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Huir de la literatura (hacia la agricultura). Sobre Libreta del bolsillo, el último libro de Marcelo Mellado. Por Pablo Aravena Núñez

El riesgo de los países de América Latina es que si no logran asociarse a la revolución contemporánea –la globalización, los mercados, la competitividad– es que van a perder interés incluso como objeto de explotación
José Joaquín Brunner

¿Por qué Chile insiste en existir?
Marcelo Mellado

A diferencia de los anteriores libros de Marcelo Mellado (por ejemplo, La batalla de Placilla, El niño alcalde o Teatro de muñecos) este no guarda la forma de en un relato convencional, sino que, si es un relato, lo es sólo de modo experimental: con saltos, tachaduras, cortes abruptos y digresiones varias. Una suerte de registro de la tramoya, o la carpintería de andamiaje de otros libros y columnas suyas, esqueletos de talleres y clases, junto con listas de compras y maldiciones trasversales a grandes personeros como a pequeños políticos de parroquia. Pero es un libro y no una libreta de bolsillo como se presenta. Un libro que quiere generar la ficción de ser una, o de ser la transcripción -casi facsimilar- de una o varias libretas de apuntes que habrían sido confeccionadas entre los años 2010 y 2015. “Años interesantes”, época del movimiento estudiantil, en que el grupo juvenil hoy gobernante producía en los espectadores -sobre todo en una vieja izquierda irredenta- algo así como esperanza, y el Marcuse chileno -historiador barbado, que Mellado llama acá “Quelentaro”- azuzaba masas y daba las directrices del movimiento social, respetando siempre las dinámicas subterráneas e invisibles del sujeto popular, profundidad y misterio sólo por él conocidas.

Tal como lo establece Mellado en su nota introductoria, son dos los móviles de su escritura: escapar de la literatura y la opción por lo local-comunitario, móviles que no son independientes. Con escapar de la literatura Mellado quiere decir salir de los lindes y formas institucionales, sacar la escritura de una suerte de impostura con que se da legitimidad y prestigio, para, en cambio, ligarla al trabajo manual y cotidiano, “un trabajo en que uno se ensucia las manos, muy cercano a cortar leña”, más lúdico y poco serio, sostiene (p. 11).

A mi me parece que este enunciado es clave para entender el vínculo de su huida literaria con la política local, pues ¿qué otra cosa es esta, de facto, sino lodo y cuchillas? Hegel decía en sus Lecciones que la historia, para quien la vive en lo inmediato, no es sino un desquiciado juego de pasiones, su sentido sólo se nos revelaría al estudiarla en su encadenamiento universal. Pero, ya no disponible para nosotros aquel campo de sentido, ahora “la historia ya no se entiende, apenas de soporta” (White). Y Marcelo Mellado parece soportar la historia justamente allí en donde la filosofía de la historia la concibió como menos soportable: en su inmediatez local e individual, porque esto es -en efecto- hoy más soportable que el sentido suspendido, pues, en rigor, ese es un lugar inhabitable. En cambio, las notas de Mellado revelan sentidos y proyectos, deseos y pequeñas luchas, se deduce de ellas una pequeña épica y hasta felicidad.

Esta Libreta de bolsillo revela, no pocas veces, apurados perfiles psicológicos de algún adversario político local, pasos tácticos para hacer una jugada o bien organizar un proyecto cultural autónomo, para arrojárselo en la cara a los administradores de fondos concursables o a los repartidores de recursos municipales. Es de este tipo de personajes, y de los carroñeros que los suelen rodear, que tratan justamente sus dos últimos libros: El niño alcalde (2019) y Teatro de muñecos (2022). Libros que, si no fuera por las dosis de humor corrosivo que portan, calzarían en lo que cinematográficamente se conoce como realismo sucio latinoamericano: corrupción, marginalidad, injusticia, vicios, placeres vulgares, batucadas, falta de pudor, lucha a muerte por un botín miserable, en fin, banalidad, mucha banalidad.

El asunto es que a nivel local todavía se puede denunciar, incluso conjurarse con otros para impedir una reelección de alcalde entregado al retail o tumbar al director mañoso de un centro cultural. Pero cuando ese mismo panorama (realista y sucio) es el que vemos en torno al Estado, al país entero, la cosa se torna impenetrable, lo que sumado a su espectáculo induce a niveles de impotencia y toxicidad no metabolizables. La siguiente anotación de Mellado podría haber sido escrita por primera vez hoy: “El tipo narcisista debe ser erradicado del movimiento social” (p. 50), “La estrategia académica es reducir el movimiento estudiantil, igual que los políticos, para destruirlo, como lo hicieron los clubes de fútbol con Maynenicolls-Bielsa, había que reducirlo todo a simple ganancia. El resultado está a la vista” (p. 42). “La academia progresista quiere power”. (p. 39)

Vuelta sobre la pregunta de Mellado: “¿Por qué Chile insiste en existir?” (p. 18). Quizá haya en todo esto una utopía oculta, antinacional y provincianista, o más intimista aún, un poco a lo Voltaire cuando al final de Cándido (no por nada subtitulado “o el optimismo”), aconsejaba “cultivar nuestro jardín”. (Se sabe que Mellado tiene dedos verdes heredados de su madre).

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