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La banalidad de la barbarie y la inversión de las tradiciones. Por Camilo Carrasco

Si en algún momento es adecuado hablar de regresión democrática es en aquel en que, no solo las instituciones y ritos democráticos se ven denostados y desvalorizados, sino en que también hay una operación de desmontaje de los acuerdos políticos públicos alcanzados a través de la actividad democrática.

Por cierto, que creo, por un lado, que la nominación no es bastante para poder calificar algo de democrático: no cualquier asunto que se llame democrático lo es, ni cualquier institución que diga practicarla, lo hace. Asimismo, que la democracia, al ser más que una palabra como se desprende de lo anterior, es una práctica, una cultura, un valor, una ideología, un modelo, un paradigma y un quehacer. Una práctica colectiva que como pueblos nos damos para convivir, una cultura de convivencia y coexistencia que apunta a la erradicación de la barbarie, un valor personal y colectivo que se hace carne, o no, a veces; una ideología, una creencia ideada en que algo es de cierta forma; un modelo, el regente en Chile desde su recuperación en 1990; un paradigma, dígase, un esquema mental en el cual se desplazan y maniobran las mentes de lo político y lo público del país, y por tanto, un quehacer. La decisión de desplazar y maniobrar la mente en lo político y público del país y así, de la República.

Si es, por ende, la democracia un organismo, un ideal, un creer y un hacer, la historia de esa democracia es la historia de cómo, en ese quehacer, el organismo habitó su ideal, a través del resguardo y actualización de sus creencias, y, de como hizo, vivió; su historia no es otra que la historia pública de lo que este organismo ha hecho. Los acuerdos tomados, por ejemplo, en el parlamento, serían algo así como el gesto concretado después del comando psíquico-físiológico, emanado de una disonancia provocada por alguna moción levantada por algún organelo del organismo operativo en el gran cuerpo que sería una República. La historia de este ser leviatánico, más grande que cualquier otro, que es el estado, se compone, dígase, de la historia de los distintos sistemas y organismos que le componen. Así, nuestro cuerpo democrático ha sido sometido a muchísimas intervenciones, a través de la democracia, que son, para objeto de este escrito, las únicas intervenciones que se considerarán legítimas.

Las marcas y cicatrices de transformación en nuestro país son registro de la vida e historia de este organismo, marcas y cicatrices que son las leyes promulgadas, revisadas, decretos de derogación, resoluciones, letras y quedecires que se han hecho gesto del organismo en cuestión. Esa historia, por su propia naturaleza, se cuestiona y devora a si misma constantemente para su propia subsistencia y así las personas que dotan de vida a este organismo, negocian sus deseos pasionales en búsqueda de que prevalezca un deseo colectivo, o se construya cuando no lo hay. Las marcas y cicatrices son fotografías de la historia reciente, archivadas las fotografías que son actualizadas. Son, sin dudas, mucho más que un papel, ya que condensan momentos, necesidades, procesos, clamores, urgencias; como las fotografías, son referencia a mucho que las envuelve.

Siendo el gesto, la manifestación orgánica de un organismo, sujeto a tanto más dentro de su sistema de albergue, mucho ocurre antes de / para que los gestos se hagan en esta extremidad del leviatán que es lo colectivo, común, popular, público. Para que la interrupción terapéutica del embarazo se cuestione en septiembre de 2023, operan una enorme cantidad de factores, como en cada hito histórico. De acuerdo a un documento de El Mostrador del año 2017 (1) el cuerpo Chile entró a la década de 1930 sabiendo que, en términos sanitarios, la ciencia habilita su paradigma para que quepa la posibilidad de que sea necesario interrumpir un embarazo por motivos urgentes de salud de quién lleva adelante ese embarazo. También que este era un saber heredado de forma ancestral desde tiempos coloniales, y que presumiblemente, fue parte de la cultura del país a lo largo de toda su historia. Es, entonces, una tradición arraigada en el corpus país. Como muchos otros procesos, instituciones y tradiciones, fue atentada a través del terrorismo de estado en la interrupción criminal de la democracia que constituyó el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. El mismo documento retrata como una herencia de la dictadura la prohibición vigente hasta hace poco, proclamada a fines de la misma, de hecho.

