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La atención secuestrada: por qué todos hablan de latidos. Por Alejandra Ramos Arcos y Mónica Vargas Aguirre

La democracia ya no se expresa únicamente en los tres poderes clásicos del Estado, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, ni tampoco en el denominado cuarto poder, representado por los medios de comunicación tradicionales. Hoy, una parte decisiva de la vida democrática se juega también en internet y, especialmente, en las redes sociales, espacios donde la información, las opiniones y las identidades ciudadanas se producen y circulan de manera descentralizada, con escasos mecanismos de regulación y control.

En este nuevo escenario, la verdad deja de constituir un referente compartido para transformarse en un terreno de disputa permanente, mientras la competencia por controlar los algoritmos, que determinan qué vemos, qué leemos y sobre qué deliberamos, adquiere una relevancia política sin precedentes. Con la masificación de las redes sociales, la democracia ya no solo compite por el poder o por el voto; disputa también un recurso cada vez más escaso y valioso: nuestra atención.

En política, lograr que un tema domine la conversación pública puede ser tan decisivo como aprobar una ley. Los medios de comunicación no necesitan censurar una noticia para sustraerla del escrutinio ciudadano. Basta con desplazarla a un lugar secundario, presentarla mediante un lenguaje técnico e inaccesible, tratarla de forma superficial o, simplemente, sustituirla por una controversia más emotiva, capaz de captar la atención del público y con ello invisibilizar lo relevante.

En una sociedad saturada de información, la invisibilidad no siempre es producto del silencio: muchas veces es el resultado del exceso de ruido. Lo que no logra captar nuestra atención, aunque esté disponible, termina por desaparecer del debate público y, con ello, de las prioridades de la democracia.

La teoría de la agenda setting lleva décadas advirtiendo: los medios quizás no determinan exactamente lo que pensamos, pero sí influyen poderosamente en aquello sobre lo que pensamos y en la importancia que le atribuimos a cada tema. La ubicación de una noticia, el tiempo que se le dedica, la frecuencia con que se repite y el espacio que ocupa frente a otros acontecimientos contribuyen a establecer una jerarquía pública de preocupaciones.

Pero la influencia comunicacional no termina allí. El gatekeeping describe el proceso mediante el cual editores, periodistas y organizaciones deciden qué hechos atraviesan la puerta de entrada de la información, cuáles quedan fuera y cuáles reciben mayor visibilidad. El framing o encuadre determina desde qué perspectiva se presenta aquello que logró entrar: cuál es el problema, quién aparece como víctima o responsable, qué dimensión moral se enfatiza y qué soluciones parecen razonables. El priming, finalmente, explica cómo la reiteración de ciertos asuntos puede convertirlos en los criterios con los que la ciudadanía evalúa a un gobierno, una oposición o una figura política.

Por eso controlar la agenda no significa necesariamente censurar. También puede significar seleccionar, jerarquizar, repetir y encuadrar, es decir, manipular.

El proyecto de ley denominado “Escucha su corazón” es un ejemplo especialmente revelador de lo que sucede. Su eficacia comunicacional comienza incluso antes de leer los artículos de la propuesta. Se titula con un nombre que por sí mismo construye una escena emocional: hay un corazón que llama, una mujer que debe escucharlo y una decisión que queda emocional y moralmente condicionada por esa experiencia. Nombrar también es encuadrar y encuadrar también es manipular.

El título mismo de la propuesta reemplaza la discusión jurídica y sanitaria sobre el acceso al aborto en tres causales por una imagen íntima, simple y de enorme carga simbólica y emocional. Habla de aborto, maternidad, niños, “latidos”, vida y muerte, contiene todos los ingredientes que favorecen la polarización, incluye: emociones intensas, posiciones aparentemente irreconciliables, imágenes poderosas y frases fáciles de convertir en titulares, cuñas televisivas y enfrentamientos en redes sociales. Hablar de latidos apela a una de las fibras más profundas de la experiencia humana, es el “gancho emocional perfecto” produce un impacto inmediato, permite una conexión con la audiencia desde el primer segundo utilizando técnicas para seguir enganchando. La neurociencia ha descubierto que el cerebro humano diferencia entre lo que oye y lo que decide escuchar, y en época de constante ruido comunicacional este enganche inicial es central.

