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Jürgen Habermas: un pensador que aprendió a ser pensado. Por Eduardo Rojas

En cierto modo un autor sólo se entera de lo que ha dicho con su texto por la respuesta de los lectores. Eso le vuelve también consciente de lo que pensaba haber dicho y, por tanto, le da oportunidad de expresarse.
Jürgen Habermas (1992)

 

Pensaba en las cabezas ajenas y en la suya pensaban otros aparte de él. Este es el verdadero pensamiento.
Bertolt Brecht.

 

La hermosa sentencia de Brecht referida a Antonio Gramsci según un estudio de teorías del Estado que escribiera la recordada Christine Buci-Glucksman al irse de Chile luego del golpe de Estado de 1973, refleja plenamente lo que Jürgen Habermas nos ayudó a entender desde siempre: pensar es una práctica discursiva, sólo ocurre como interacción política, societal y subjetiva entre actores distintos, muchas veces contrapuestos. Un pensar ya no metafísico, actividad de pensador “experto” o “inteligente”, como se le imaginó por siglos, sino un pensar de aquí y de ahora tal que sus valores cambiarán fácticamente según quienes leen o escuchan.

 

Es más, ya no es posible aprender sin otros, enfatizará al definirse como postmetafísico: “Ni siquiera tendrían en serio la oportunidad de aprender de nosotros si nosotros no tuviéramos la oportunidad de aprender de ellos, y sólo en los estancamientos de «su» proceso de aprendizaje relativo a nosotros nos tornamos conscientes de los límites de «nuestro» saber»”. Pensar la realidad y la política, por lo que se ve en este Habermas de discurso sobre los tiempos modernos, sólo es posible si en las dificultades de la experiencia de todos percibimos nuestras propias dificultades y, sobre todo, asumimos que “la esperanza de lo nuevo futuro sólo se cumple mediante la memoria del pasado oprimido”. Un proyecto inconcluso.

 

Así, hacer crítica tal cual lo habían pretendido siempre quienes decían cambiar el mundo, más aún si se afirmaban desde un “materialismo histórico”, ya no significa para él “deber ser” ni verdad universal alguna. En su “revisión de la izquierda” en los años noventa, crítica del capital significa práctica de igualdad; más que pensamiento, método. Capacidad de “fomentar una nueva división de poderes”, por la cual las “formas de vida concreta”, movilización democrática de la voluntad común, ya no requieren un “sujeto gran formato” consciente, tal la clase obrera, sino formas nuevas, críticas diversas de acción pública en la administración, el derecho y la economía.

 

Convergente con esta perspectiva crítica “apalabrada” de afirmar saber, entendimiento y significado, desde sus inicios hace más de cuarenta años, la teoría del “actuar comunicacional” (TAC) acuñada por Habermas destacó que la inteligibilidad y discernimiento verdadero, pretensión de todo análisis de validez reconocible en sociedad, requiere no sólo una observación correcta de los hechos y actos ocurrentes e imaginados, sino una comprensión interactuada cuyo sentido va más allá de lo que el sujeto, en principio, puede considerar razonable. La hermenéutica o trabajo de interpretación, así interacción afirmada y escuchada, se hará razón en términos de lo que el orden social suele considerar “racional”. En consecuencia, dirá nuestro autor años después, remarcando que ya se trata de una sociología de acción política, “el intérprete científico-social adopta un estatus similar al de los sujetos observados por él”, sólo como “participante virtual puede emprender sus observaciones y entender los datos recogidos”. Difícilmente, desde estas perspectivas habermasianas, puede privilegiarse el saber de los que “saben” comprar y vender respecto del saber “popular” de quienes saben cuidar la humanidad de la vida común. Privilegio simplemente mercantil aquel, no obstante “normal” en sistemas políticos que, como los nuestros, identifican democracia con rendimiento sistémico del poder.

 

En razón de ese su carácter de hacerse comunidad, la comprensión habermasiana cobra una inmediata relevancia para comprender la praxis interpretativa de los propios sujetos agentes, su hermenéutica habrá clarificado la empresa de un saber conocer socialmente aceptable. El actuar comunicacional que, en tanto interacción de bases en sociedad, soporta la carga de coordinar acción y discurso, se realiza, por ejemplo, conforme a un patrón de validez equivalente al de las interpretaciones fundadas de ciencia social. Se trata de ideas efectuales, que existen porque se imaginan como “efectos” o de significados hechos en su uso, diremos siguiendo el notable modo pragmatista (democrático) que nos enseña la lectura de la obra contemporánea de Habermas al remarcar la trascendencia de la interacción comunicacional “desde abajo” para la crítica al capitalismo financiero. Tan afecto como éste parece hoy a disfrazar el sentido real de las operaciones técnicas de poder que le caracterizan.

