¿Qué calle es ésta?
La calle Mandelstam.
Qué apellido más espantoso:
Si no lo aireas
Suena curvo y no recto.
Ósip Mandelstam
El discurso del amo que encabeza José Antonio Kast, de innegable seducción discursiva -dado su excedente de goce autoritario- a la hora capturar el sentido común neoliberal, obliga a sopesar cuidadosamente los acuerdos gubernamentales, ante una abundancia de stasis y progresismos sin horizontes semánticos. No se trata de negar la participación de derechas en procesos electorales que responden a los mínimos deliberativos (apelando a la supremacía moral), sino la promesa mesiánico-refundacional de JAK que ha derogado la hegemonía de la política post-transicional.
La “trampa ideológica” consiste en esa relación de interior/exterior respecto al sistema de partidos que la nueva derecha ha logrado construir ante las audiencias oscilantes. Una coalición insiders que, a la sazón, se ha comportado como outsiders -cuestión genuina en el caso de Donald Trump-. El PR simula un “afuera” o una exterioridad -un no lugar- respecto a la racionalidad política y modera sus ancestrales filiaciones con el mundo del Pinochetismo. El simulacro o la máscara es un espacio de excepción -producido- al interior de la intimidad partidaria. Con todo, el Partido Republicano no es un bloque monolítico, no olvidara -a su manera- una tradición de instituciones y partidos.
La Kastización que ha copado el campo político, terminó de agrietar el espacio de las diferencias en pleno estallido social (revuelta del 2019) donde todas las demandas populares recusaban la racionalidad abusiva de las instituciones, como formas de violencia y transgresión al orden público. La Kastización gatilló el derrumbe de Sebastián Piñera con su infausta frase, “estamos en guerra [War] frente a un enemigo poderoso”. Aquí no existieron solidaridades ideológicas o relaciones de buena vecindad, sino un modo de producción que provee el goce del otrocidio. Tales son las paradojas del deseo. Lo anterior, fue la “prueba de fuego” que permitió el tránsito desde posturas conservadoras hacia posiciones de ultraderecha, exacerbando un estado de excepción -violencia urbana, narcopoder y decadentismo moral- retratando nuestra parroquia como enemización. Entonces, el Partido Republicano, dada la dislocación del mapa político, reforzó el guion argumental y ha refuncionalizado los valores y criterios de la derecha transicional que participó de los pactos modernizantes desde un neoliberalismo a-moral -licencioso-. Ello agudizó la disposición odiosa frente a “la izquierda” que habría amparado la violencia urbana (turbas, saqueos) y el distanciamiento irrefrenable respecto a la derecha Piñerista, consolidando un clima de riesgo e incertidumbres que ha colonizado a buena parte de la ciudadanía que ante el pánico reclama un “orden jungla” (pistolas) en nuestros días. En suma, cuál sala de parto, el octubrismo (2919) – a modo de colofón- donó al actual Partido Republicano la producción discursiva para dotar de sentido su proyecto político. La Kastizacion opera como reverso tanático y guardián de la descomposición orgánica de nuestra (eventual) democracia “semi-representativa”. Todo el léxico del conservadurismo radical (remasteriza a Jaime Guzmán), alude a los antipatriotas, vándalos o apátridas que quemaban buses y destruyen la infraestructura pública, o bien, usan diversos móviles delictivos hasta el control punitivo de la vida cotidiana. De paso, los monopolios mediáticos se comportan como portavoces del mensaje de los pánicos. Tal fue la estrategia político-discursiva del PR que, sin duda alguna, forma parte del mismo dispositivo que se ha esparcido a las formas de “existencia de la cotidianeidad”. En medio de la incertidumbre, hoy el clamor popular -en una clave negacionista- se orienta hacia un régimen securitario. Ante un "presente de la ruina" agravado por el retrato de JAK, los lazos rotos de la comunidad han sido representados como las patologías de una moral del laissez faire.
El conservadurismo radical -que muchos llaman neofascismo- designa, pues, una tecnología del poder orientada a la producción de pánicos que han secuestrado el imaginario popular por la vía de la erotización. Con todo el quid no es “solamente” que Kast se convierta en una real posibilidad presidencial, aunque ello es cada vez más evidente, sino la agraviante kastización de los contenidos retóricos, estéticos, visuales y las metáforas tanáticas el ultra-conservadurismo neoliberal.
Tal ha sido el nuevo guión autoritario-conservador, a saber, el enemigo absoluto puede ser el migrante, el delincuente, el narcotráfico, la inseguridad que produce el colombiano, la araucanización del conflicto y los golpes de xenofobia. Todo remite a una “máquina de guerra”. La elaboración argumental de JAK, cuya eficiencia no está en discusión, seguirá cultivando la desubjetivación, apelando al recurso de la necrofilia, que busca consolidar la violencia institucionalizada y auto-regenerativa. Una vez que el desplazamiento discursivo logró sus objetivos, declarando viciada las formas de la modernización, se han remecido las fronteras políticas entre socialdemocracia (giro centrista) y derecha sin proyecto. Tal proceso de politización convirtió la demanda igualitaria de la revuelta -mutación mediante- en frustración, rabia erotizada y subjetividad beligerante que habría develado la ineptitud de los elencos post-transicionales para generar paz social. De allí el vertiginoso ascenso del Partido que lidera José Antonio Kast en la contienda que se ha desplegado al interior de las derechas, pulverizando a “Chile Vamos”.
