Aunque José Antonio Kast evita decirlo abiertamente, su postura contra la gratuidad universitaria es clara. Se deduce de su programa económico, su discurso de recorte del gasto público y, sobre todo, de las señales de los *think tanks* que sustentan su proyecto.
La gratuidad no fue un regalo, sino una conquista social que corrigió las distorsiones de un modelo que generaba endeudamiento masivo y deserción. Los datos demuestran su éxito: aumentó la matrícula de estudiantes de menores ingresos, redujo el endeudamiento y fortaleció al sistema.
Sin embargo, los centros de pensamiento de la derecha radical que influyen en Kast, como "Acción Educar", ya han comenzado a pedir su reemplazo. Su argumento, repetido sistemáticamente, es que la gratuidad es ineficiente o cara, buscando legitimar su desmantelamiento.
La visión económica de Kast, que prioriza la focalización y la reducción del Estado, choca frontalmente con una política solidaria como esta. Cualquier intento de reemplazarla por un sistema de financiamiento privado tendría un impacto masivo en el acceso y la equidad.
La conclusión es evidente: la amenaza a la gratuidad no llegará con un anuncio directo, sino a través de un proceso silencioso de desmontaje intelectual y programático. Por eso, es crucial estar alerta. Lo que Kast no dice, su sector ya lo está planteando claramente: quieren reemplazar un derecho conquistado.
