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José Martí: Dignidad, libertad, soberanía. Por Mario Vega H.

El pasado día 28 de enero se conmemoró el aniversario número 170° del natalicio de José Martí, sin lugar a dudas, una figura tutelar de la cultura y política latinoamericana cuya imagen es capaz de trascender luminosa hasta nuestros días a través de su imperecedero ideario, justo en momentos en que los dilemas que enfrenta nuestro continente pueden ser abordados a partir de los principios que inspiraron su pensamiento, su testimonio y legado. Esta efeméride, de igual modo una invitación para recuperar su inmensa obra y creación para debatirlas y para resignificarlas a la luz de los desafíos que nos depara el presente siglo.

El pensamiento de José Martí trascendió a Cuba y al Caribe adquiriendo una dimensión latinoamericana, su prosa es considerada expresión culminante de nuestra lengua es una magnifica vía de acceso a su figura, la que representa de un modo pleno a la del intelectual, de quien asume una perspectiva crítica de la sociedad y busca influir en ella mediante el aporte de sus ideas. Fue desde esa perspectiva que el escritor cubano comprendió tempranamente que una de las primeras manifestaciones heredadas del colonialismo que se debía abatir era la racialización de la población de la isla. Este, un problema común en toda nuestra región, fue también una preocupación de figuras tan destacadas como el propio Simón Bolívar y de José Vasconcelos en México. Por su parte, Martí no solo puede ser reconocido como el artífice fundamental del proceso de emancipación de Cuba, asimismo, debe ser entendido como una figura clave que le otorgó un sentido de reforma social y política a este incorporando densidad al contenido de un proyecto que ya no se definía solo por la ruptura con la metrópoli española, sino por una tarea más amplia y profunda que trascendía los límites de las Antillas.

  En esa línea, su discurso fue a la vez el planteamiento de los intelectuales criollos más vinculados a las ideas de su tiempo. A través de él, hablan la estética Modernista, el laicismo y el nacionalismo igualitario que aspira a la construcción de la nación ahí en donde las ideas de raza, y las jerarquías sociales derivadas, habían sido el argumento disociador utilizado por el poder colonial para impedir la maduración de un proyecto político que asumiera a la soberanía como la condición de su destino colectivo.

Fue entonces en el Caribe, una región de frontera, en donde es posible apreciar un proyecto que, coincidiendo en lo fundamental con las definiciones medulares del liberalismo, recupera su aspiración igualitaria, propia de su vertiente radical y revolucionaria, a fin de abordar asuntos fundamentales como las nociones de raza y clase a fin de articular nuevos sentidos a la idea de nación. Tal fue el desafío intelectual y político de José Martí, quien observó en la posibilidad de inclusión de la heterogeneidad étnica existente en nuestro continente, la condición de posibilidad indispensable para la construcción de las repúblicas latinoamericanas. Su ensayo, “Nuestra América” (1891), fue en sentido estricto, una obra precursora de la disolución de la categoría de “raza” mediante el reconocimiento de una común dignidad humana, trazando un verdadero programa de reforma social y acción política. El pensamiento de Martí superó la noción sarmientina de barbarie por la idea de “lo nuestro, lo autóctono”[1] que más allá de la denominación supone una nueva concepción epistemológica sobre la identidad y sobre la necesidad de su reconocimiento, por parte de cada uno de nuestros pueblos, como aporta Rojo, “precondición de la unidad entre los mismos”[2].

El ideario de Martí encontró en su praxis política y en su huella, un plano de total coherencia. La “guerra necesaria”[3], adquirió un carácter performativo dentro de un proceso emancipador que, no solo habría permitido la construcción de un proyecto nacional a partir de un marcado sello igualitario, mediante la abolición de la racialización de su población y mediante la reforma social, la posibilidad de otorgar una nueva condición a las clases excluidas, tal como ha sugerido Poey[4]. Para tal efecto, Martí tuvo a su haber, la perspectiva global de la experiencia republicana en América Latina, siendo ello una valiosa referencia sobre los aspectos que la insurrección independentista debía superar y cuya palmaria demostración fue vertida en las páginas iniciales de “Nuestra América” cuando señala “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea”[5]. En tal sentido, para Martí la identidad es un dato de “conciencia práctica” de naturaleza más universal como aporta Rojo “incompatible con los intereses y visiones de mundo de algunas clases o grupos dominantes”[6], vale decir, el proyecto nacional no puede ser un patrimonio particular y, la nación, debe trascender los condicionamientos de raza, y las exclusiones de clase y género si, verdaderamente, aspira a transformarse en tal, asumiendo una modernización que es propia y no impuesta, creada y no simplemente subordinada, diría el propio Martí. 

A pesar de que su figura nos remita indispensablemente a Cuba, Martí no fue un desconocido para el público chileno pues, principalmente en su calidad de corresponsal desde la ciudad de Nueva York, publicó en diversos periódicos chilenos casi setenta artículos de su autoría entre los años 1881 y 1895, como ha investigado con prolijidad Jorge Benítez[7], estos conforman un profundo análisis de la entonces pujante sociedad estadounidense, exponiendo sus claroscuros y evidentes contradicciones, en especial, las ambiciones de dominio que sus élites trazaban sobre “Nuestra América”. Su muerte, ocurrida mientras participaba de la expedición del general Máximo Gómez, en los inicios de la Segunda Guerra de Independencia en 1895, causó un profundo impacto en nuestro país e insufló a un activo movimiento de solidaridad hacia esta causa integrado por organizaciones populares y por la Sociedad Unión Americana que fue capaz de impugnar la tibia neutralidad asumida por la triunfante oligarquía en el poder por aquellos años.

Cuando América Latina parece iniciar un nuevo ciclo político de cuño progresista, sin por ello estar libre del asedio de la reacción conservadora, cuando la violencia y la criminalidad socavan las bases fundantes de sus repúblicas y el extractivismo amenaza con desaguar sus recursos naturales, la mirada de Martí sobre sus desafíos merece ser revisitada otorgando renovada vigencia a sus principios de dignidad, libertad y de soberanía.   

     


[1] Martí, J. (1984). “Nuestra América”. México: Siglo XXI Editores, p.27.

 

[2] Rojo, G. “Clásicos latinoamericanos (2011). Para una relectura del canon”. Vol. 1: El siglo XIX. Santiago: Lom Ediciones, p.230.

 

[3] Martí, op.cit., p.34.

[4] Poey, Dionisio. “Race" and Anti-Racism in Jose Marti’s "Mi Raza”. Contributions in Black Studies, Vol. 12 (1994):1-8. https://scholarworks.umass.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1082&context=cibs.

 

[5] Martí, op.cit., p.37.

[6] Rojo, G. op.cit., p.237.

[7] Benítez, J. (1995). “José Martí y Chile”. Santiago: Lom Ediciones.

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