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José Antonio Kast: la hipocresía victimizada de un colono caradura que proviene de un linaje cómplice del exterminio. Por Marco Silva Cornejo

José Antonio Kast en silla de ruedas mendigando la solidaridad de una nación entrega. José Antonio recibiendo patadas y botellas plásticas disparadas por el juvenil repudio de estudiantes descontentos, la prensa desata la histeria escandalizada. Sin embargo quien defendió a los desaparecidos del Valle Central de nuestro país del linaje oscuro de los Kast cuando los corvos hicieron un festín de entrañas con obreros y campesinos.

Quién se escandalizo cuando uno a no fueron siendo detenidos los trabajadores de los fundos de la familia Kast por las bridas de exterminio de la tropa de gorilas. Qué prensa mostró sus cuerpos masacrados en medio de las siembras, esas que luego en colonial agricultura abonaran la riqueza de una tropa de extranjeros amigos de la vigilante bayoneta.

Qué infancia cara dura le hace creer a este pije sin remedio, que nuestro país es un invernadero sin memoria donde todos olvidamos los ríos de sangre que regaron las tierras usurpadas por su familia, entregadas con la complaciente venia del tirado en recompensa por los silencios y las coberturas prestadas por la hidalga familia para ocultar los crímenes y destierro en la risa de tantos de los nuestros.

Algo más que tierra y agua reclaman los que guardan silencio desde hace más de cuatro lustros, debió haber recibido este hijo de familia que no trepida en sentirse dueño de un jardín que no le pertenece, reclamando en el presente contra en negro y el isleño.

Este niño rubio, que no entiende los escupos que recibe debería caminar sereno por el prado donde su familia entregó a los que luego masacraron y guardar silencio en un acto de respeto.

Marco Silva Cornejo
Mg. Ciencias Sociales Aplicadas UFRO

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