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Kast: un pinochetismo sin guzmanismo (sociosadismo). Por Javier Agüero Águila

1. Hace unos años, en una conversación con Daniel Mansuy –tercera generación gremialista, ex-UDI, conservador ultra católico, no obstante, un intelectual de derecha serio y sistemático en sus investigaciones más allá de que no estoy ni de cerca de acuerdo con sus tesis– me señaló algo que tenía un tufillo a “horda primitiva”, a la cual hace referencia Freud en Tótem y Tabú (1913), y en la que los hijos no solo matan, sino que se devoran al padre.

2. Mansuy se dedicó por años a estudiar la figura de Jaime Guzmán y, para mi asombro, ahí donde esperaba una suerte de salmo en alabanza a quien proveyera del marco jurídico a la Dictadura para que, en lo posible, se perpetuara, Mansuy lanzó que el fundador del gremialismo nunca había sido intelectual de tan alto calibre como el que se ha pretendido hacer creer; que no tuvo textos relevantes, ni fue ni es un referente teórico en materia de derecho constitucional. En esta línea, sostenía, se creó una suerte de marco mitológico en torno a la idea de que fue el más eximio pensador que ha tenido la derecha en su historia, básicamente porque fue el zelote y guardián gestor de su propia Constitución del 80 que vino a sellar el nuevo pacto oligárquico. Con esto Mansuy, de alguna forma, mataba al padre, al menos en cuanto al imaginario de que éste era poseedor de un pedigrí intelectual superior y que representaba como nadie el santo grial de la sinapsis fascista.

El deletéreo genio de Guzmán corría por otro lado.

Se trataría, más bien y según lo relataba el mismo Daniel Mansuy, de su enorme habilidad política; de su capacidad para convencer a todo orden, de su poderosa exhortación moral al tiempo que de su excepcional talento para precisar en su cristianismo incandescente, en su delirante anti-comunismo y en su apostolado militarista –lo que lo acercaba más al franquismo que a otra cualquier corriente política, salvo porque Guzmán era un neoliberal también confeso y Franco un estatista– lo que era su proyecto político para Chile (“La dictadura chilena, a diferencia de las demás dictaduras de la región, fue una dictadura con proyecto”. Tomás Moulian dixit). En este sentido, es que habría sido capaz, y aquí el olfato, de unir a todo el arco de la derecha, desde los sectores militares pasando por el empresariado y los civiles proclives, en torno al país que tenía en su mente y que, hasta el día de hoy, padecemos y que ningún gobierno post-Pinochet ha hecho esfuerzos reales por cambiar. Quizás el de la segunda Bachelet hizo el amago, pero esto operó más bien como un tinglado de buena crianza, una ilusión óptica o una declamación afásica.

En resumen, articuló a toda la derecha –incluso alcanzando a algunos sectores de la Democracia Cristiana como el que representaba, por ejemplo, Enrique Krauss–. Guzmán nunca se detuvo, jamás desistió o su empresa fue menguante; estaba convencido de que la mezcla entre militares, empresarios y políticos de derecha en ascenso, era la fórmula molar para reproducir una y otra vez las ceremonias bautismales de su venerada Dictadura.

3. El punto aquí, y en la línea de lo relatado por Mansuy, es que Kast y su gobierno no tiene un Guzmán. No hay un factótum; un Aleph que reúna a las derechas tras un proyecto común. Lo que se ha visto son vibratos, cacofonías típicas que llaman a la unidad ahí donde la derecha de Kast nació en ruptura con lo que se ha dado a llamar “derecha tradicional” (me pregunto ¿cuándo la derecha no ha sido tradicional?); sin embargo, no se trataría solo de la ausencia de un “plan”, lo que da cuenta de la “inveterada soberbia” (Nietzsche) del rizoma patronal al momento de pensar que un país es una costra que hay que extirpar para hacer que la herida sangre de nuevo, ojalá induciendo la hemorragia permanente y así, entonces, poder aplicar las políticas tecno-sádicas que vienen a perforar a las clases medias y a los sectores más vulnerables del país.

El de Kast es un pinochetismo sin guzmanismo –y hasta el momento sin tropa–, lo que no solo lo hace feroz en su crueldad, sino que sin destino, y aquí pagaremos casi todas/os. Y esta fórmula: ausencia de relato + falta de brújula + sociosadismo, vienen a ser hoy, en este Chile al que le pulsa una sublevación, el camino directo a alguno de los más ácidos círculos del infierno.

Javier Agüero Águila
Académico Universidad de los Lagos
Fondecyt Regular nº 1260178

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