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Instituto Nacional, liceo plurigenérico. Por Mario Vega

El septiembre de 2016, la estudiante Marina Asencio, dirigió una carta dirigida a la presidenta Michelle Bachelet y al rector del Instituto Nacional donde solicitaba ser admitida en este[1]. Este provocativo gesto precursor, abrió gradualmente paso a la iniciativa que se materializó el pasado día jueves 11 de marzo, cuando la Municipalidad de Santiago, anunció que el más antiguo liceo público del país, iniciaría el presente año escolar recibiendo en sus aulas a niñas, transformándose así en mixto. Este hecho representa un cambio fundamental y un acto de reafirmación del pleno ejercicio del derecho a la educación en nuestra sociedad.

La iniciativa, que pone a tono con los tiempos al más que bicentenario Instituto, es también una muestra de vitalidad, levanta como demanda por parte de sus estudiantes quienes fueron capaces de sensibilizar a los otros estamentos de su comunidad, así como a su sostenedor, respecto de la necesidad de abolir el más antidemocrático filtro de acceso a un establecimiento financiado con recursos públicos.

Más todavía, nadie podría reprochar a este liceo que sus estudiantes ingresen hoy a través de un proceso de selección académica y que, por lo tanto, los resultados que estos puedan obtener en evaluaciones estandarizadas deriven solo de ese primer hecho. Por el contrario, tal como en cualquier otro establecimiento subvencionado, este se somete a los procedimientos establecidos por el Sistema de Admisión Escolar (SAE)[2] que privilegia la opción realizada por las familias.   

Sin lugar a dudas, la incorporación de las estudiantes, aportará a la atmósfera de pluralidad ya existente en sus aulas representada, por ejemplo, en la importante dispersión de origen socio-espacial de su alumnado, contribuyendo a la necesidad de configurar un ambiente de convivencia que asuma como uno de sus ejes las perspectivas y enfoques de género en los procesos de aprendizaje. Esta experiencia, podría resultar modélica y servir de base para procesos de transformación educativa en liceos que mantienen un carácter monogénerico en nuestro país.

Para nadie constituye una novedad, la existencia de un sector de la prensa tradicionalmente interesada en resaltar cada mínimo incidente que merme su prestigio y reconocimiento social, intentando deteriorar con ello la imagen de los proyectos formativos que componen la educación pública, soslayando de este modo, la valiosa labor de sus educadores, que se desempeñan muchas veces en complejos contextos sociales.

La condición de plurigenérica de sus estudiantes, en conjunto con otras necesarias intervenciones que apunten a potenciar su proyecto educativo, le permitirá al Instituto Nacional renovar su histórica tarea de ser una herramienta para la democratización de las élites profesionales y políticas de Chile desde ahora, también en la perspectiva de una mayor inserción de las mujeres en tales espacios.

Como se ha demostrado en distintas investigaciones, la riqueza del liceo chileno surge precisamente de la diversidad de proyectos existentes en ellos y que guardan relación estrecha con los contextos en los que se emplazan[3]. Su efectividad, entonces, deviene de la capacidad de ofrecer alternativas no uniformes, sino situadas. Dentro de esa diversidad, resulta también legítimo, aquel que aspira a combinar la excelencia y el liderazgo social, recreando el sentido de lo público al carecer de barreras o condicionamientos previos en su acceso.  

Un importante desafío de este emblemático establecimiento es canalizar las inquietudes de sus jóvenes, generando espacios para que la discusión y la construcción de propuestas, así como la manifestación pacífica sean el modo preferente que niños, niñas y adolescentes, en tanto sujetos de derechos, pueden participar en la sociedad de la que forman parte a través del diálogo, sustento de una nueva pedagogía que se oriente hacia el reconocimiento y a la escucha de sus principales protagonistas a través “del gusto por la pregunta, por la crítica, por el debate”[4] por las decisiones tomadas por mayoría así como el derecho a divergir. Sin duda, parte de aquello que se cultiva cotidianamente en sus aulas, pero que requiere ser reactualizado para otorgarle la centralidad que su convivencia requiere.     

Sus jóvenes, dignos hijos del tiempo histórico que les ha tocado vivir, demandan una educación más pertinente a sus inquietudes que no solo garanticen condiciones básicas para su desarrollo, sino también el activo abordaje de desafíos de carácter socioemocional y de inclusión desde la mirada de género, trascendiendo el exclusivo énfasis académico.

Se requiere, asimismo una intervención sobre las condiciones estructurales en las que se desarrollan los procesos de enseñanza en este tipo de liceos cuya infraestructura requiere inversión en equipamiento y en mantenimiento. Un activo rol de los equipos psicosociales que hagan realidad la idea de inclusión mediante la intervención de las problemáticas que afectan a los adolescentes, así como en desarrollo de estrategias para la mejora de los climas de aula, rompiendo de este modo la espiral de tensiones acumuladas que desencadenan complejos incidentes de violencia en tales espacios.     

Asumir esta perspectiva significa abordar la indispensable tarea de reinsertar al liceo en su directa dependencia estatal a través de los servicios locales de educación (SLE), poniendo término al proceso de municipalización, particularmente en el caso de uno de sus más significativos exponentes de la educación pública establecida en 1986.

Como ha señalado el rector Ennio Vivaldi: “El desmantelamiento de la educación pública fue una factor clave en la pérdida de cohesión social”[5] siendo su fortalecimiento y articulación en sus distintos niveles, una necesidad primordial. Ejemplo de ello se encuentra en el convenio de colaboración suscrito entre la Universidad de Chile y el Instituto Nacional, a través de su sostenedor municipal, en el mes de octubre del año pasado.[6]

Este significativo hecho representa un trascendente gesto que se debería profundizar. La educación requiere en Chile de estrategias y definiciones de largo plazo que le otorguen la condición de una política de Estado. La ciudadanía estará a la expectativa de la discusión que en la futura Convención Constituyente se genere al respecto. Mientras ello sucede, el viejo Instituto corre el cerco de lo posible en favor de la igualdad de género. 


[1] https://www.cooperativa.cl/noticias/pais/educacion/colegios/la-carta-de-la-nina-que-pidio-ingresar-al-instituto-nacional/2016-09-19/092123.html.

[2] https://www.sistemadeadmisionescolar.cl/que-es/.

[3] Bellei, C.; Contreras M.; Valenzuela, J.; Vanni, X. (Coords.) (2020). El liceo en tiempos turbulentos. Cómo ha cambiado la educación media chilena. Santiago, Chile, Lom Ediciones-Universidad de Chile.

[4] Freire, P. (2002), Cartas a quien pretende enseñar, Buenos Aires, p.111.

[5]Palabra Pública, N°19, 2020, Universidad de Chile, p.2. Disponible en: https://libros.uchile.cl/files/revistas/DIRCOM/PalabraPublica/19-nov-dic2020/index.html.

[6] https://www.uchile.cl/noticias/169124/u-de-chile-refuerza-lazos-con-el-instituto-nacional.

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