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La agencia colectiva ciudadana y la reivindicación de lo político. Por Felipe Pizarro Cerda

A menos de dos meses del plebiscito para una nueva Constitución Política, una de las preocupaciones de nuestra clase política más progresista es si, efectivamente, la ciudadanía se hará presente en masa en la votación. Y el temor no es casual ya que desde 1990 con la transición pactada, una de las estrategias de la (entonces) ‘Concertación’ fue justamente la desmovilización de la ciudadanía que, junto con la promoción del acceso al consumo (exagerado) de bienes y servicios, redirigió las preocupaciones políticas a cuestiones de inclusión y exclusión del mercado, logrando con esto una importante desafección política. Como desenlace, se materializó lo que el mundo académico a denominado como ‘una democracia de baja intensidad’. Y, sin duda, de bajo alcance.

Un escenario reforzado por una ‘pax concertacionista’, que se sostuvo sobre la base del temor a los cambios profundos por parte de la clase política civil, pero también de una parte importante de la ciudadanía. Para muchos la lección de 1973 fue aprendida y, por tanto, intentar -otra vez- cambiar la dirección del Estado y comprometer con ello la democracia pactada hasta hoy, sería sumamente riesgoso.

Sin embargo, pareciera que la permanente hipótesis sobre la sociedad chilena y su desencanto por lo asuntos públicos se ha visto, de algún modo, desacreditada al menos en los últimos quince años. Cabe recordar a los ‘pingüinos’ el año 2006 y el evidente descontento en torno a una educación controlada por lógicas mercantiles; o el gran movimiento estudiantil del año 2011 que apostaba, entre otras cosas, por instalar la discusión de una educación pública, gratuita y de calidad; del mismo modo, el ejercicio silencioso y participativo de deliberación de los movimientos sociales de carácter barrial que para el año 2016, mediante la Federación Nacional de Pobladores y Pobladoras (FENAPO), se manifestó en las Bases Populares y Ciudadanas en la lucha por la constituyente Social; importante ha sido la movilización de trabajadores y estudiantes chilenos con la consigna ‘No más AFP’ durante el 2017, a fin de reivindicar la seguridad social como un derecho universal; por otro lado, los profesores de Chile durante el 2019 han dicho basta a los sueldos miserables, basta de estandarización en el ejercicio docente, titularidad de horas de extensión, etc.; funcionarios de la Salud se movilizaron durante el 2019 debido a la frustración de no contar con los recursos necesarios para una mínima atención en el sistema público, cuestión que vista en perspectiva, parece paradojal al encontrarnos hoy en una pandemia; finalmente, octubre de 2019, la sociedad chilena estalla en las calles exigiendo mayor participación y un cambio al régimen político, un cambio en la dirección del Estado.

Entonces ¿sigue existiendo hoy un divorcio entre la ciudadanía y lo político? Claramente no. La clase política desmovilizó a la ciudadanía alejándola de ‘la política’, pero en ningún caso de ‘lo político’. Por lo mismo, los propósitos de los movimientos y agrupaciones sociales están coligados a los modos en cómo se instituye una sociedad. De este modo, como el neoliberalismo en tanto doctrina que oculta ‘lo político’ y esconde el antagonismo y el conflicto entre diversas identidades colectivas, la ciudadanía ha respondido con organización y entrega, instalando nuevamente en la opinión pública los asuntos políticos importantes de una nación.

Cabe agregar una advertencia a nuestra clase política. Desde el punto de vista democrático, las salidas a las problemáticas sociales presentes hoy en Chile, implican necesariamente reconocer el antagonismo de las identidades políticas en pugna. Mientras esquivemos la naturaleza conflictiva de la democracia, entonces mantendremos centrados nuestros esfuerzos en reformas a un sistema que, al menos desde octubre del 2019, parece estar contando sus últimos días.

Mientras la elite intenta desesperadamente acercar a la ciudadanía a la política (tradicional), los movimientos y agrupaciones sociales han comenzado ha generar las discusiones profundas de una comunidad socialmente viva. La ciudadanía está reivindicando ‘lo político’ y ontológico de una nación, mientras que la elite chilena insiste en reformar ‘la política’ sin ver que las salidas están en las cuestiones profundas, en los sentidos, en los rumbos de una comunidad, en la constitución de una nación, en el tipo de Estado que queremos para hoy y para el futuro.

Mg. Felipe Pizarro Cerda

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