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Huellas de nuevas formas de fin del mundo. Por Nicol A. Barria-Asenjo

Comencemos analizando un fragmento escrito por el estadounidense Noam Chomsky (1990) cito en extenso al intelectual: “La historia no está primorosamente empaquetada en períodos distintos, pero, imponiéndole tal estructura, en ocasiones podemos lograr claridad sin violentar demasiado los hechos. Uno de dichos períodos se inició con la segunda guerra mundial, una nueva fase en los asuntos mundiales en la cual «los Estados Unidos fueron el poder hegemónico en un sistema de orden mundial» (cita de Samuel Huntington, catedrático de ciencia política de Harvard y consejero de política exterior). Esta fase estaba llegando visiblemente a su fin en los años setenta, cuando el mundo capitalista avanzaba hacia una estructura tripolar con un poder económico centrado en los Estados Unidos, el Japón y la Comunidad Europea basada en Alemania. Por lo que respecta a la Unión Soviética, el rearme militar —iniciado después de que la debilidad soviética quedara sorprendentemente de manifiesto durante la crisis cubana de los misiles—, comenzaba a estabilizarse. La capacidad de influencia y coacción de Moscú, siempre muy inferior a la del poder hegemónico, continuaba declinando desde su apogeo a finales de los años cincuenta. Además, las presiones internas crecían a medida que la economía se estancaba, incapaz de entrar en una nueva fase de modernización «postindustrial» y a medida que sectores más amplios de la población demostraban no estar dispuestos a someterse a las presiones totalitarias. Claramente, Europa y el Japón constituían una mayor amenaza potencial para el dominio de los Estados Unidos que la marchita Unión Soviética. Estos hechos estaban razonablemente claros a finales de los años setenta, pero se precisaba un enfoque distinto como base lógica de las políticas que entonces se estaban poniendo en marcha con el fin de mantener el dominio global de los Estados Unidos y para proporcionar una necesaria ayuda económica a la industria de la alta tecnología: la imagen de una temible Unión Soviética avanzando con creciente fuerza y planteando un imponente desafío a la civilización occidental. Estas fantasías carecían de credibilidad en aquella época y se hicieron absolutamente insostenibles a lo largo de la década siguiente. Entretanto, las observaciones del párrafo anterior se han convertido en virtuales tópicos” (p. 9-10)

Si para Chomsky en los años 70 los debates en el terreno de la política estaban claros para mi ocurría eso y al mismo tiempo también todo lo contrario. Mientras algunas cuestiones se esclarecían, otras se tornaban completamente obscuras. Efectivamente, los giros ideológicos comenzaban a construirte en ese periodo de la historia o en realidad, para ser un poco más precisos: emergían nuevas formas ideológicas. Por ese entonces, reaparecían espectros de política, mixturas con elementos del pasado y los elementos nuevos que eran necesario transformar o en su opuesto crear mutaciones politizadas en miras a lo porvenir y que fueran solidas para así sostener el procesos de perpetuación de la hegemonía.

No es posible pensar el periodo previo a la década de los 70 como un momento pre-ideológico. En la practica, no hay momento en la historia de la humanidad en el cual la ideología no haya estado presente. La crisis civil, los momentos de agitación, las diversas formas de organización social y las luchas contra lo dominante han acompañado al devenir humano en cada rincón del mundo. Lo innegable es que el neoliberalismo y la acumulación del capital trajo nuevas formas de sostener el orden establecido, configuró nuevas estrategias y herramientas para continuar con la segregación, la violencia y la dominación, pensar que estas cuestiones no existían antes de la llegada del capitalismo es otra ilusión y mirada romántica-nostálgica hacia un pasado que no existió.