Una vez que la gobernabilidad postransicional padece desgastes representacionales y crisis de legitimidad, la cólera de la razón ciudadana ha sido agenciada hacia un fervor punitivo por el orden. De tal suerte, se expande el caudal libidinal de Kast que le ha permitido dar el “golpe blando” contra toda la maquinaria de elencos concertacionistas, sirviéndose de la "vida misma" que se encuentra amenazada en una cotidianeidad que no se afirma en rutinas de sociabilidad, sino en la propia operación especular del kastismo.
La revuelta (2019) metamorfoseada como producción de rabia erotizada, y en tanto guerra, ha sido el principio de consagración de José Antonio Kast. En suma, la paranoia, la vileza, la ridiculización, el menoscabo, la denostación, y toda práctica vengativa (vejatoria) nos lleva a procesos de des-subjetivación donde el vacío de simbolicidad hace que el sujeto lea la “otredad” como un objeto en permanente actitud de aniquilación. El ritual de la purificación (orden, familia, progreso y jerarquía) retrotrae las cosas a un estado de naturaleza hobbesiano (grado cero de “lo ruin”) donde la rabia proyectada es asumida por el sujeto frente a un otro no adversarial, sino ante un enemigo total e intolerable que sólo se constituye en la “pulsión de muerte”. El goce neoliberal (jouissance) que promueve JAK encuentra aquí un lugar que amerita un debate respecto al agotamiento de la imaginación democrática. Lo que recibimos como recompensa por nuestra sumisión y nuestras privaciones es el disfrute corrompido de la privación en sí misma, el beneficio que surge de la propia pérdida. Lacan denominó a este goce distorsionado plus de goce, a saber, el nuevo fetichismo consiste en la producción de “indigencia subjetiva” exhibida como una mercancía (plusvalía negra). El plus de goce es un efecto del discurso dominante -el amo- que articula la renuncia al goce por la sujeción a la dimensión punitiva (displacer).
En suma, algo que no posee sustancia propia, sino que funciona como un resto, un excedente, una especie de quiste simbólico, pero con la capacidad de alterar los vínculos e invertir su significado: ’la abstención del placer se convierte en el placer de abstenerse, la represión del deseo se transforma en el deseo de reprimir, y así sucesivamente’. Esa inversión está en el núcleo de la lógica del capitalismo. Lacan señalaba que el capitalismo contemporáneo se inicia al calcular el placer (producido por la obtención de ganancias), y ese cálculo se transforma de inmediato en el deleite tales ganancias.
En suma, la kastización es el soporte de esa ira que el sujeto no puede metabolizar (gestionar) bajo los modos expresivos o deliberativos del orden neoliberal, por cuanto el enemigo absoluto puede ser el terrorista virológico del Covid-19, el cándido democrata o el vecino que ha “devenido narco”. De tal suerte se ha impuesto en Chile la fantasía ideológica de la desintegración social como una guerra preventiva propia de un “estado de excepción”. En medio de un cuerpo institucional degradado, la nueva derecha ofrece familia, seguridad (revanchismo), jerarquías, angustias urbanas, pánicos, porque sólo el miedo como afecto político es un recurso para controlar el gobierno de los cuerpos y sus pulsiones transformadoras. De otro modo, no es posible redituar una nueva agenda de gobernabilidad dado que el vació de “pacto social” se resuelve mediante una figura cesarista (Kast) como dispositivo gubernamental. En suma, la "desintegración social" es la rearticulación angustiada de la “indigencia subjetiva” que carece de un enraizamiento.
La moralización del orden en Chile es un fenómeno que amerita más de una explicación frente a la crisis de mediación entre lo social y lo político. Ello involucra las protestas sociales, los estallidos y también los contingenciales resultados electorales en los procesos eleccionarios. De un lado, los desajustes del binomio modernización-subjetividad y, de otro, cómo ello se ha expresado en ciclos de ebullición donde las mayorías electorales han abultado procesos de caotización, melodrama y necrofilia. Toda esta orquestación hiper-conservadora clama por la restitución de un “orden ético”. Pero el punto no culmina aquí, pues la producción de una cotidianeidad siniestrada (secuestrada) por imaginarios narcotizantes, bandas de corrupción, formas de violencia y otros grupos de ilícitos, es también es el “caldo de cultivo” con el cual se retroalimenta el discurso de José Antonio Kast que ha logrado comprometer a una demografía de la sociedad civil. Entonces, se requieren, altas dosis de otrocidio y caotización como expresiones que develan como la vida cotidiana se ha tornado brumosa e imposible. Todo ello amerita un “momento espartano” de restauración moral. Kast representa el absoluto fin de la post-transición chilena (ya sea por decretos o cerrando filas con Pekín).
Estamos ante un masoquismo primordial, refundar Chile.
Dr. Mauro Salazar J.
