurría a modo de magma a punto de emerger y que, efectivamente, lo hizo en octubre de 2019.

De paso, y aquí es donde creo que el documento adquiere algo de expectativa, critican al “ñuñoismo” y, se entiende fácil, al Frente Amplio y a su condición de tribu urbana más grande que en la imaginería propia de una elite border, con “onda” y prurito rebelde, no habría sabido más que ligar su estética de la diferencia a la partitura endogámica y de clase que le va adherida.

En esto estamos de acuerdo. Pero también recordemos que estos jóvenes rebeldes del siglo XXI son sus hijos, y no solo a modo de léxico, sino que muchas veces biológicamente, por lo tanto, también el “manifiesto” aparece como una factura pasada a esos vástagos que no simplemente se les retobaron, sino que les quitaron el poder de verdad, en serio, cortando, al menos al inicio, la otra autopoiética del poder que estuvo en manos de ellos mismos, los otrora agentes concerto-transicionales.

Esta ha sido, quizás, la mayor expresión política (en clave metafórica, desde luego) de la horda primitiva y del asesinato al padre que haya conocido Chile en su historia.

Ahora, lo que interesa e inquieta particularmente, es que el “manifiesto” invoca a Marx a través de una cita al historiador marxista Eric Hobsbawm quien, efectivamente, en su libro Política para una izquierda racional (originalmente For a Rational Left: political writing, 1989 sostiene que la izquierda debe “Hacer lo que Marx hubiese hecho”.

Y aquí me detengo para apuntar algunas consideraciones que son más bien preguntas ¿Qué es lo que Marx hubiese hecho de cara un mundo post “socialismos rales” y en gran parte arrasado por la ideología del libre mercado representado por las más variadas fórmulas de democracias capitalistas? ¿creemos realmente que fenotipos políticos como los Girardi, los Solari, los Bitar o enclaves académicos como Joignant entre otros/as, están dándole cuerda en su aparato psíquico a responder tal como Marx lo hubiese hecho? ¿hay una vocación radicalmente transformadora (como Marx lo hubiese hecho) en este “manifiesto” que implique la reconfiguración de un nuevo tipo de lazo social dejando atrás las décadas de paliza neoliberal a la clase media y a los sectores más pobres que no solo vieron sus destinos sellados por un tipo de endeudamiento kafkiano, sino que definitivamente subordinados al principio político de la transa y los acuerdos? ¿no estamos, una vez más, frente a la coordinación de una serie de semánticas relativas a la justicia social y a la socialdemocracia que pretenden parir un imaginario sociológico que, en simple, les reporte de nuevo la hegemonía no solo política sino también cultural (así, gramscianamente)?

Hacer lo que Marx hubiese hecho es un asunto paquidérmico, molar, y si preguntan, no jugaría este naipe; no apostaría por traer su nombre a un “manifiesto” que es la actualización de la promesa de socialdemocracia –que nunca la tuvimos en Chile salvo con el breve ensayo de Salvador Allende que terminó en tragedia– sin abdicar de la estructura fundamental del mercado y reformateando la política de los grandes bloques, asumiendo, eso sí, algunas eco-responsabilidades de los tiempos y apuntando otra vez a los derechos humanos que en la actualidad poco conmueven como retórica impresa en un documento. Esto, porque declarar que se respetarán los derechos humanos en un “manifiesto” de corte más táctico que estratégico y de ideológico poco o nada, al día de hoy, no es más que una apostilla de buena crianza y de corrección política. Nunca la discusión y sobre todo la noción de derechos humanos estuvo más carente de densidad como lo está en la actualidad, por lo tanto, invocarlos por invocarlos, es semántica fatua.

II.

(Guardando la distancia sideral entre uno y otro manifiesto) El Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels (1848), pensado originalmente como un panfleto –adhiero y me gusta esta palabra– de circulación suelta en el Londres de la época, resultó no obstante ser uno de los documentos más influyentes en la historia y su eco reverbera hasta a nuestros días y seguro lo hará por siempre. A partir de él se crearon corrientes de pensamiento completas, sistemas de gobierno (muchos de ellos posteriormente criminales, por cierto, pero qué culpa tienen los autores), tipos de sociedad, escuelas económicas, sociologías y sobre todo una ideología que sigue en disputa y que hoy, en Chile, se invoca como pretexto por una elite para recobrar la tutela y ejercicio del poder.

Podríamos convenir que el comunista fue solo un Manifiesto, sí, pero uno que contenía en sí mismo el fusible gatillante de un sabotaje brutal al sistema capitalista y que, justo, se encendió para cambiar la historia para siempre. Fue un Manifiesto que no solo comunicaba, sino que extendía una promesa y abría, de ahí en más, la idea de justicia a su propia indeterminación. “No hay porvenir sin Marx”, escribía Jacques Derrida en Espectros de Marx.

El Manifiesto que Marx y Engels redactaron es fruto de una petición que en 1847 le hace la “Liga de los Comunistas”, la cual, y después de su último congreso en Londres declara: “el derrocamiento de la burguesía, del gobierno del proletariado, del fin de la vieja sociedad basada en las contradicciones de clase y del establecimiento de una nueva sociedad sin clases ni propiedad privada”. El Manifiesto es resonancia de esta declaración y se organiza en torno a tres ideas fundamentales que, correlativamente, apuntaban a una recomposición de la sociedad de entonces; estas ideas no eran otra cosa que una subversión total de la estructura capitalista, a saber: el materialismo histórico, la lucha de clase, y la revolución obrera. Dijimos que guardaríamos distancia. Pero a propósito del ligero repaso sobre la historia y principios del Manifiesto de Marx y Engels, nos preguntamos de nuevo: ¿cuál es el alcance del “manifiesto” del Socialismo Democrático? ¿cuál su idea de sociedad? ¿dónde su potencia transformadora?

Todas/os tenemos derechos a manifestarnos, pero no hablaría de “manifiesto” ni recomiendo decir Hacer lo que Marx hubiese hecho cuando de todo lo que se trata es de volver al ruedo hegemónico pasteurizando el discurso neoliberal con retórica pseudo aperturista y sin densidad ideológica alguna.

El Manifiesto del Partido Comunista fue una pieza de época que no solo impulsó la historia, sino que creó una filosofía y un sujeto, éste, el del Socialismo Democrático, es solo algo más que una declaración sintomática de una elite que vio en el fracaso de jóvenes rebeldes situacionales una nueva grieta por donde filtrar su influencia, recuperar el poder arrebatado y continuar con la saga infinita de la captura típica.

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