La puesta en escena del proyecto “escucha su corazón”, cumple con varios de los llamados valores-noticia que orientan la selección periodística: conflicto, dramatización, personalización, controversia y capacidad de producir imágenes o reacciones inmediatas.

Por otra parte, explicar temas económicos, una reforma tributaria, el desempleo o el IPC, puede requerir gráficos, antecedentes y especialistas. Mostrar a dos personas enfrentadas por un conflicto moral sólo requiere una cámara, un titular impactante y una pregunta provocadora.

Y debemos decirlo con claridad: el proyecto es importante, merece ser discutido y debe ser rechazado. Pero reconocer el peligro de esta iniciativa no puede impedirnos observar qué otras decisiones avanzan mientras buena parte de la conversación pública se concentra en ella.

Mientras discutimos sobre latidos, el Congreso tramita una de las reformas económicas, tributarias, laborales, ambientales y administrativas más amplias de los últimos años: el denominado Plan para la Reconstrucción Nacional y el Desarrollo Económico y Social.

La llamada mega reforma podría modificar significativamente la relación entre el Estado, las grandes empresas, los territorios y el medio ambiente. Algunas de sus disposiciones tendrán efectos durante décadas. La invariabilidad tributaria aprobada en el Senado, por ejemplo, permitiría fijar condiciones de invariabilidad tributaria de hasta 20 años (5 gobiernos), dependiendo del monto de las inversiones comprometidas.

Entre sus medidas se encuentra la reducción gradual del Impuesto de Primera Categoría para las grandes empresas, la reintegración del sistema tributario; garantías de invariabilidad para grandes proyectos de inversión; compensaciones económicas a empresas cuyos permisos ambientales sean revocados judicialmente y beneficios relacionados con las viviendas económicas nuevas, una amarre económico de décadas.

La discusión no es puramente técnica. Se trata de decisiones profundamente políticas: quién aporta al financiamiento del país, quién recibe los beneficios del crecimiento, cuánto poder negociador se entrega a los grandes inversionistas (nacionales y extranjeros), y quién deberá asumir el costo de una menor recaudación.

El Gobierno presenta estas medidas como incentivos para reactivar la economía, atraer inversiones y crear empleos, y con ello mejorar la calidad de vida de la población, sin embargo se han levantado voces de alerta, tanto de organismo técnicos como el Consejo Fiscal Autónomo en voz de su directora Paula Benavides quien advierte riesgos para las finanzas fiscales y solicita a hacienda compensaciones por la rebaja de impuesto a hacienda, y por parte la oposición quienes advierten una arriesgada apuesta de la actual administración en el intento hipotecar el futuro tributario del país estableciendo plazos que van más allá de este gobierno. Un impuesto no tiene latidos que escuchar, pero sí puede significar la pérdida de muchas vidas empobrecidas y desesperanzadas.

Sin embargo, explicar una reducción del impuesto corporativo, la reintegración tributaria o un régimen de invariabilidad exige tiempo, contexto y periodismo especializado. No produce imágenes dramáticas ni ofrece la emoción de los conductores de un matinal. No cabe cómodamente en un titular. No se enfrenta inmediatamente a dos personas en un estudio de televisión.

El conflicto en torno a escuchar o no latidos, en cambio, ofrece espectáculo.

