Enemigo de la farándula, la frivolidad, lo chabacano. Vestiste al teatro y a la cultura nuestra con dignidad y propósito. Una y otra vez, demostraste ser un hombre y actor profundo, serio, pero no grave. De buen humor, distraído. Entrabas por la puerta que no correspondía, no te acordabas dónde habías dejado el auto.” Cuando conducía frenaba, no porque había una luz roja sino porque se le ocurría una idea”, contó su hijo Damián a la hora de la despedida. Pero, dicen, movía tierra y montaña para conseguir lo que quería. Obstinado, seguía adelante.
Desde que supimos de tu muerte, tu figura fue creciendo hasta alcanzar proporciones descomunales. Dijeron que se había ido un gigante. Chile entero se llenó de ti, de tu voz suave, tu hablar pausado, tu barba blanca, tus cejas tupidas, desordenadas, tus pómulos altos, tus labios carnosos, tu mirada dulce de niño, tus ojos intensamente azules. En este país tan herido y fracturado, lograste lo imposible, un suceso casi mágico. Por un instante, nos unimos en la memoria y reconocimos en el llanto, la risa, la música y la poesía para honrar tu nombre y tu vida.
Nos cobijamos en esa patria de antes, la que alguna vez existió, ahora color sepia, solidaria, amable. Ahí estabas, en el centro, dialogante, el que dejó huella profunda, el que tenía más preguntas que respuestas, el rebelde oculto con una esquina rota. El que trabajaba 24/7, siempre disponible desde el set de grabación, la tarima del teatro, la docencia. El maestro, el profesor, el amigo, el actor que derrochó talento y lo repartió con una generosidad infinita, el que dejó un legado ético y cultural invaluable para Chile.
Te recibieron y te despidieron con alfombra roja, en medio de un estruendoso aplauso, como lo merecías. “Esta función sí que está llena, estamos a tablero vuelto”, dijo Emilia, una de tus hijas. La nave del Templo Mayor del Campus Oriente de la Universidad Católica, en Santiago, tu casa, estaba colmada de gente. Impregnada por la fragancia de decenas de ramos y coronas de flores, tan intensa como la pena compartida esa mañana calurosa de fines de octubre. Aquella que no tiene fin ni fondo, el duelo que recién comienza y se viste de negro en ese primer día de tu partida. La emoción a flor de piel, los testimonios de tu familia, hijas, hijos, nietas, amigos, ex alumnos, actores, actrices, anónimos.
La tristeza enorme que corta la frase, la voz que se va apagando hasta terminar en un susurro quedo, los ojos enrojecidos, el abrazo que no se quiere soltar. Entre una pausa y otra se pueden escuchar los sollozos de quienes han venido a darte el último adiós, a su pesar. “No vengo a despedirme de él”, dijo el actor Alfredo Castro, al borde del llanto. “No quiero despedirme de él. Vengo a recibirlo y ojalá que las nuevas generaciones reciban su legado ético de un hombre profundo, un hombre honesto.”
Se nos fue Héctor Noguera, conocido por el país entero como el Tito. A los 88 años, derrotado por un cáncer, diagnosticado hace cuatro meses. El sentimiento de orfandad está en el aire. Tiempo antes, habías hablado en una entrevista sobre la vejez, cómo eran los últimos años, el ocaso, el otoño del patriarca. En tu estilo, lúcido, aseguraste que “para ser viejo hay que ser valiente, no se puede ser cobarde. Es más difícil caminar, es más difícil trabajar, es más difícil dormir, es más difícil despertar. Todo es más difícil.”
Fuiste nuestro espejo. Nos mostraste lo mejor y lo peor de lo nuestro. Hiciste una infinidad de papeles, cargando sobre tus hombros las miserias y las grandezas humanas. Humilde, alejado de la hoguera de las vanidades. Este año, según la encuesta Cadem, fue distinguido como el mejor actor en la historia de Chile. “Yo pensé que era una broma”, dijo. “No sé si seré el mejor actor, pero soy el más apreciado por el público. El más querido y eso es lo más importante de todo.”
Apuraste la vida, trabajaste sin tregua. Incansable. Durante tu carrera de siete décadas, el registro oficial da cuenta de que participaste en más de 160 obras de teatro. Estuviste en al menos 22 películas y 30 teleseries. Con una energía desbordante hasta el final. Integraste varias compañías de teatro, entre ellas el emblemático Teatro Ictus. A fines de la década de los 90 fundaste y dirigiste lo tuyo: el Teatro Camino, en Peñalolén, donde realizaste más de 120 estrenos que recorrieron América y Europa. La persona se fundía con el personaje y ya no se sabía quién era quién: Federico Valdivieso, candidato a alcalde de Sucupira, el cura del Chacal de Nahueltoro; el entrañable rey Melquíades en Romané; el otro rey, el Lear; el pater familia de Machos, Segismundo en La vida es sueño; Vincent Van Gogh en Teo y Vicente, “segados” por el sol, y tantos más.
El cineasta Pablo Perelman dirigió a Noguera en su película Archipiélago. Asegura que era “el ejemplo perfecto del actor natural, alguien que no tiene ego, cero, que te está pidiendo todo el tiempo que instales el personaje en aquel vacío (…) Aceptaba desde cameos hasta protagónicos. Primero decía que sí y después preguntaba qué tenía que hacer. Y si había que tirarse a un río o arrastrarse por el barro entre las zarzas… mejor. La actitud, recuerda, fue siempre la misma: disposición total para el cine chileno. “Su entrega física era total, desde ahí armaba su personaje.”
De una curiosidad insaciable, le interesaba Chile y el mundo, la gente. Creía en el compromiso, detestaba el autoritarismo. Tenía nuestra dictadura fresca en el alma y la memoria. “Veo con horror cuando escucho conversaciones de las personas que anhelan el autoritarismo”, dijo en una entrevista. “No existe el estado de derecho y al no existir, cualquier ciudadano está sujeto a cualquier cosa. Esto es lo que cuesta ahora que se entienda y por eso es que todavía se sigue pensando y añorando el autoritarismo. No hay una comprensión de lo que es la dictadura. (…) Yo la viví y cuesta mucho explicarla.”
Su hija Amparo lo dijo tan bien: ““Tu felicidad era el pensamiento y la reflexión; lo que te hacía crecer era la maravillosa falta de certezas". Pero Tito Noguera sí tenía una cosa cierta. “Estoy seguro de que hay algo después”, dijo en una ocasión. “Sería de muy mal gusto terminar así… por algún lado se sigue, uno se mete de nuevo para existir en otro ámbito”.
