El extraño encanto del color y sonido de las palabras recobradas. Por Paquita Rivera y Alex Ibarra

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Memorable tarde-noche en los hermosos jardines del Hotel Las Acacias de Vitacura, cobijados a las faldas de los cerros, pudimos entregarnos a pensar y expresar con las letras, la música y la pintura, junto a Isabel Hernández, Doris Klubitscho, Teresa Montero, Tania Ulloa, Rodrigo Cáceres, Eduardo Peralta y Cecilia Espinoza. Trataremos de resumir algo de esta experiencia.

No es difícil imaginar una velada en torno a pluma, pincel y pentagrama; más aún si el escenario para este encuentro es una pincelada de bosque en plena urbe capitalina. Cuando un entorno casi campestre es rescatado a como dé lugar por la persistencia de quienes comprenden el valor de éste en tiempos de la inmediatez, del estrés y del “ahora ya”; nos encontramos ante un tesoro que no podemos dejar de valorar y cuidar. Y es en el encuentro con esta naturaleza plácida y enraizada, que somos capaces de dejarnos envolver por la convergencia fluida y orgánica de las diferentes vías de expresión artística, como son la literatura, el arte visual y la música. Es posible que las aves que pueblan las copas de los añosos árboles tras el horno de barro, o los macizos florales entre los serpenteantes senderos que embellecen los jardines boscosos en plena Vitacura, casi al lado (soprendentemente) de la autopista Costanera Norte; si tuviesen la capacidad de comunicarse con nosotros, expresarían su encanto al congregarse en torno a la riqueza de la palabra escrita, declamada, cantada y coloreada; como si fuesen un coro junto a sus onomatopéyicos cantos y a la casi infinita paleta de colores que Doris, a través de la reivindicación del aparato tecnológico como aliado del arte (sus cuadros son fotografías captadas con un Iphone intervenidas plásticamente), plasma en telas y superficies de diversas texturas. Así, esta tarde para “recordar y no olvidar”, invita a la contemplación y al alivio de los sentidos, combinando a la perfección coro, voces, graznidos, silbidos, viento, hojas crujiendo, flores, acordes y palabras cargadas de emoción, de recuerdo, de memoria hecha vida.

La experiencia de la filosofía, a veces es contemplativa y se suele esperar respuestas desde ella. La verdad es que fracasa muchas veces en ese intento, así que si lo pretende cae en la tentación del Impostor o impostora (uno de los temas de la novela). No es sensato recurrir al filósofo cómo si este fuera un sabio, ya que aquello no es más que una pretensión. El filósofo genuino se coloca en riesgo en la pregunta. Las preguntas son las que generan apertura al pensamiento, las respuestas más bien vienen a ser la clausura de éste. Por eso, es que hay ocasiones en las que es conveniente no huir de la filosofía, no es sano caer en la tentación de abandonar las preguntas.

Quedamos justificados para recurrir a las preguntas relacionadas a las sugerencias que impone la nueva novela “El extraño encanto de las impostoras” de Isabel Hernández publicada por la editorial Colombiana “Desde Abajo”. ¿Es necesario recordar? Sin duda, la autora cree que sí, pero, no sólo eso, además es una convencida de que podemos recordar.

Sugerente desafío al interior de un cuerpo social compuesto por identidades fragmentadas, por aquello que está de moda llamar como posverdad. Nos hemos dejado convertir en nihilistas al ir perdiendo nuestra concepción sacralizada de la naturaleza, haciéndonos parte de secularización, apartándonos del mito, horrible sensación de metamorfosis kafkiana. La novela se hace parte del llamado ético propio del linaje de escritores que claman por un imperativo debemos recordar.

Al parecer florece la demanda acerca de la necesidad de dar testimonio que proviene de la memoria, asumiendo la valentía del testigo que recuerda que podemos y debemos recordar. Desde este punto de vista es que podemos decir que la escritura tiene esa posibilidad de convertirse en relato de la experiencia auxiliando nuestra pérdida de memoria, aunque se esconda en la fantasía y en la poesía, no se trata de trampas, es parte del anhelo humano de belleza. Problema clásico, éste de si la escritura es un beneficio o un atentado para la memoria. Sin embargo en sociedades que padecen el mal de Alzheimer, no decimos enfermedad, no nos referimos al padecer biológico sino a nuestro padecer histórico. Pensamos en la representación de la pérdida de memoria como una tragedia prolongada, o tal vez ¿programada? Estaríamos frente a lo que se puede llamar obsolescencia propia de nuestros tiempos de neuroliberalismo y de consumo de productos desechables. ¿O quizá sea el escape a la violencia traumática “en el tranvía del olvido más allá del café del Once camino a la chacarita” como cantaba María Elena Walsh.

Un poco más optimista debido a este encuentro lleno de reciprocidad surgida de esos vínculos que revelan al prójimo, no caemos en la lógica de “cambalache” (el mundo es y será una porquería), queda el refugio de la utopía, no estamos locos sólo deliramos. La lira representación de los surcos rígidos de la tierra, manteniendo siempre esa tensión recordándonos la posibilidad humana de desviarnos de los surcos, transitando “desde la reflexión al sonido que palpita”.

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Paquita Rivera.
Alex Ibarra Peña.
Colectivo Música y Filosofía:
“desde la reflexión al sonido que palpita”.





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