Algo similar ocurre con el debate respecto a la exención de contribuciones. La reforma contempla la exención del impuesto territorial para la primera vivienda de las personas mayores de 65 años. No obstante, las contribuciones no desaparecen sin consecuencias. Su recaudación se destina íntegramente a las municipalidades y constituye una de las principales fuentes de financiamiento de los gobiernos locales. Una parte sustantiva alimenta el Fondo Común Municipal, definido como un mecanismo solidario de redistribución y como la principal fuente de financiamiento de los municipios chilenos. Gracias a este sistema, comunas con menores ingresos propios pueden financiar servicios, programas y respuestas sociales para sus comunidades.

La propia discusión legislativa demuestra que la exención tiene un costo. Luego de presiones de alcaldes que de modo transversal manifestaron su preocupación por esta medida, el Senado aprobó una compensación de 1.500.000 UTM para el Fondo Común Municipal, aunque no respaldó de la misma manera la compensación directa.

La pregunta relevante no es solamente quién deja de pagar, sino quién termina pagando en su lugar. No obstante, esta conversación puede quedar sepultada bajo el ruido de un proyecto que no es prioritario para el gobierno, pero que se transforma en la cortina de humo perfecta para ocultar cuestiones de fondo que marcarán el destino del país por décadas.

Otro ejemplo hace referencia a las preocupantes cifras de desempleo. Según el INE, el desempleo entre abril y junio en Chile es de 9,4%, el nivel más alto en 5 años, el desempleo juvenil llega a un 25% y el desempleo de las mujeres jóvenes alcanza un preocupante 28%, es decir 1 de cada 3 mujeres jóvenes no tiene trabajo, lo que condiciona su vida completa y por cierto su independencia, ¿es que acaso esta pérdida de libertad económica de las mujeres jóvenes no debiera ser titular en todos los medios de comunicación y preocupación central de las luchas feministas?, la pregunta es por qué no escuchamos este debate ni en los medios tradicionales, ni en las redes sociales, ni en el parlamento.

Por otra parte, el IPC acumulado 2026 de un 2,8% debiera ser noticia también, porque impacta en la economía familiar desde los créditos hipotecarios en UF, hasta los gastos de alimentación de las familias, pero tampoco se habla de ello. El ruido que provocan noticias irrelevantes o que se relevan más de la cuenta, oculta cuestiones de fondo, que no estamos escuchando como sociedad pero que afectan y afectarán nuestra democracia por décadas.

Ni hablar del proyecto de privatización de las semillas, de la aprobación de proyectos de inversión con graves efectos en el medio ambiente (que comprometen la vida de las generaciones futuras y la extinción de especies), de la pérdida de beneficios laborales o del proyecto de privatización de CODELCO.

No es necesario demostrar la existencia de una conspiración coordinada para reconocer su efecto político. Los gobiernos, los partidos y sus asesores conocen perfectamente el valor de instalar temas capaces de monopolizar la atención. Los medios, por su parte, operan bajo rutinas profesionales, intereses editoriales y presiones comerciales que suelen privilegiar aquello que genera audiencia, conflicto, reacciones inmediatas y contenido fácilmente compartible. La ética periodística se ve desafiada constantemente.

Las plataformas digitales completan el circuito. Sus algoritmos no necesariamente premian la verdad o la información más relevante para la democracia, sino aquella que logra mantenernos mirando, reaccionando, comentando y compartiendo. La indignación tiene una ventaja competitiva frente a la explicación. El escándalo circula con mayor rapidez que una indicación a leyes tributarias o el impacto que tendrá en el futuro el desempleo femenino actual. Una frase ofensiva se comprende en segundos; el efecto fiscal de una reforma o de mujeres sin cotizar por años exige análisis y horas de lectura.

Así se configura una verdadera “economía política de la atención”: los actores políticos producen controversias, los medios encuentran en ellas contenido atractivo, las plataformas amplifican las reacciones y las audiencias, agotadas por la sobreinformación, terminan concentrándose en aquello que resulta más sencillo de comprender emocionalmente.