 

Instados entonces por los enfoques comunicacional-pragmatistas, que leemos, podremos afirmar con Habermas que, tras tal ideología tecnocrática reinante como sistema, la acción y vida humana, dícese calculables con supuesta exactitud, pasan a considerarse de “objetos” antes que de sujetos: “el comportamiento humano es, por tanto, considerado, a partir de ese momento sólo como material para la ciencia”, los ingenieros del orden correcto “se centran en la construcción de las condiciones bajo las cuales, los seres humanos”, en tanto materiales a disposición, podrán comportarse de una manera naturalmente determinable con precisión, advertirá Habermas cuando se iniciaba en “teoría y práctica”. El problema para todo abordaje científico técnico con aceptables pretensiones de hacerse aplicado en sociedad, es decir, tecnología, no tiene ni tuvo nada de natural.

 

Es decir, pensar es actuar, o más bien interactuar, sensibilidad insistente traída a nuestro presente por muchos: “no desistir de las posiciones hermenéuticas, no abandonar la virtud de “detectar siempre el vigor de las ideas de un oponente”, dirigirse a “encontrar respuestas sistemáticas a cuestiones perennes con el fin de hallar orientaciones racionales para una vida conducida con voluntad y conciencia”, concluirá, estos años, nuestro autor al confrontar conceptos filosóficos y teológicos.

 

Y en esta parte central de este recuerdo de la idea habermasiana del saber en sociedad, parece decisiva su convergencia con aquello que desde hace un siglo nos vienen sosteniendo las lecturas de Antonio Gramsci. Para mostrárnoslo, volveremos a recordar el decir de un muy destacado intelectual alemán, conocido en todo el mundo, Bertolt Brecht, para quien el modo “orgánico” y diverso con que Gramsci, actor de una experiencia del hacer ciencia política que no valió ni por su extensión cronológica ni por su “normalidad” (la mayor parte en prisión), sino por haber logrado dar al saber real la connotación de un pensamiento de otros (muchos) que imaginaran y conformaran el pensamiento de él. Como lo leemos en el epígrafe. El acto de leer, saber y dirigir de modo real, entonces, dependerá de la imaginación interactuada entre intelectuales y gente común, aunque el régimen dominante (en el caso de Gramsci, fascismo durante diez años) suponga barreras infranqueables. La filosofía de la praxis iniciada por este grande de la ciencia social de todos los tiempos habría de resultar perfectamente articulable con las del saber actuar y proclamarlo que nos sugeriría Habermas en nuestros tiempo y mundo de vida.

 

Vemos y vimos con estos recuerdos una tradición de la razón política que llegó a entenderla pública y deliberativa. En una de sus últimas manifestaciones, al recorrer nuevamente tópicos de “estructura y crítica de la opinión pública”, desestructurada y privatizada por la extensión sin límites de las tecnologías en redes técnico-informacionales, Habermas habla de “un imperativo constitucional”, asegura desde la prensa dominical chilena Gabriela Arriagada, científica especialista en IA: una deliberación inteligente requiere normas de accesibilidad inclusiva y mecanismos de fiabilidad para filtrar información confiable. La ciudadanía no puede ser privatizada sin eliminarla, había proclamado nuestro autor al hacer públicos los “problemas de legitimación del capitalismo tardío”

 

Despedimos a un Habermas universal para quien al hacer política “no se trata de hacerse valer personalmente, sino de entenderse mutuamente sobre el logro de un fin, el público no es el espacio que reúne espectadores y auditores, sino de locutores y destinatarios que se hablan y se responden” tras el horizonte de “intercambiar razones, no de llamar la atención”, había dicho hace once años, desde Francia, en la prestigiada revista Esprit, que ya entonces le llamó “el último filósofo”, portavoz, asegúrase con rigor, de una cultura pública por la cual “nosotros, humanos, aprendemos los unos de los otros”. “Descansa en PAZ, amigo Jürgen Habermas” rezaba estos días un escrito en un automóvil que circulaba por una de nuestras ciudades. No lo olvidaremos, hace más de treinta años extendió por el mundo la “necesidad de revisión de la izquierda” y a muchos, en su compañía, se nos hizo posible otra vez darnos cuenta de un vivir con dignidad.

 

Este socialismo a que me estoy refiriendo sólo podría desaparecer una vez desaparecido el objeto de su crítica, quizás algún día cuando la sociedad criticada haya cambiado hasta tal punto su identidad que sea capaz de percibir en su relevancia, y tomar en serio todo aquello que no puede expresarse en precios.


El autor, Eduardo Rojas, fue Vicepresidente de la CUT y dirigente del Mapu durante el gobierno del presidente Allende en los años setenta, doctor en ciencias sociales (Universidad de Buenos Aires), docente investigador (Universidad Nacional de San Martín) en Argentina, cincuenta años después.

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