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Imágenes paganas de ayer y hoy. Por Gonzalo Rojas Canouet

Se ha dicho que la literatura es un modo de ajustar la escritura con la temperatura de los tiempos. No verbaliza ningún devenir ni menos un presente. Incluso se le critica que se atrasa al pulso temporal: se desvanece en el presente y la palabra queda muda tratando de asir lo que pasa por sus narices. La acción literaria no se baña dos veces en el mismo río. Solo le queda la documentación de su relato para relampaguear ese pasado en un presente que merodea lo testimonial. Más allá de esa conjetura, lo importante es intentar decir lo siguiente: la literatura, si de algo sirve un escritor en la tarea de llenar la hoja en blanco, es la de deslizar imágenes que se están filtrando en el flujo del presente histórico. Quiero decir, entonces, que un artista entrega gestos de lo que está por venir. Duchamp habló de posmodernidad antes que las ciencias sociales y, así, Baudelaire hace lo mismo con la fricción entre poesía y Capitalismo. No verbaliza pero crea vaivenes de ideas por venir. Su campo de batalla está fuera de los avatares epistemológicos, de la burocracia conceptual de la academia y de la ansiedad de las poéticas.

Nuestro tiempo nacional y mundial es de la incerteza. Es un bello e irritante momento para escribir. En Chile, desde el estallido social, se han ido moviendo las placas tectónicas del lenguaje, en donde estamos presenciando el desvanecimiento de un mundo viejo y el advenimiento de uno nuevo. El lenguaje nuevamente intentará vocalizar lo venidero. La literatura seguirá haciendo gárgaras a lo que está por venir, ya que no será un lenguaje vertical sino colectivo. En esa pasada, estaremos viendo el cobro a un sinnúmero de entidades que siempre se han hecho cargo de la hegemonía de la palabra: escuelas, universidades, medios de comunicación, entre otras más. Por lo tanto, en ese repaso frente a un poder dominante por más de doscientos años, es que la literatura nos irá mostrando –si no lo está haciendo ya- un nuevo modo de construir lenguaje, más aun, en un presente acelerado por lo digital.

En este momento renovador, contamos con un sumun ciudadano ausente de ejercicio político o, dicho de otro modo, la política como un gesto evaluador de sí misma desde la raya de un voto. Eso ha sido nuestra educación política. Ahí está la elite plasmando su ideario en nosotros durante dos siglos. Lo que ha chocado con esa placa tectónica es otra, lo político. Diversas han sido las señales que escuchamos a diario de cómo han existido organizaciones y grupos que han resistido y han dado clases magistrales de su accionar político en muchos años. Eso lo seguiremos viendo y viviendo.

En una novela de Alejandro Zambra, una de las más contundentes, Formas de volver a casa, la política funciona como engranaje de relaciones entre los padres con sus hijos. Es la del ser apolítico. Es una imagen de nuestra ciudadanía, específicamente, la de nuestra mal llamada clase media. Zambra, ya lo han dicho en varias ocasiones, elabora los lazos de cómo funciona dicha clase. Digamos que es hasta una estética. Desde sus vehículos afectivos hasta los modos de convivir en el espacio llamada villa, que no es pobla, sino un algo mejor, una pizca arriba de los paisajes de canchas de tierra. Los modos de habla y de gestualidad entre vecinos que deambulan en pasajes y las pequeñas plazas de barrio, los cuales, en su mayoría fueron construidos en dictadura, con un diseño que no se aleja a esa mentalidad.

Esos valores, si lo podemos decir de esa manera, son testimoniados por Zambra en esa novela y en otras más. Son personajes de escucha cotidiana en nuestra oreja cuando la afinamos en un viaje en metro. Son voces que tienen un cuerpo presente y que se están educando desde otras formas de relación social. Es esa clase media revelándose al contrato social impuesto de generación en generación. Podríamos decir que esas voces de la novela Formas de volver a casa son las que están presente hoy en día: se equivocarán y dirán sandeces, pero se están rearticulando. Esas voces son ideas del mundo del año 2011 que están en pleno acto de renovación. La literatura no verbaliza el presente, pero se adelanta testimoniando lo que podríamos ser como colectivos. Inclusive, si sumamos, la imagen de lo masculino cabría en esta perspectiva: la educación vertical de muchas generaciones produjo una linealidad sobre lo masculino. El macho competitivo. Zambra pone en desnivel dicha imagen, construyendo varios hombres alrededor de sus novelas distintos a lo competitivo, la del perdedor. Perder también es una decisión. Zambra ha creado un espejo epocal no desde lo descriptivo, sino más bien desde las membranas emocionales de la clase media. Son insumos testimoniales de un Chile que esta por desaparecer, quizás se diga con cierta esperanza, o al menos con más entusiasmo que ayer.

Gonzalo Rojas Canouet
Dr. en Filosofía, docente Univ. Academia de Humanismo Cristiano y autor de los poemarios “América todavía no nace” y “Cigoto”

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