El resultado es una esfera pública donde podemos pasar días discutiendo una frase desafortunada, el video del cumpleaños de un dirigente político, una influencer que le da wasabi a su perro o el mediático rescate del denominado "chino" perdido en la montaña junto a dos parvularias, mientras asuntos de enorme trascendencia, como el desempleo, la desigualdad o reformas que redistribuyen recursos y redefinen derechos económicos durante décadas, avanzan entre tecnicismos, sesiones legislativas nocturnas y una ciudadanía cada vez más distante del debate.

Este fenómeno se relaciona con lo que la literatura denomina el ciclo de atención pública. Un acontecimiento irrumpe con fuerza, alcanza rápidamente niveles extraordinarios de visibilidad y, casi con la misma velocidad, desaparece de la conversación colectiva, muchas veces sin que el problema que lo originó haya sido resuelto. La agenda pública salta de una indignación a otra, mientras las decisiones más complejas y de mayor impacto estructural continúan su curso lejos del foco ciudadano.

En este contexto, el cuerpo de las mujeres corre el riesgo de ser instrumentalizado en una doble dimensión. Por una parte, como un territorio sobre el cual determinados sectores buscan reafirmar formas de control político, moral y cultural. Por otra, como el eje de una controversia lo suficientemente intensa para monopolizar la atención pública y relegar a un segundo plano debates económicos cuyas consecuencias afectan al conjunto de la sociedad.

Sin embargo, la respuesta no puede consistir en abandonar la defensa de los derechos sexuales y reproductivos para concentrarnos exclusivamente en la economía. Esa es una falsa dicotomía que solo favorece a quienes obtienen beneficios de una ciudadanía obligada a escoger entre derechos que, en realidad, son inseparables. La autonomía reproductiva y la autonomía económica forman parte de una misma lucha por la igualdad y la libertad de las mujeres.

El verdadero desafío democrático consiste en impedir que la administración de nuestra atención determine también la jerarquía de nuestros derechos. Debemos ser capaces de sostener simultáneamente ambas conversaciones: defender el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y, al mismo tiempo, examinar críticamente las reformas económicas que redistribuyen riqueza, modifican derechos sociales y definen quién gana, quién pierde y quién termina pagando los costos de las decisiones públicas. En una democracia de la atención, no sólo importa qué temas se discuten, sino también cuáles dejan de discutirse mientras todos miran hacia otro lado.

Un periodismo verdaderamente democrático y éticamente correcto, no puede limitarse a cubrir aquello que grita más fuerte. Debe jerarquizar las noticias de acuerdo con sus consecuencias, explicar los proyectos complejos, contrastar las promesas económicas y seguir el recorrido del dinero público. Debe preguntarse no sólo qué genera polémica, sino qué transforma materialmente la vida de las personas. Porque el poder no siempre actúa escondiendo información. A veces la información está disponible, publicada en cientos de páginas, distribuida entre informes, indicaciones y sesiones legislativas. Pero permanece socialmente oculta porque nadie la explica, nadie la jerarquiza y ningún algoritmo considera rentable mostrarla.

La saturación es una forma de invisibilidad y por cierto de manipulación.

La pregunta, entonces, no es si el proyecto “Escucha su corazón” merece atención. Claro que la merece. La pregunta es qué ocurre cuando su enorme carga emocional termina desplazando del debate decisiones menos espectaculares, pero igualmente profundas y duraderas: aquellas que determinan quién aporta al financiamiento del país, quién recibe sus beneficios, con qué recursos contarán los municipios para sostener el bienestar cotidiano de sus comunidades o quién está sufriendo los embates del desempleo.

No se trata de dejar de dar la batalla cultural. Se trata de volver a mirar la economía como un elemento central. Porque mientras discutimos el espectáculo, la verdadera redistribución del poder y de los recursos puede estar ocurriendo fuera de cámara, lejos de los matinales y enterrada bajo el ruido de las redes sociales.

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