En kioscos: Diciembre 2025
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Izquierda. Decretos y subjetividad capturada. Por Mauro Salazar J. y Andrés Leiva

En el desamparo de diciembre se agolpan los espantos. Gobernar por decreto, caso de José Antonio Kast, será precisamente la cancelación de toda deliberación, de todo espacio donde la palabra pudiera ser disputada. El decreto no es lenguaje, sino el cierre radical del espacio político, la suspensión de aquello que Rancière llamaría el «reparto de lo sensible» (partage du sensible). Es la tiranía apológica llevada a su forma más pura: ya no necesita teatro, solo administración de la fuerza mediante la palabra que no se puede cuestionar porque ya es ley antes de haber sido habla. Gobernar por decreto implica una suspensión del «tiempo político» propio de la deliberación democrática, reemplazándolo por la urgencia administrativa que naturaliza las decisiones como necesidades técnicas. Este modo de gobierno despolitiza los conflictos al sustraerlos del espacio de disputa y visibilidad donde los sin-parte podrían reclamar su inclusión. El decreto (décret) opera como dispositivo policial que distribuye lugares y funciones, sin permitir la irrupción de lo heterogéneo. El vaciamiento de la igualdad como principio verificable en actos concretos de subjetivación.

Bajo este paisaje ruinoso, la izquierda chilena atraviesa, si «atravesar» no supone ya un tránsito consumado, algo que apenas se deja nombrar: crisis de aquello que distribuye lo sensible. Lo político mismo, ese reparto siempre necesario y violento, se encuentra ahora suspendido en la oscilación que viene después de toda «hegemonía» —social demócrata o progresista— pero sin ser otra cosa que un turbante neoliberal. En su desconcierto, quizás la única lucidez que resta hurgar, como quien busca a tientas en una oscuridad que no es ausencia de luz sino exceso de archivo: certezas que alguna vez habrían configurado una imaginación democrática. Habría que distinguir entre una política de lo molar (Deleuze), política de las grandes masas sedimentadas —el Estado, la clase, el partido— y otra cosa, otra política molecular: política de los flujos que no se dejan contar, de las intensidades que no admiten representación, de los devenires que no terminan de devenir porque terminar sería traicionarse.

Bajo la invocación del decreto, la izquierda fragmentada y el progresismo adaptativo, presumen que puede traducir la alteridad del otro a los términos que ella considera inteligibles. Presumen que el otro, si tan solo escuchara la voz correcta, leyera el texto correcto, comprendería la verdad que ya la institución de izquierda posee. Pero en ese gesto de presunción ocurre una clausura radical de la escucha. La singularidad del otro se vuelve transparente, predecible, clasificable. Porque el reparto de lo visible implica una dolorosa lucidez que no es sino política pura: una inteligencia de la división, una comprensión de cómo se ordena lo común. Pero cuando vuelve la obstinación por respuestas desde lo ya-sabido, cuando se retorna obsesivamente a las verdades consolidadas de la hegemonía y el imperialismo, retornan sin falta las agonías del «Consenso de Washington» o el activismo que obstruye el desenfado progresista.

Toda renuncia para repensar lo político en su dimensión plural-discordante deviene necesariamente en el campo normado de las «policías». Ya sabemos bien que el progresismo managerial atrofió la topografía del desacuerdo mediante la administración de imaginería técnica, traduciendo conflicto en gestión. Lo que se pierde es la iterabilidad necesaria para que la política pueda acontecer como aporía productiva, como espacio donde la decisión es imposible pero inevitable. Cuando la izquierda recurre a seminarios con intelectuales canonizados, a rondas de paneles sobre gobiernos históricos, a la relectura de textos memoriales, se ejecuta un gesto curatorial que aparenta ser apertura hacia el saber pero que es fundamentalmente circunvalación conservadora. No porque conserve el pasado —todo saber incluye pasado— sino porque preserva la configuración de quien habla, de quien nombra y decide. Procura retomar un lugar que fue suyo, como quien intenta volver a un hogar que ya no existe. Pero ese hogar nunca existió sino como efecto de una configuración particular de lo «visible-audible». Esa configuración se ha disuelto, y esta corriente, incapaz de pensar esta disolución, busca reconstruirla como si fuera un objeto que yace esperando ser encontrado.

