Durante mucho tiempo, la brecha digital se entendió como un problema de acceso. Quien tenía conexión a internet y un dispositivo tecnológico y/o celular parecía estar en mejores condiciones para participar de la sociedad del conocimiento. Sin embargo, esta interpretación resulta hoy insuficiente. En un escenario marcado por la inteligencia artificial, la sobreabundancia de información, la sociedad líquida que nos caracteriza y la creciente automatización de las decisiones, emerge una forma más compleja de exclusión: la de quienes, aun teniendo acceso a la tecnología, carecen de las herramientas críticas, educativas y sociales para comprenderla, analizarla, cuestionarla y utilizarla de manera autónoma. A este fenómeno le denominaremos huérfanos digitales.
No se trata de personas desconectadas, sino de ciudadanos conectados, pero sin referentes educativos y pedagógicos que los acompañen en la construcción de una ciudadanía digital crítica. Son usuarios que consumen información sin contar con las competencias necesarias para distinguir entre evidencia y opinión, identificar la desinformación, reconocer los sesgos de los algoritmos o comprender cómo se utilizan sus datos personales. En otras palabras, son personas que habitan el entorno digital sin una verdadera alfabetización crítica.
El personaje de Condorito ha representado durante décadas, desde el humor, al ciudadano común enfrentado a situaciones que muchas veces lo sobrepasan. Si trasladáramos hoy al personaje al ecosistema digital, probablemente no lo encontraríamos desconectado: tendría teléfono celular, redes sociales, aplicaciones y acceso inmediato a inteligencia artificial. El problema sería otro. ¿Sabría por qué un algoritmo le muestra unas noticias y le oculta otras?, ¿podría reconocer una información manipulada?, ¿sabría qué ocurre con los datos que entrega diariamente? Quizás el nuevo “¡Plop!” sea precisamente ese: descubrir que estar conectado no significa necesariamente comprender el mundo digital que habitamos.
En Chile, esta realidad adquiere especial relevancia. Durante la pandemia, el país avanzó significativamente en materia de digitalización educativa. Miles de estudiantes continuaron sus aprendizajes a través de plataformas virtuales y numerosas instituciones fortalecieron su infraestructura tecnológica. Sin embargo, la experiencia también evidenció que disponer de conexión a internet no garantiza por sí misma aprendizajes significativos. La desigualdad no desapareció; simplemente cambió de rostro.
Diversos estudios internacionales han advertido que las competencias digitales constituyen hoy un componente esencial de la ciudadanía democrática. La UNESCO (2023) ha insistido en que la alfabetización digital debe incorporar dimensiones críticas, éticas y sociales, mientras que la Comisión Europea, mediante el marco DigComp 2.2, expresa que la competencia digital incluye evaluar información, comprender el funcionamiento de las tecnologías emergentes y actuar de manera responsable en los entornos digitales. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) también ha señalado que los sistemas educativos enfrentan el desafío de preparar ciudadanos capaces de desenvolverse críticamente en sociedades cada vez más altamente digitalizadas.
No obstante, el problema trasciende el ámbito escolar. Los huérfanos digitales pueden encontrarse en todas las edades: jóvenes que utilizan aplicaciones durante horas sin comprender cómo funcionan los algoritmos que determinan los contenidos que consumen; adultos que reciben cadenas de desinformación mediante redes sociales; personas mayores que quedan excluidas de servicios públicos cada vez más digitalizados; docentes que incorporan inteligencia artificial sin una reflexión pedagógica suficiente acerca de sus implicaciones e ideologías. Todos ellos comparten una característica: interactúan con tecnologías complejas sin disponer de un acompañamiento educativo permanente.
Este escenario obliga a replantear el sentido de la educación. Durante décadas, el objetivo principal consistió en enseñar contenidos. Hoy resulta igualmente importante enseñar a interpretar críticamente la información que cada día recibimos, gestionar la incertidumbre y comprender los procesos tecnológicos que configuran nuestra vida cotidiana. La alfabetización ya no puede limitarse a leer y escribir textos; debe extenderse a la lectura crítica de los ecosistemas digitales que habitamos. En este sentido, Chile dispone de una oportunidad para abordar este desafío desde una perspectiva de aprendizaje a lo largo de la vida. La educación no termina con la escolaridad obligatoria, ya que las transformaciones tecnológicas exigen procesos continuos de formación para niños, jóvenes, adultos y adultos mayores, es decir, la alfabetización tiene que ser transversal a todas las etapas de la vida.
Referencias utilizadas
UNESCO (2023). Global Education Monitoring Report 2023: Technology in Education.
Organisation for Economic Co-operation and Development (2021). 21st-Century Readers y Digital Education Outlook.
Comisión Europea. DigComp 2.2: The Digital Competence Framework for Citizens (2022).
Freire, P. (2018). Pedagogy of the oppressed (50th anniversary ed.). Bloomsbury Academic. (Obra original publicada en 1970).
hooks, b. (1994). Teaching to transgress: Education as the practice of freedom. Routledge.
Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power. PublicAffairs.
Haidt, J. (2024). The anxious generation: How the great rewiring of childhood is causing an epidemic of mental illness. Penguin Press.
Jessica Cabezas Alarcón | Dra. Educación y Sociedad | Prof. de la
Facultad de Educación | Universidad de Barcelona.
