La historia de nuestra identidad está marcada por una paradoja fundamental: los españoles nos conquistaron con el filo de la espada y el peso de la cruz, imponiéndonos la Biblia como una herramienta de dominio para despojarnos de nuestras tierras y de nuestro espíritu original. Sin embargo, en un giro inesperado de la historia, de esa misma Biblia impuesta surgió la figura de Jesús, un maestro de la justicia que terminó por ofrecer un refugio ético frente a la misma opresión que sus portadores ejercían. De la imposición surgió la liberación; del libro del conquistador, el Verbo del oprimido.
Hoy, la figura de Jesús de Nazaret, despojada de las costras dogmáticas y el boato eclesiástico, emerge como un motivo de recogimiento y como un catalizador de la verdad. En un mundo saturado de ruidos y mercancías, la Navidad se presenta a menudo como una cáscara vacía, una festividad de consumo que oculta el verdadero rostro de aquel que nació en un pesebre, murió en una cruz y fue enterrado en una tumba prestada.
I. Tradiciones Extranjeras y el Árbol de la Memoria Es imperativo reconocer que gran parte de lo que hoy consideramos "nuestra" Navidad en Chile es un mosaico de influencias extranjeras que se han incrustado en nuestra cultura. La tradición de los regalos, por ejemplo, tiene su raíz en la figura histórica de San Nicolás, un obispo que dedicó su vida a la caridad, mucho antes de ser caricaturizado por el mercado. Asimismo, la tradición del árbol de Natividad —o de Pascua, como solemos decirle en Chile— fue iniciada por Martín Lutero, quien buscaba simbolizar la luz de Cristo bajo las estrellas.
Estas costumbres, aunque foráneas, han pasado a ser parte del ADN chileno, pero a menudo han servido para desplazar el eje central del nacimiento. El "Viejo Pascuero" actual, con sus límites geográficos que lo llevan a los barrios pudientes y lo alejan de la periferia, no tiene nada que ver con San Nicolás ni con Jesús. Mientras Papá Noel refuerza la brecha social a través del consumo, Jesús se hace presente en los barrios pobres, anunciando buenaventura a todo aquel desposeído.
II. La Geografía de la Dominación: Del Imperio Romano al Mercado Global Existe un paralelismo desgarrador entre la época de Jesús y nuestra actualidad. Él vivió bajo la bota del Imperio Romano, un sistema de dominación que utilizaba la crucifixión no solo como ejecución, sino como una herramienta de humillación pública para someter al disidente. Hoy, nosotros habitamos un sistema de dominación distinto en las formas, pero idéntico en su crueldad: el hambre es la nueva tortura y la pobreza la nueva humillación.
Jesús apareció cuando la religión se había extraviado en dogmas y el poder eclesiástico servía a la élite. Su respuesta fue radical: dejar el rito para ponerse al lado del oprimido. No buscaba seguidores por el milagro del pan y el vino, sino por la fuerza de la palabra. Seguir a Jesús implica comprender que la paz solo es concebible bajo el amparo de la justicia.
III. La Simbología del Milagro: Grietas en el Muro de lo Imposible Los milagros de Jesús eran metáforas en movimiento, asaltos a las leyes de la exclusión social:
La Transformación del Agua en Vino: Una alquimia de la alegría. Jesús nos enseñó que la vida no debe ser un desierto de carencias, sino una celebración de la abundancia compartida. El milagro es la metáfora de la esperanza que fermenta en el silencio de la espera.
La Sanación de los Leprosos: Un acto de hospitalidad táctil. Jesús es el jardinero que quita la maleza del estigma para que la flor de la dignidad vuelva a brotar.
La Multiplicación de los Panes y Peces: El espejo de la solidaridad. Cuando el egoísmo se retira, la escasez se evapora. La justicia social es la multiplicación de los recursos a través de la generosidad.
Devolver la vista al ciego: La refracción de la luz de la verdad en una retina nublada por el miedo. Es el despertar de la consciencia que permite ver al hermano donde antes solo se veía un extraño.
IV. La Natividad como Acto de Resistencia: Dignidad vs. Consumismo La verdadera Navidad no se trata de ser bueno un día al año o dar regalos, sino de dignidad para todos, todos los días. Ocurre:
Cada vez que se ayuda a un anciano.
Cada vez que se divide y comparte el pan.
Cada vez que se trata al prójimo sin prejuicios para entregar dignidad.
V. El Perdón, la Hospitalidad y el Sufrimiento Para que la humanidad sane, el pecador debe reconocer su falta y arrepentirse. La idea de dejar que Jesús pague solo por los pecados del mundo es inadmisible si no existe un compromiso ético del individuo. Esta visión de elevar al ser humano a su expresión más alta resuena con los pueblos originarios, quienes ven la vida en una interconexión sagrada.
Finalmente, Jesús fue un peregrino, un andariego que necesitó de hospitalidad. En un mundo que degrada la palabra "migración", es imperativo recordar el mandato: "¡Fui extranjero y me acogieron!". La verdadera hospitalidad no conoce de racismo o posición económica. El sufrimiento, en este contexto, no es un castigo, sino una oportunidad de crecimiento espiritual que nos permite participar de un sacrificio mayor por la humanidad.
Conclusión
- Jesús es ese "todo" que se hace desde la nada, una luz que viabiliza lo inexplicable. Celebrar su Natividad es comprometernos con una vida donde la dignidad sea la costumbre. Sus milagros no son reliquias, sino instrucciones para el presente: sanar, incluir y amar como si el sentimiento fuera el único despertar posible hacia el respeto que todo Ser Humano merece.
FELIZ NATIVIDAD.
