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Hayek contra Hayek: Chile y los límites de estabilizar constitucionalmente el capitalismo bajo incertidumbre global. Por Jessica Cuadros 

I. Atacama y la paradoja chilena

En el salar de Atacama convergen hoy algunas de las tensiones más profundas del capitalismo contemporáneo: litio, agua, transición energética, arbitrajes internacionales, estabilidad contractual, fondos globales y disputas por soberanía regulatoria. Mientras Estados Unidos reorganiza cadenas estratégicas de minerales críticos frente al ascenso chino, mientras Europa acelera procesos de descarbonización y mientras grandes fondos internacionales buscan activos asociados a la transición energética, Chile reaparece nuevamente como territorio estratégico de extracción.

Pero precisamente allí emerge una paradoja silenciosa.

Gran parte de la arquitectura institucional chilena destinada a garantizar certeza jurídica, estabilidad inversora y coordinación económica de largo plazo fue construida apelando —explícita o implícitamente— a una filosofía política marcada por los límites del conocimiento humano y la imposibilidad de estabilizar completamente órdenes sociales complejos: la filosofía de Friedrich Hayek.

Y quizás allí aparezca una de las tensiones más profundas del neoliberalismo chileno: haber utilizado selectivamente una filosofía de los límites cognitivos y de la incertidumbre histórica para construir arquitecturas institucionales destinadas precisamente a estabilizar parcialmente un capitalismo extractivo inserto en temporalidades globales crecientemente inestables.

La precisión importa. El argumento no sostiene que “Chile aplicó coherentemente a Hayek”, ni tampoco que existiera una estrategia unificada destinada a congelar el futuro económico nacional. Eso sería históricamente simplificador. El problema es otro: ciertas categorías hayekianas —conocimiento disperso, orden espontáneo, límites cognitivos de la planificación— fueron progresivamente rearticuladas dentro de ensamblajes institucionales orientados a estabilizar determinadas formas de coordinación económica bajo condiciones persistentes de incertidumbre política, social y geopolítica.


II. El neoliberalismo chileno como ensamblaje institucional

Durante décadas, Chile fue presentado como uno de los laboratorios más exitosos de reorganización neoliberal del mundo. Pero reducir ese proceso simplemente a privatización, mercado o Chicago Boys resulta insuficiente. Como han mostrado Manuel Gárate, Patricio Silva, Veronica Montecinos y Renato Cristi, el neoliberalismo chileno constituyó un ensamblaje históricamente contingente entre monetarismo, tecnocracia, subsidiariedad católica, constitucionalismo fuerte, apertura financiera, economía extractiva y disciplinamiento institucional del conflicto distributivo.

La Constitución de 1980 desempeñó allí un papel decisivo. No sólo reorganizó el sistema político. También estabilizó determinadas formas de coordinación económica mediante protección reforzada de propiedad, autonomía tecnocrática, independencia monetaria, subsidiariedad, altos quórums institucionales, tratados de inversión y desaceleración relativa de reversibilidad futura. En otras palabras, Chile constitucionalizó parcialmente determinadas orientaciones económicas.

Pero el punto importante no es afirmar que “la Constitución congeló completamente el futuro”. Ninguna arquitectura institucional posee esa capacidad. El problema es más preciso: ciertos mecanismos de estabilización institucional terminaron limitando parcialmente capacidades futuras de adaptación democrática frente a transformaciones históricas crecientemente aceleradas.


III. Qué Hayek llegó realmente a Chile

El problema tampoco consiste simplemente en afirmar que “Chile aplicó a Hayek”. Porque no existe un solo Hayek. Existe el Hayek temprano preocupado por cálculo económico, el Hayek epistemólogo del conocimiento disperso, el Hayek evolucionista del orden espontáneo, el Hayek jurídico de Law, Legislation and Liberty y el Hayek preocupado por los límites del racionalismo constructivista.