Por ejemplo, para poder pensar algunas de las características del giro político y el estado actual de los escenarios que tendremos que confrontar usaré el caso chileno en relación con sus vinculo con una potencia mundial como lo es Estados Unidos. Este vinculo tiene importancia porque de forma subterránea pretendía promoverse como una de las formas no ideológicas y como aquellas estrategias no politizadas, en el fondo, el vinculo surgió por razones políticas y se sostuvo en ese intersticio de la batalla hegemónica. El intento desesperado de dominación y la búsqueda de formas de mantener la hegemonía era lo que EE.UU hacia -y aun permanece- en el Estado de Chile. Así es, muchas cosas comenzaron en y por Chile, un país que parece ser insignificante, minúsculo, perdido en el Cono Sur, naturalmente emergen preguntas, ¿Por qué un país como Chile podría ser el centro de los intereses de una de las potencias mundiales?

Vamos a comenzar a buscar alguna respuesta parcial, Salvador Allende en el año 1969 declaraba que; “En Chile, hay que unir a la izquierda, cueste lo que cueste, necesitamos aglutinar a los viejos y nuevos combatientes. Creo que, como nunca la levadura social está sacudiendo nuestra patria. No podemos seguir insustancial y bizantino”.

En un salto histórico en retrospectiva y luego retornando al pasado más reciente podemos afirmar que es precisamente es la “levadura social” que dilucidó Allende en el 69, lo que generó una ruptura en el devenir histórico del Chile del 2019 y posteriormente fue esa misma levadura social la que acorraló a la política chilena durante el 2020 para que bajara de la cúspide elitista en la que se mantenía y se transformará -o lo intentará- en una política del pueblo; atenta a las demandas del pueblo, cuestión que se produjo, entre otros momentos, con la votación masiva a favor de la construcción de una nueva carta magna.

Se vuelve pertinente la cuestión de la masas, mientras algunos miran al siglo XXI como una época de individualización, con una competencia voraz en el cual se sacrifica cada ser humano que sea necesario tras la búsqueda de progreso, también es posible pensar a nuestro siglo como un periodo de movilizaciones masivas que pese a sus diferencias, se unen buscando cambios profundos y urgentes. Biden en EE.UU resultó electo en una votación histórica, votación incentivada en buena medida por la necesidad de enterrar la figura de Trump; en el Brexit encontramos un fenómeno masivo similar; en Chile las votaciones a favor de Gabriel Boric responden al mismo fenómeno, una elección popular masiva que rompe récords en la historia del país; Las protestas de Black Lives Matter; Las protestas en Francia, y así podríamos seguir extensamente nombrando una serie de eventos masivos que dan cuenta de que la historia y la política están en momento de crisis porque los velos ideológicos parecen ir moviendo y despejando nuevas formas de ver el mundo.

Retomemos, Patricia Verdugo (2008) en su libro “Allende: Cómo la Casa Blanca provocó su muerte”, señala que: “en enero del 70, emergió el candidato Salvador Allende, por cuarta vez. El Chile de esta campaña ya no era el mismo del 64. Las organizaciones populares y los sindicatos se habían multiplicado por ciudades y campos. El tejido social se fue extendiendo, punto por punto, hasta conformar un “poder popular” que exigía cambios reales y más profundos (…). En esta cuadro, imagínese la preocupación de Estados Unidos por el futuro de Chile. Se le estaba yendo de las manos, por vía democrática, en su zona de hegemonía política. ¡Y además este pequeño país del sur del mundo pretendía liderar un cambio ejemplar en América Latina!” (p. 37).

Más adelante, en el mismo libro encontramos la siguiente información: “Cuatro de septiembre de 1970. El día en que los chilenos fuimos a votar, nunca imaginamos que -pese a lo duro de la campaña electoral- que estábamos en la mira de un hombre que, en sí mismo, representaba todo el poder de los Estados Unidos: Henry Kissinger. Uno de sus colegas en el Consejo de Seguridad Nacional, Roger Morris, comentó: “No creo que nadie en el gobierno comprendiese cuán ideológico era Kissinger en la cuestión de Chile. Nadie supo ver que Henry consideraba a Allende como una amenaza mucho más peligrosa que Castro. Si Latinoamérica tomaba conciencia alguna vez, no sería por el Fidel Castro. Allende era el vivo ejemplo de la reforma social y democrática en América del Sur. Ocurrían en ese momento hechos desastrosos en el mundo, pero sólo Chile asustaba a Henry”[1]. (p. 51)