Las izquierdas cometen el equívoco de pensar la derrota como identidad perdida reprogramada como «narcisismo mesiánico». Se preguntan: ¿quién ha traicionado nuestros principios? Como si la política fuera cuestión de fidelidad a una axiomática preestablecida. Aquí yace un malentendido fundamental respecto de la política. Su reducción a la administración de lo existente según programas preestablecidos —esa es la gestión, la gobernanza— la lleva a contractualizar el presente. La política es la capacidad de reconfigurar aquello que existe, de hacer aparecer en el espacio común lo que antes estaba oculto, de disputar constantemente el reparto de lo sensible. Cuando la izquierda acusa a los votantes, sea llamándolos «fachos pobres» o tildándolos como traidores, rechaza precisamente el desacuerdo que constituiría un acto político genuino. Rechaza la idea de que estos otros están también configurando una demanda sobre la distribución de lo sensible, que están diciendo algo que excede radicalmente la topografía normalizada de lo decible. En lugar de intentar reconstruir el espacio de la audibilidad misma, la izquierda prefiere simplemente descalificar la voz que la cuestiona. Aquí se produce una paradoja terrible: ella, que se supone defensora de los oprimidos, rechaza escuchar una voz que no se ajusta a sus categorías cosificadas. Esta clausura es una violencia originaria.

Lo que experimenta la izquierda es una crisis profunda en su capacidad de configuración política. La «subjetivización» requiere de una capacidad peculiar: la heteroidentidad. Esta capacidad implica la posibilidad de transformarse, de volver extraño aquello que era familiar, de decir algo que no estaba previsto en el orden de lo decible. La izquierda chilena, atrapada en la búsqueda obsesiva de sus orígenes, ha perdido esta inventiva revolucionaria. Se ha vuelto presa de una parálisis identitaria: incapaz de ser otra, de convertirse en aquello que aún no es, de habitar sin temor el espacio del impensado. La performatividad política que ella requiere debe constituirse en la brecha entre lo imposible y lo necesario, en ese vacío donde ninguna garantía precede la acción.

No se trata de imaginar un «otro Chile» como si fuera un objeto visualizable de antemano. La imaginación de la que aquí hablamos es la de quien camina en la oscuridad sin mapa, sin certeza. Es la imaginación de quien debe hacer el camino al andar, no en el sentido romántico de una marcha redentora hacia la Historia, sino en el sentido de una escritura que se despliega sin saber de antemano qué dirá. Esta es la apuesta por lo porvenir, por lo que viene sin poder ser anticipado. La izquierda está convocada no a buscar sino a crear. Y esto significa, antes que nada, renunciar a la comodidad de las certezas, a la seguridad tranquilizadora de las identidades constituidas. Significa habitar lo impensado, aquello que no cabe en las categorías heredadas. Significa escuchar al otro que vota diferente no como traidor al ideal sino como quien configura, desde otro lugar, otra demanda sobre lo común. Significa aceptar que ese otro tiene algo que enseñar, algo que hacer visible en la reconfiguración permanente de lo político.

La pregunta que queda abierta es: ¿será capaz la izquierda de abandonar su duelo gestionado por la identidad del siglo XX? ¿Es posible transitar hacia lo que aún no se ha pensado? Porque la izquierda ha intentado precisamente lo contrario: cerrar la comunidad, unificarla bajo un proyecto común, subsumirla bajo categorías de clase, de identidad, de proyecto histórico. Cuando habla de «los trabajadores», de «la clase», de «el pueblo», ¿qué está haciendo sino capturar la multiplicidad de singularidades bajo un concepto que las engloba y, en ese englobamiento, las niega?

Hoy es necesario cuestionar tanto los discursos del tiempo simple, como los complejos, porque ambos pretenden ordenar lo desordenable. Especialmente, los discursos oportunistas que imputan la revuelta (desbandes) de 2019 como un fenómeno ex nihilo, como si hubiera surgido de la nada, sin genealogía, ni herencia modernizante. Estos discursos asumen los desbandes como carencia abismal. Pero lo que debe pensarse es lo contrario, reparar en la morfología intraducible de sus experiencias, en esos pliegues que no caben en ninguna categoría preexistente, en los cuerpos (y en las polifonías) que se manifestaban sin poderse decir completamente, en esas catarsis que excedían todo lenguaje político disponible. Lo inarticulado no es lo no-político. Es aquello cuya potencia reside precisamente en su rechazo a ser subsumido en las formas que la izquierda había preparado de antemano.

Es pavoroso, y acaso es lo único que aún queda pensar, el destino incierto de la subjetividad distópica. Porque bajo el cesarismo de Kast, cuando caiga el decreto, la izquierda no podrá sino echar mano de viejas liturgias, de nostalgias sin destino que ya han sido nombradas demasiadas veces, de querellas que se repiten como un disco rayado. Y mientras esto sucede, mientras la izquierda se hunde en su propia melancolía, el progresismo querrá vestirse de técnica, de crítica autorizada, como si la autoridad fuera algo que simplemente se pudiera poner. Porque de eso se trata: de disfrazar, de ocultar bajo el velo de la razón, el despotismo neoliberal que permanece intacto, que sigue operando, que jamás ha dejado de gobernar.

La subjetividad, entonces, está capturada entre estas dos parálisis: la nostalgia que no puede pensar el presente, y la técnica que no quiere pensar nada.

Dr. Mauro Salazar J.

Dr. Andrés Leiva

Compartir este artículo