Como han mostrado Bruce Caldwell, Angus Burgin, Quinn Slobodian y Philip Mirowski, el neoliberalismo nunca constituyó una racionalidad homogénea. La propia Mont Pelerin Society reunía austríacos, ordoliberales, monetaristas, constitucionalistas económicos y conservadores.

El caso chileno fue todavía más híbrido. El concepto de subsidiariedad utilizado por Jaime Guzmán no provenía originalmente de Hayek, sino principalmente de doctrina social católica, neotomismo y encíclicas como Rerum Novarum y Quadragesimo Anno.

La subsidiariedad católica surgía originalmente como crítica simultánea al individualismo liberal atomista y al estatismo socialista. Hayek, en cambio, partía desde otro problema: cómo coordinar órdenes sociales complejos cuando el conocimiento permanece inevitablemente disperso y ninguna autoridad posee información suficiente para ordenar racionalmente el conjunto social.

La convergencia chilena entre Hayek y Guzmán fue entonces parcial, contingente e históricamente situada. No completamente coherente. No completamente planificada. Y precisamente por eso: más reveladora.


IV. Constitucionalismo económico y límites cognitivos

Y allí emerge la paradoja epistemológica más profunda del modelo chileno. Porque el núcleo filosófico más radical de Hayek no era simplemente la defensa del mercado. Era una ética de la humildad epistemológica: la conciencia permanente de que ninguna autoridad —estatal, tecnocrática o corporativa— posee conocimiento suficiente para dominar plenamente órdenes sociales atravesados por contingencia, dependencia trayectoria, aprendizaje adaptativo, información dispersa y temporalidades heterogéneas.

Sin embargo, parte importante del neoliberalismo chileno terminó utilizando categorías hayekianas precisamente para construir arquitecturas institucionales relativamente resistentes a la revisabilidad democrática.

Hayek contra Hayek.

Pero el punto tampoco consiste en sostener que la estabilidad institucional sea ilegítima. Las sociedades complejas requieren simultáneamente previsibilidad, enforcement contractual, coordinación intertemporal y capacidad adaptativa. Toda economía moderna necesita reducir parcialmente incertidumbre. El problema emerge cuando mecanismos institucionales originalmente diseñados para modular incertidumbre comienzan progresivamente a dificultar adaptación colectiva frente a transformaciones históricas crecientemente cambiantes.


V. Litio, temporalidades asimétricas y capitalismo global

La discusión contemporánea sobre royalty minero, litio, arbitrajes internacionales, agua, permisología y tratados de inversión permite observar claramente esta tensión. Las inversiones extractivas operan bajo costos hundidos gigantescos, irreversibilidad parcial, alta intensidad de capital y horizontes extremadamente largos. Pero simultáneamente transición energética, competencia geopolítica, crisis hídrica, conflictividad territorial y nuevas legitimidades distributivas modifican continuamente el entorno institucional.

Y aquí aparece un problema frecuentemente subestimado: las distintas dimensiones del capitalismo contemporáneo operan bajo temporalidades profundamente asimétricas. El capital extractivo requiere horizontes largos; los mercados financieros operan corto plazo; la democracia funciona mediante ciclos relativamente breves; los ecosistemas poseen ritmos distintos; y las crisis emergen frecuentemente de manera no lineal.

El problema entonces ya no consiste simplemente en “Estado versus mercado”. Consiste en cómo coordinar temporalidades heterogéneas bajo condiciones históricas abiertas donde ninguna racionalidad posee capacidad suficiente de anticipación completa.

La experiencia internacional resulta reveladora. Países como Zambia o Tanzania impulsaron durante décadas mecanismos extensos de estabilidad contractual para atraer inversión minera extranjera. Inicialmente aumentó inversión, crecieron exportaciones y se expandió producción extractiva. Pero posteriormente emergieron tensiones crecientes cuando amplios sectores comenzaron a percibir esos acuerdos como restricciones excesivas frente a cambios de precios, transformaciones geopolíticas, nuevas expectativas distributivas y escenarios históricos no previstos al momento de firmarse.

