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La afectividad colectiva de cara al nuevo proceso constituyente chileno. Por Sebastián Rueda

Inicia el mes de marzo en Chile y, junto con el regreso de muchas personas a sus actividades laborales y/o educacionales, la opinión pública comienza a centrarse en las campañas políticas de los candidatos a la convención constitucional que se conformará este año. Serán unas cuantas semanas donde los electores podrán conocer a los candidatos, muchos de ellos desconocidos por una gran mayoría de personas (alrededor del 70% dependiendo de la encuesta de referencia) que no están interesadas en política ni se identifican con alguna postura particular, pero que de todos modos serán convocadas a votar de forma obligatoria el 7 de mayo.

Los resultados de ese día serán el todo que es más que la suma de las partes; cada voto individual irá conformando el panorama global de lo que iremos viviendo este año 2023. Y cada voto será la decisión tomada por cada individuo capaz de decidir; un acto humano desde un particular sentir, pensar y actuar. Lo personal se vuelve político, y por ello detenerse a reflexionar sobre nuestra condición humana resulta valioso para cada candidato/a y colectivo que quiera impulsar su visión país para el futuro, ya que desde esta perspectiva el nuevo proceso constituyente también puede entenderse como otra oportunidad para un grupo humano que por esta vía de organización busca resolver de forma pacífica sus diferencias, ponerse de acuerdo bajo este mecanismo para avanzar tanto individual como colectivamente.

En torno a lo anterior se ha gestado durante esta semana un debate a propósito de los dichos de la ex coordinadora sociocultural Irina Karamanos durante su participación en un Encuentro Internacional Feminista en España.
En esta instancia mencionó entre otras cosas que las campañas de miedo, centradas en visibilizar una potencial “amenaza de que te van a quitar lo que tienes”, habrían generado el éxito del Rechazo en el plebiscito de salida del año pasado. Una idea presente en testimonios de exconvencionales y voluntarios que participaron de la campaña del Apruebo. Más allá del grado de acuerdo o desacuerdo, ¿Qué hay detrás de esta afirmación de Karamanos? El miedo, quizá la emoción más importante en la experiencia humana, y más aún, la pregunta por los afectos en este nuevo escenario constituyente.

Las emociones, o afectos, son un fenómeno complejo en el sentido de que tienen, por un lado, un sustrato corporal que nos predispone a percibir y pensar el mundo que nos rodea de un modo u otro, y también por otro un componente social y político, sobre cómo nos movilizamos a partir de lo que sentimos. Es muy distinto tomar decisiones desde el miedo, por ejemplo, que hacerlo desde la esperanza; y votar es una de las tantas decisiones que tomamos en nuestra experiencia personal. Entonces, las emociones no son algo que se pueda separar de la política, sino que son parte constituyente del proceso de toma de decisiones y de construcción de la identidad personal y colectiva.

No existe un único modelo para distinguir cuáles son las emociones básicas pero muy conocido es el de Paul Ekman, que distingue 6: alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa y asco. La afamada película de Pixar Intensamente se basa en esta teoría como referencia. Así como los colores, la combinación de emociones básicas llevaría a la construcción de afectos más complejos (vergüenza, esperanza, decepción, entre otras), que involucran también procesos más racionales y conscientes. Se ha sabido a partir de la evidencia que la activación de las emociones básicas es mucho más rápida que la elaboración de ideas o argumentos, en particular el miedo. Está muy bien documentado a través de la historia que la manipulación emocional basada en miedo es una estrategia bastante usada en comunicación sociopolítica y en contexto de campañas electorales.

Podríamos esperar en este sentido que a nivel de opinión pública y redes sociales veremos nuevamente lo que suele llamarse como campañas del terror. No por nada una de las listas de la derecha política se ha denominado “Chile Seguro”. El tema es, ¿Será tan efectiva esta técnica en el contexto de un proceso político que ya se vuelve extenso y desgastante para la ciudadanía? Si bien puede ser efectiva, no está claro si apelar al miedo sea una bala de plata con la cual afrontar todos los escenarios. Las emociones, al tener una base corporal, eventualmente se fatigan, y a partir de ese cansancio suele surgir un hastío generalizado cuando esta experiencia emocional es colectiva.

