Juego de alianzas fatal en la Europa de entreguerras
Munich, 1938

En 1839, el marqués Astolphe de Custine, cuya familia había perecido bajo la guillotina, se trasladó a la Rusia autocrática en busca de consuelo. Pero regresó a París disgustado y convencido de que los rusos eran “chinos que se hacían pasar por europeos”. Un siglo después, tras un almuerzo en la elegante residencia del embajador de la Unión Soviética en Londres, Harold Nicolson, un renombrado escritor y diplomático británico, sintió que “había en todo ello algo terriblemente familiar... Estaban jugando a ser europeos. Se han convertido en orientales”.

En ese entonces, como ahora, las relaciones entre Occidente y Rusia estaban regidas por ideas preconcebidas y profundamente arraigadas que alimentaban la desconfianza mutua y llevaban a aislar a Rusia y excluirla de Europa. Hace ochenta años, estas percepciones, reforzadas por un legado de rivalidades imperiales, contribuyeron a la celebración de la calamitosa Conferencia de Munich que, el 30 de septiembre de 1938, sacrificó a Checoslovaquia en un intento por apaciguar a Adolf Hitler. Su daño colateral fue el Pacto de No Agresión germano-soviético, firmado por los ministros de Relaciones Exteriores Joachim von Ribbentrop y Vyacheslav Molotov, que sirvió de preludio al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Cuarenta años de historiografía revisionista han exonerado a los “culpables” que comandaban el Reino Unido, minimizado su tradicional rusofobia y parcialidad ideológica, al mismo tiempo que exageraban las “limitaciones objetivas” que sustentaban las políticas británica y francesa. Cabe destacar la falta de análisis de una alternativa viable a través de la colaboración con la Unión Soviética...

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