El problema aquí no fue simplemente “mucho Estado” o “mucho mercado”. Fue otro: cómo modular institucionalmente incertidumbre sin bloquear completamente capacidad futura de aprendizaje colectivo. Demasiada discrecionalidad destruye confianza. Demasiada rigidez erosiona adaptación institucional.


VI. Democracia bajo incertidumbre

Y allí aparece finalmente el problema más profundo de todos: el origen mismo de la autoridad democrática. La modernidad política organizó históricamente legitimidad sobre distintas formas de pretensión cognitiva: derecho divino, racionalidad tecnocrática, planificación científica, verdad revolucionaria o eficiencia de mercado. Todas compartían algo: alguien afirmaba conocer suficientemente el orden correcto de la sociedad.

La humildad epistemológica rompe precisamente esa pretensión. Pero tampoco implica relativismo ni indeterminación absoluta. Implica reconocer que ninguna arquitectura institucional posee capacidad suficiente para clausurar completamente el futuro colectivo bajo condiciones históricas abiertas.

Y precisamente allí la democracia adquiere relevancia epistemológica. No porque “el pueblo siempre tenga razón”, sino porque las sociedades complejas requieren mecanismos revisables de aprendizaje colectivo capaces de corregir parcialmente errores bajo condiciones persistentes de incertidumbre. La legitimidad democrática surge entonces no desde omnisciencia, sino desde revisabilidad, deliberación plural, aprendizaje distribuido, adaptación institucional y corrección permanente.


VII. Conclusión: la paradoja chilena

Quizás la paradoja chilena consista precisamente en esto: haber utilizado selectivamente una filosofía de los límites cognitivos y de la incertidumbre histórica para construir arquitecturas institucionales destinadas a estabilizar parcialmente un capitalismo extractivo inserto en temporalidades globales crecientemente inestables.

Ésa es la tensión central. No entre Estado y mercado. Ni entre planificación y competencia. Sino entre irreversibilidad económica, estabilización institucional, aprendizaje democrático y futuros históricos estructuralmente abiertos.

Porque ninguna arquitectura institucional —pública o privada— posee capacidad suficiente para inmovilizar completamente la complejidad histórica de las sociedades modernas.

Y quizás Chile descubra tardíamente que transformar mecanismos de estabilización parcial en rigideces excesivamente resistentes a la adaptación democrática también constituye una forma de desconocer los límites del propio conocimiento humano.

 

Bibliografía

Friedrich Hayek. The Constitution of Liberty. Chicago: University of Chicago Press, 1960.

Friedrich Hayek. Law, Legislation and Liberty. Chicago: University of Chicago Press, 1973–1979.

Angus Burgin. The Great Persuasion: Reinventing Free Markets since the Depression. Cambridge: Harvard University Press, 2012.

Quinn Slobodian. Globalists: The End of Empire and the Birth of Neoliberalism. Cambridge: Harvard University Press, 2018.

Philip Mirowski. Never Let a Serious Crisis Go to Waste. Londres: Verso, 2013.

Wendy Brown. Undoing the Demos. Nueva York: Zone Books, 2015.

David Harvey. A Brief History of Neoliberalism. Oxford: Oxford University Press, 2005.

Katharina Pistor. The Code of Capital. Princeton: Princeton University Press, 2019.

Manuel Gárate. La revolución capitalista de Chile. Santiago: Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2012.

Renato Cristi. El pensamiento político de Jaime Guzmán. Santiago: LOM Ediciones, 2000.

Karl Polanyi. The Great Transformation. Boston: Beacon Press, 1944.

Wolfgang Streeck. Buying Time. Londres: Verso, 2014.

Hartmut Rosa. Social Acceleration. Nueva York: Columbia University Press, 2013.

Timothy Mitchell. Carbon Democracy. Londres: Verso, 2011.

 

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