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Kast y el espectro del nacionalismo. Por Javier Agüero Águila

En su último libro, aun no traducido, Le spectre du nationalisme (2025), el filósofo francés Marc Crépon marca una cuestión central, una zona histórica excepcional y peligrosa al extremo. Se trata de que nunca, desde el final de la Primera Guerra Mundial, el nacionalismo había estado tan presente en los escenarios políticos del occidente democrático liberal. Lo que es cierto, pero faltaría sumar a esta constatación terrible, a los países “en vías de nacionalismo”, como es el caso chileno, al que volveremos.

En una entrevista reciente en Radio France, Crépon sostuvo que “En el estante de las ideas malditas, el nacionalismo ocupa un lugar destacado. Se pensaba que los insultos que había infligido a la historia y a la humanidad quedarían para siempre cubiertos por una capa de polvo, cada vez más espesa”. Ni lo maldito del nacionalismo ni su vocación a “los odios” desaparecieron jamás.

Entonces, el nacionalismo devino espectro, y éste es lo que queda del muerto, el resto, lo que nunca termina por desaparecer por completo; al contrario, su condición –de tenerla– es la de reaparecer una y otra vez sin nunca extinguirse, sino siempre estar viniendo en un deambular holográmico. En este sentido el nacionalismo que considerábamos, de manera ingenua, encriptado en las tumbas de la historia, resulta incombustible, justo, porque es espectral y trasciende a la historia misma mas, y esto es relevante, no por esto no alcanza su materialización; al revés, se agencia en el mundo ya sea como nutriente de un sistema político, de genocidios en curso como el de Gaza o de pulsiones colonialistas también en despliegue en diferentes lugares del planeta.

Esta es la mala noticia: el espectro nunca se fue, y la “forma” de activarse desde su esquina fantasmal era asediar al mundo hasta que, en un momento, todo cambió y lo etéreo se corporizó, se volvió discurso, régimen, disposiciones normativas o psicología estructural que llegó para sostener el pulso y la cultura.

El espectro se vuelve un “hecho social”, es decir y como lo apuntó Émile Durkheim: “Externo y coercitivo”. El peligro, el más grande de todos desde la lectura de Crépon, es que “Cuando el espectro reaparece, cuando se instala de nuevo […] siempre trae en su equipaje el riesgo de guerra”. El nacionalismo supone la guerra porque en nombre de su ígnea constitución identitaria resentirá a todo lo alterno como una amenaza a la cual habrá que tachar. Ahí donde emergen “fenómenos” que saboteen la rigidez de su marcha, que sean diferencia o disidencia, pues la guerra es la única salida, no hay más; guerra hacia dentro y hacia fuera pero sobre todo interna; enemigos internos, revueltas internas, anarquías internas, desvíos internos, etc., todos motivos endémicos más que suficientes para que la represión entre en desacato.

El nacionalismo entiende que su única posibilidad de persistir en el tiempo es establecer una hegemonía de lo homogéneo que, desde su furioso magma identitario, produzca la borradura de cualquier asomo de deserción del “estado situado”. Para esto, el nacionalismo opera, funciona, es burocrático y tiene una idea extremadamente nítida del mundo que quiere diseñar, de la arquitectura que se requiere para, así, desplegar el plan territorializador del “pueblo uno”.

Dice Crépon en el libro referido: “[…] No se dirá que lo inconcebible nos ha cogido por sorpresa. Lo vemos venir desde hace mucho tiempo”.

Esto es lo que, de forma cronométrica, pasa hoy en nuestro país. El nacionalismo hace mucho tiempo que dejó de ser un espectro y deambula a modo de personajes y relatos que sonambulizan a la población con sus retóricas arcanas de una cierta identidad original. Hoy lo vemos diseminarse con mayor o menor intensidad en las campañas políticas de las candidaturas de la derecha. Pero, particularmente en una, la de José Antonio Kast.

Kast es la materialización política del espectro que, insistimos, ya no lo es más. Y como tal –aunque guarde silencio y no se pronuncie sobre los migrantes, el lugar de la mujer, las disidencias sexogenéricas, los pueblos originarios, y un largo etcétera diferencial– todo su registro, su archivo biopolítico y la forma que tiene de inteligir a la sociedad chilena, es a partir de la tachadura de la alteridad.

Su gobierno será la indexación de lo patriótico transformado en simbología, emblemas, ritos y liturgias a las que todas/os estaremos obligadas/os a asistir porque, de lo contrario, entraremos en el infame rango de lo heterogéneo, de lo que no se adhiere al canon de la nacionalidad ni a la latitud de la filiación. Tal como lo dice Marc Crépon, no podremos decir que no lo vimos venir. El mundo se desplaza tectónicamente hacia una placa nacionalista de corte neofascista o autoritario o como quiera que se le llame, que rebota y repercute en Chile. No somos un caso aislado ni esta vez seremos el laboratorio de nada. La acústica neofascista es global y distribuye su imaginario de cancelación en todas partes del mundo.

¿Vamos a decir, después, cuando sea demasiado tarde, que no lo vimos venir? ¿seremos capaces de levantar la voz cuando los jubilados pierdan los pocos derechos que han ganado o cuando la Araucanía sea invadida, de plano, militarmente y a toda escala? ¿tendremos la opción de la querella cuando se reduzcan –aún más– los presupuestos universitarios para la investigación en humanidades y ciencias sociales o en cualquier disciplina con la excusa de los urgentes “recortes fiscales” o el “adelgazamiento del Estado”? ¿valdrá nuestra opinión ahí donde las universidades mismas sean intervenidas y las/os profesoras/es sean despedidas/os o perseguidas/os? ¿quién tendrá el arrojo del reclamo cuando las reivindicaciones de las mujeres sean pulverizadas y se vuelva a la retrógrada prédica católica-conservadora de que la familia es el “núcleo de la sociedad”? ¿quién osará levantar la voz cuando se anule el aborto en 3 causales?

En fin, estaremos tan indignantemente curtidos cuando Chile pase de ser una sociedad neoliberal (donde, no obstante, todavía hay algún espacio para disentir) a una en la que el estigma y el miedo enmudecerá hasta los ríos.

El espectro avisó, se dejó ver, se vistió de terno y se trasluce a través del mote de la efectividad y la guerra declarada. Su gobierno, el de Kast, no busca ser testimonial ni un puro artefacto inventivo, sino que será “testamentario” y, estoy seguro, no podremos sacudirnos la impronta del nacionalismo aunque cuatro años no sean nada.

El nacionalismo perfora como el hambre y transformará en fácticas sus nostalgias segregacionistas, autoritarias y emblemáticas.

Javier Agüero Águila
Dr. en Filosofía
Centro de Formación Integral
Universidad de los Lagos

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