La historia se ha repetido tanto que ya parece un cliché. En medio de la Segunda Guerra Mundial, los nazis irrumpieron en la casa del pintor español Pablo Picasso en París con la idea de encontrar pruebas en su contra. Sin embargo, se toparon con un imponente óleo en blanco y negro: Guernica, una obra que expresaba el horror causado por el ataque aéreo sobre la población civil de esa localidad vasca, perpetrado durante la Guerra Civil Española por la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana. Al ser inquirido por los uniformados si él lo había pintado, el artista malagueño, célebre por el cubismo y sus arlequines, respondió con ironía: “A decir verdad, ustedes lo hicieron”.
Traigo a colación este archiconocido relato a propósito del advenimiento del fenómeno político-electoral que representa José Antonio Kast a pocos meses de la elección presidencial. La comparación no surge por el facilismo de aludir a su origen alemán, sino más bien para reflexionar sobre quién ha creado a este personaje que aparece hoy como “el rival a vencer” en el fragor de la contienda hacia La Moneda.
Al igual que el contenido de Guernica, el surgimiento del líder republicano como candidato presidencial se dibuja con una paleta que va más allá de su interés, ambición o necesidad —llámelo como quiera— y responde principalmente a la incapacidad, y muchas veces a los errores no forzados, de sus opositores. Estos no han sabido capitalizar el envión anímico que representaron las primarias pasadas, erraron en la conformación de equipos y vocerías, y se han entrampado en discusiones internas que los debilitan más que reforzarlos, llevándonos peligrosamente a recordar la fábula de la tortuga y la liebre, en que esta última pierde por negligencia lo que parecía una ventaja cómoda hacia la meta.
Kast, así como Milei en Argentina y antes Bolsonaro en Brasil, apela a ese susurro colectivo que suele ser sepultado o maquillado por lo “políticamente correcto” en las redes sociales, y que es desoído por quienes detentan el poder, tanto central como local. Se apoya en un sentido patriarcal, antropológico, del mandato y el orden, acomodado a la idiosincrasia nacional. A ello suma un chauvinismo con escudo incluido, similar al utilizado, por ejemplo, a principios de los años ochenta por Ronald Reagan y luego por Donald Trump en esta misma década. Pero la globalización y la integración hacen dudar de su efectividad en nuestro continente.
Ya que mencionamos al gobernante norteamericano, conviene recordar uno de los recursos que Trump utilizó en sus campañas hacia la Casa Blanca y que Kast replica hoy: adjudicar a la migración desbordada —injustamente desde lo estadístico, aunque no así desde la percepción de violencia— la sensación de inseguridad y delincuencia, exacerbada por los medios de comunicación. Sin embargo, sus réditos no están en las cifras, sino en el choque cultural, las denominadas “incivilidades” y la molestia cotidiana de quienes deben luchar por un cupo en las escuelas o consultorios, disputar puestos de trabajo o incluso algo tan doméstico como un espacio en el transporte público. Son hechos reales, de los que no se hacen cargo aquellos que promueven la multiculturalidad, pero que paradójicamente no conviven con ella.
Vemos así a sus adversarios buscando con angustia el flanco, la cuña o la declaración que frene la gestación de una criatura que ellos mismos engendraron y que se alimenta, lamentablemente, de un gobierno transformador, pero débil en liderazgos, con atisbos de corrupción, descontrol por el “fuego amigo” y un capital político condicionado tanto por la derrota del fallido proceso constituyente como por los últimos estertores del Estallido Social de 2019.
Conviene al oficialismo recordar que en los últimos comicios presidenciales Kast estuvo, al menos en primera vuelta, muy cerca de conseguir su objetivo. Este se habría concretado si su adversario —hoy presidente— no hubiera empujado con inteligencia la disyuntiva: “Yo o el fascismo”. Ahora solo queda ajustar las piezas, priorizar la humildad y tomar decisiones dolorosas para evitar el nacimiento de una criatura, su propio Leviatán, que —insisto— ellos mismos han propiciado desde su génesis.
Porque, tal como ocurrió cuando los nazis se encontraron frente al Guernica, lo que hoy tenemos delante no es una obra espontánea ni el capricho de un autor aislado, sino el reflejo en blanco y negro de nuestras propias fracturas políticas y sociales. Y si alguien pregunta quién pintó ese cuadro que se avecina en la papeleta, la respuesta será inevitable: a decir verdad, lo hicimos nosotros.
Rafael Martínez Lozano
Periodista y Comunicador Social
