Agosto de 2012
¿Reabilitar o demoler?
Arquitectos: ¡no rompan nada!

La demolición y reconstrucción de viviendas parece a menudo constituir el único horizonte de posibilidades de las políticas urbanas. Sin embargo, arrasar con los edificios de departamentos sin prever considerar su renovación plantea problemas a la vez sociales y medioambientales. Esta elección ignora un dato fundamental: poner la creatividad al servicio de lo antiguo es ecológicamente rentable y da resultados convincentes.

La destrucción de un edificio es cuestionable en dos aspectos. Por un lado, los habitantes se sienten ligados a la identidad de su barrio y prefieren los cambios progresivos a las transformaciones radicales. Por otro lado, la demolición implica la desaparición de un capital de “energía gris” casi comparable a la reserva de CO2 que se pierde en el incendio de un bosque. Este concepto designa la suma de toda la energía invertida en un edificio, desde su construcción (extracción y entrega de los materiales, utilización de una grúa, desplazamiento de los obreros) hasta su destrucción (dinamitado, transporte, enterramiento o reciclado de los escombros)...

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