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Hobbes, Kast y el estado de naturaleza. Por Pablo Aguayo Westwood

Una de las estrategias más conocidas de la filosofía política moderna consiste en describir una situación social como intolerable para, a partir de ese diagnóstico, justificar la necesidad de un determinado orden político. Thomas Hobbes es, sin duda, el caso paradigmático. Su célebre descripción del estado de naturaleza no solo ofrece una imagen antropológica pesimista, sino el punto de apoyo de una operación normativa de gran alcance: convencer al lector de que prácticamente cualquier forma de autoridad es preferible al caos originario.

En Leviatán y De Cive Hobbes describe el estado de naturaleza como una condición caracterizada por la inseguridad permanente, la desconfianza recíproca y la guerra de todos contra todos. Allí no hay industria, porque su fruto es incierto; no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni comercio; no hay conocimiento del tiempo, ni artes, ni letras; y, en consecuencia, como reza una de las citas más conocidas: “la vida del hombre es solitaria, pobre, brutal y breve”. Esta descripción no es accidental ni retórica, sino que cumple una función estructural en su teoría política. El estado de naturaleza es presentado como un escenario tan degradado que cualquier salida aparece como racionalmente obligatoria.

El paso decisivo en Hobbes consiste en un salto que suele pasar inadvertido: desde una descripción de cómo serían las cosas sin un poder común, se pasa a una afirmación normativa sobre lo que debe hacerse para evitar ese escenario.

Dado que en el estado de naturaleza cada individuo tiene derecho a todo y que esa igualdad radical conduce a la inseguridad absoluta, la razón entendida como cálculo instrumental indica que resulta necesario renunciar a la libertad natural y transferir los derechos a un soberano. El miedo a la muerte violenta y el deseo de una vida más cómoda operan como motores pasionales de esta decisión. Así, la descripción de una realidad insoportable se convierte en el fundamento de una obligación política.

Lo relevante es que esta estrategia no depende del tipo de régimen que se instaure posteriormente. En Hobbes la sociedad civil puede adoptar la forma de una monarquía absoluta sin división de poderes y aun así ser preferible al estado de naturaleza. La legitimidad del soberano no proviene de límites internos al poder, sino de su capacidad efectiva para garantizar la seguridad. El orden, incluso autoritario, es racionalmente exigible si la alternativa es el colapso social.

Esta lógica resulta sorprendentemente familiar en el contexto chileno reciente. Una parte importante del discurso de la derecha, y en particular del proyecto político encarnado por José Antonio Kast, ha recurrido sistemáticamente a una descripción extrema de la realidad nacional. Durante los últimos años, una frase se repitió con insistencia en el debate público: “Chile se cae a pedazos”. La expresión no apunta a un problema específico ni a un diagnóstico técnico delimitado, sino a la construcción de un clima generalizado de descomposición: inseguridad, violencia, pérdida de control y ausencia de autoridad.

La analogía con Hobbes es difícil de ignorar. Así como el estado de naturaleza es descrito como un espacio sin reglas comunes ni garantías mínimas, el Chile retratado por este discurso aparece como un país al borde del colapso, donde la vida cotidiana estaría dominada por el temor y la arbitrariedad. Una vez aceptada esa descripción, la conclusión normativa se presenta como evidente: es necesario reforzar la autoridad, concentrar el poder, limitar derechos y subordinar otras consideraciones, como la deliberación democrática o la división de poderes, a la restauración del orden.

Intelectuales como Carlos Peña han advertido esta operación retórica: no se trata solo de proponer determinadas políticas públicas, sino de instalar un marco interpretativo que vuelve razonables opciones que, en condiciones normales, resultarían inaceptables. La comparación explícita con Hobbes permite ver con mayor nitidez el mecanismo en juego. No es simplemente una exageración retórica, sino una estrategia clásica de legitimación política: describir la realidad como un estado de naturaleza para hacer aparecer la obediencia como una obligación racional.

El problema no es solo empírico, si Chile “realmente” se cae o no a pedazos, sino conceptual. Cuando la descripción del presente adopta la forma de un escenario hobbesiano, la discusión política se empobrece. Las alternativas se reducen a una disyuntiva falsa: o el caos absoluto, o un orden impuesto desde arriba. Todo matiz desaparece, y con él, la posibilidad de pensar soluciones que no pasen por la concentración del poder y la erosión de los contrapesos institucionales.

Hobbes escribió en el contexto traumático de la guerra civil inglesa, y su temor al desorden era comprensible. Trasladar sin mediaciones esa lógica al Chile contemporáneo no es un ejercicio teórico inocente, sino una decisión política. Recordarlo no implica negar los problemas reales del país, sino resistir la tentación de convertir su diagnóstico en una coartada para sacrificar, en nombre de la seguridad, aquello que hace valiosa a la vida en común.

Pablo Aguayo Westwood

Doctor en Ética y Democracia

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