Si se sostiene que el miedo fue el afecto central que motivó un estilo confrontacional en el plebiscito de salida anterior que terminó por distanciar a buena parte de la población, no se está considerando la riqueza de la experiencia afectiva en este contexto. Interesante es revisar estudios hechos por Pulso Ciudadano o Criteria, que además del miedo identifican las emociones de la ira y la vergüenza como resultantes del desempeño de la anterior convención. La esperanza, que sería una emoción más elaborada, cambió de bando: ahora los sectores conservadores se sienten de este modo, con una percepción de un mejor escenario para instalar su agenda. Por otro lado, muchos que votaron esperanzados apruebo de entrada, decidieron decepcionados decantarse por el rechazo de salida.

Mientras tanto, el malestar social perdura, y de acuerdo a sondeos recientes de diversas consultoras, emociones favorables se han diluido para dar paso a la ira y el miedo por el futuro del país. Ha sido una montaña rusa de emociones, y como se decía anteriormente, es esperable una fatiga. Las emociones van y vienen, pero se viven en un cuerpo que las sostiene. Este cansancio sin duda desmoviliza, en efecto emoción etimológicamente nos da cuenta de un impulso para la acción. Entonces, ¿Cómo actuarán los votantes ante esta elección que se avecina en estas semanas? En efecto podemos esperar hipotéticamente esta fatiga, a menos que acontecimientos futuros susciten impulsos para la acción colectiva, pero tendrían que ser sucesos de fuerte connotación pública para que ello ocurra.

En un probable clima de cansancio colectivo se puede esperar desconfianza en el proceso y una sensación de falta de sentido o apatía. ¿Dará esto pie a un acto de decisión más racional, abstraída de influjos afectivos al momento de decidir? Nadie puede saberlo hoy. De todos modos, este clima constituye una amenaza para el proceso mismo, que puede manifestarse como un alto ausentismo a pesar de significar ello multas, ¿Qué pasará en este escenario, se podrán ejecutar efectivamente esas multas? Y, además, ante la situación de decidir entre personas (muchas de ellas poco conocidas a nivel público), y no entre "conceptos" (apruebo/rechazo), probablemente no estará el escenario disponible para que los candidatos y futuros electos hagan una performance que empeore el cuadro, sino que tratar de asumir liderazgos flexibles y atentos a los veloces cambios en las subjetividades colectivas.

Si bien todos los componentes mencionados anteriormente podrían indicar una receta para el desastre la realidad es que éste ya ocurrió con el proceso previo, y la fatiga si bien puede suponer dificultades para las campañas y movimientos políticos también deja entrever una oportunidad de permitir un ejercicio deliberativo como corresponde al concepto mismo, basado en la razón y no en la intensidad que caracterizó el proceso previo. Pero no solo la razón es suficiente, en la medida que los tomadores de decisiones en esta pasada comprendan el estado anímico de la población se podrá reconstruir la esperanza en que esta fase de este proceso político pueda ser llevada de forma más efectiva que la anterior.

Sin duda la responsabilidad aquí recae en los convencionales elegidos y su performance, el cuidado en los gestos y las relaciones, una altura de miras necesaria para lograr estabilidad política en momentos convulsos no solo para Chile sino que para el mundo. Porque si atendemos a las conclusiones de diversos estudios de opinión pública, pareciera ser que la amenaza mayor ahora no será que le quiten a la gente lo poco que tiene, sino que otro fracaso constituyente. Si el proceso de construcción de la nueva constitución logra efectuarse sin estridencias o eventos que sean como meter el dedo en la llaga de esta frustración y cansancio emocional, quizás el factor miedo que está constantemente presente en la experiencia humana y también en la electoral pueda apuntar a aquello, que la campaña del terror tenga como amenaza un nuevo fracaso, la perpetuación de la incertidumbre.

Cuando ocurre la fatiga emocional, el cuerpo debe descansar. En este sentido, mientras menos estridente y extravagante sea el proceso, podría ser mejor en cuanto a lograr el objetivo de lograr la aprobación en el plebiscito de salida. Necesariamente debe ser sobrio, para que la experiencia emocional que forma parte de la vida colectiva pueda restaurarse. Están llamados entonces los servidores públicos que buscarán estas semanas formar parte de esta convención a suspender cualquier búsqueda de fama rápida apelando a la polémica o confrontación, por el bien de todos y cada uno de los ciudadanos que sienten, piensan y actúan, que buscan un Chile mejor preparado para los desafíos del futuro a partir de la construcción de una Carta Magna que pueda ser validada por las grandes mayorías.

Sebastián Rueda es Académico de la carrera de Psicología en la Universidad Central de Chile. Es Magíster en Estudios Internacionales y Psicólogo de la Universidad de Chile.

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