Al inicio de este comentario, tomamos las palabras de Chomsky quién se refería a la historia como algo que es posible empaquetar, lo cual podría leerse como una diferenciación posible desde la mirada externa, es decir, una mirada que solo el paso de la historia puede producir y permitir. Ahora, podemos empaquetar todos los eventos que tuvieron lugar en la historia de la humanidad después de la década del 50, y desde allí ir pensando cada fragmento de forma independiente con sus climax y periodos de receso de violencias. Es precisamente este último concepto lo que permanece, la suerte de envase desde el cual la historia podría ser empaquetada es sin duda desde la inclusión del significante violencia en cualquier intento de diferenciación o análisis, ¿Cómo pensar la maquinaria ideológica en nuestros tiempos? ¿Es posible observar el caso chileno como una suerte de matriz ideológica que sirvió como núcleo y laboratorio experimental de las demás formas de ideología que permanecen incluso en nuestra época?

Para Hannah Arendt (1993) “La tarea y potencial grandeza de los mortales radica en su habilidad en .producir cosas -trabajo, actos y palabras- merezcan ser, y al menos en cierto grado lo sean, imperecederas con el fin de que, a través de dichas cosas, los mortales encuentren su lugar en un cosmos donde todo es inmortal a excepción de ellos mismos. Por su capacidad en realizar actos inmortales, por su habilidad en dejar huellas imborrables, los hombres, a pesar de su mortalidad individual, alcanzan su propia inmortalidad y demuestran ser de naturaleza «divina»” (p.31)

Es esa suerte de síntoma que desencadena una búsqueda de crear huellas imborrables, lo que nos llega a encontrar huellas de las nuevas formas de fin del mundo que el hombre y su historia van construyendo desde temprana data. Si en la década del 70 era posible pensar al mundo como una suerte de triada en constante disputa por el poder, dominio y potencia constructora -o destructora- de la humanidad, en nuestro siglo XXI, en pleno 2022, es necesario incorporar otros elementos a ese encuentro; la política, la acumulación del capital, la tecnología, la naturaleza, la guerra, las armas nucleares y un sin fin de etcéteras que confluyen de forma paralela a la hora de tomar decisiones.

Para concluir, hemos de mirar las violencias del siglo XX, como periodos de violencia que lograron ser núcleo de definiciones y significancias conceptuales. Los debates actuales giran en torno a los márgenes, brutalidad y alcances que en ese periodo histórico se construyeron. El reto del siglo XXI sería dual, asumir la consecuencias humanas, económicas, sociales, culturales y políticas que el siglo XX dejó; las huellas del pasado innegablemente prevalecen, sin embargo, vivir inmersos en la herida del siglo XX imposibilita que la herida histórica pueda ser re-pensada y por tanto no es posible que se logre alguna modificación en la dirección que en ese entonces fue construido para la especie. Continuar con la maquinaria conceptual que en ese momento de la humanidad se articuló es vivir y mantenernos en medio del fango.

  REFERENCIAS.

Verdugo, P (2008) Allende. Cómo la Casa Blanca provocó su muerte. Chile: Catalonia.

 

Traverso, E (2020) E Memoria y conflicto. Les violencias del siglo XX. Disponible en: https://www.cccb.org/rcs_gene/traverso.pdf

 

Seymour M. Hersh (1983) The price of Power: Kissinger in the Nixon White House (New York: Summit)

 

Arendt, Hanna (1993) La condición humana. Buenos Aires; Paidós.


[1] Seymour M. Hersh (1983) The price of Power: Kissinger in the Nixon White House (New York: Summit)

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