Hace diez años vivo en Chile. Durante este tiempo he sido testigo de procesos de transformación social que dieron lugar a muchas de las narrativas que hoy se han vuelto hegemónicas y que, finalmente, posibilitaron la victoria de un tipo de gobierno como el de Kast. Entre ellas destacan una repentina ola de inmigración, que impuso grandes desafíos institucionales debido a límites estructurales preexistentes —de los cuales fui testigo directo—; la emergencia de nuevas dinámicas de inseguridad social hasta entonces poco conocidas en el país, como el crecimiento del narcotráfico o ciertas modalidades de robo violento; y el deterioro de algunos indicadores económicos que comenzaron a generar preocupación en el marco de la crisis postpandemia.
Sin embargo, desde una mirada centrada en los “datos”, tan invocada por el conservadurismo libertario, ninguno de estos factores resulta determinante en términos estrictamente factuales. Los índices de inseguridad continúan siendo de los más bajos a nivel regional, a lo que se suma que muchos de estos fenómenos no son de carácter estrictamente nacional, sino regional, como ocurre con el narcotráfico. Asimismo, la política migratoria se normalizó con relativa rapidez —también puedo dar fe de ello—, incluso incorporando medidas punitivas valoradas por los sectores de la “mano dura”, como las deportaciones autorizadas por este mismo gobierno autodenominado progresista. Por último, los indicadores económicos con los que concluye la actual administración son, en su mayoría, positivos. Y esto no lo afirma el gobierno, sino las propias corporaciones capitalistas sobre las que se sostiene la ideología liberal y el mercado global.
Entonces, ¿qué fue lo que precipitó la victoria de Kast, si los factores que estructuraron su narrativa no se sostienen en términos estructurales ni estadísticos? Identifico algunos elementos centrales que podrían explicar este giro y que merecen ser profundizados:
1. el impacto de la narrativa del miedo y del pánico moral, centrada en escenarios hipotéticos del tipo “lo que podría llegar a suceder si…”;
2. un feroz anticomunismo cuya ficción se ha transformado en un significante vacío, pero con la potencia simbólica suficiente para producir una grieta social profundamente polarizante;
3. la incapacidad social para gestionar la incertidumbre, lo que favorece la adhesión a modelos más moralistas y autoritarios, asociados a la promesa de orden; 4. la persistente resistencia de la sociedad chilena a asumir la pluralidad y la diversidad, anclada en un nacionalismo postdictatorial que nunca desapareció y que conserva un sesgo marcadamente racista, clasista y patriarcal;
5. la consolidación de una política entendida como ficción —o posverdad—, en la que el correlato histórico pierde relevancia si los “hechos” enunciados resultan funcionales a intereses particulares; y
6. la intensificación de la dimensión afectiva de lo político, que no es necesariamente anti-ideológica ni irracional, sino que produce una combinación aún más explosiva: la radicalización de ideologías fuertes, muchas veces fundamentadas en un pseudo-positivismo cientificista (“hablamos de ciencia, no de ideología”), arraigadas en vínculos afectivos y amplificadas por los medios de comunicación (Escuela de Frankfurt dixit).
Esta lectura confirma —al menos desde mi perspectiva— la necesidad de agudizar ciertos análisis. Sin duda, el papel de las fake news, el poder mediático que respalda a Kast, los graves errores políticos del actual gobierno y la influencia real de las élites son factores relevantes. No obstante, estos elementos resultan superficiales si no se los vincula con problemáticas más profundas, que atraviesan a todos los estratos sociales y a la historia reciente del país. En particular, la matriz postdictatorial enraizada en la sociedad chilena nunca perdió su peso ideológico, especialmente en términos racistas y clasistas.
Se trata de cuestiones relacionadas con la construcción histórica de la memoria y la cultura política nacional, así como con su antropología social y sus imaginarios colectivos. En ellos predomina una cultura del rechazo a la diferencia, un nacionalismo radicalizado, un individualismo neoliberal de los más arraigados de la región y una narrativa maniquea del odio que continúa siendo sistemáticamente alimentada.
Chile constituye un caso emblemático en el que el factor decisivo no fue una crisis sistémica abierta —como ocurrió en Argentina, donde el colapso estructural habilitó la emergencia de discursos radicalizados—, sino un proceso de signo inverso. Aquí no prosperó una reacción populista de carácter pseudo-utópico, sino el retorno de un síntoma gestado durante la dictadura: la reactivación de un mito de origen que se pretende restaurador, fundado en la violencia, la exclusión, la discriminación y el resguardo identitario de “lo propio”.
Por ello, la pregunta que se impone es la siguiente: ¿desde dónde queremos demarcar una diferencia? ¿Desde dónde queremos disputar sentido: desde las narrativas políticas e ideológicas heredadas, o desde matrices orientadas a reimaginarnos como sociedad, partiendo de lo más básico del sentido de convivencia?