De acuerdo a lo manifestado más arriba en este texto, no hay legitimidad en dicho dictamen. Por ende, podríamos hablar incluso de la restauración del patrimonio institucional del país al promulgarse el acceso en términos terapéuticos. La expansión del acceso que constituye a las corporalidades solicitantes en sujetas de derechos, que pueden ser vulnerados a través del acto de la violación sexual, que pudiese ser resultante en un embarazo (que empeoraría el crimen cometido) y donde corresponde que se accionen mecanismos de reparación y restauración del cuerpo atentado, constituiría una transformación democrática, hecha gesto en el organismo legislativo después de diversos procesos vividos por el corpus país. El cuestionamiento democrático que habita al sistema y al corpus país, en el organismo democrático de la comisión constitucional, es otro de esos procesos. Probablemente, se han vivido cuestionamientos similares (ajenos, por cierto, a la prohibición tiránica) que, por cuestiones históricas, hacen de este cuestionamiento uno muy notable que ha despertado otros mecanismos de acción democrática, como la opinión y manifestación de alerta de distintas organizaciones de carácter público y político.

Resulta difícil, sobre todo en vista de la historia reciente, que nuestro país abandone sus tradiciones y vote contra ellas. Creo, personalmente, que la instalación de una idea tan distinta (binariamente, de hecho) que, al oponerse a otra, no puede vivir con esta, siendo aquella otra a la que se opone una tradicional del cuerpo país, motivará un estornudo en términos electorales. En esto, y muchos otros procesos e hitos históricos recientes, se evidencia el sesgo con que, en beneficio de algunas (o de incluso supuestas, como el rodeo que despierta altísimo rechazo en sondeos de opinión), otras tradiciones nacionales se olvidan. La solidaridad es una tradición nacional de tal nivel que ha sido resaltada como adjetivo solitario al nombrar nuestro país en el extranjero, en momentos de calamidad natural o política. La solidaridad en término de pensiones, por ejemplo, es un proceso que fue interrumpido también por la lanza criminal de la interrupción del caminar del cuerpo país. Culturalmente, hoy, es difícil saber con certeza cual es la fuerza de la tradición de la solidaridad en término de pensiones, al no ser un asunto plebiscitado y haberse enmarcado en muchos otros en el anterior proceso constitucional, donde también se nominaba el asunto del aborto. En dicha propuesta, sin embargo, el maximalismo era ideológicamente distinto, sino opuesto, si es que decidimos asumir una visión paradigmática binaria de las formas de pensar en nuestro país. El derecho a decidir de forma libre, autónoma e informada es muchísimo más que la intervención quirúrgica de emergencia y urgencia de riesgo vital como se asume en la tradición que recoge el documento citado de El Mostrador.

Por cierto, decidir de forma libre, autónoma e informada es una frase que, tanto, recoge como instala. Vale decir, en nuestro país la censura sexual ha retrocedido dando paso a manifestaciones diversas, de reacción multipropósito. La censura al cuerpo odiado que constituye el ataque o crimen de odio ha sido más brutal, y sería intelectualmente deshonesto no reconocer una apertura la posibilidad de habitar libremente la expresión de género y de la sexualidad, por ejemplo, al observar las tendencias culturales. Toda esta posibilidad está, claro que mientras no ocurra el infortunio del encuentro con un atacante. El cuerpo país habita un proceso al respecto, como lo hace respecto de todo lo que le ocurre.

La propuesta también modificaba una tradición, y una mayoría considerable decidió defender la tradición. ¿Será entonces presumible que algo similar ocurrirá en este proceso? Prefiero evitar la predictibilidad y ciclicidad de la historia, sobre todo en septiembre de un año que termina en 3, y aludir a algo similar a un cuerpo, sistema, con organismos, que cuenta con un habitus, dígase, formas de obrar, pensar y sentir, o también, una cultura, un paradigma, una tradición. Personal y políticamente creo que el amor al país, a su república, a las personas que le habitan, a los pueblos y sus tradiciones y cultura, moverá a muchas personas a la defensa de la tradición del resguardo de la salud y vida de una persona embarazada. Es lo que creo, y es probablemente lo que me motivará a votar en contra de la propuesta si establece la misma prohibición que en nuestra historia reciente fue dictada tiránicamente. La defensa de la libertad, las tradiciones, las familias y personas chilenas, es también, hoy, la defensa de su democracia, y esa democracia ha resguardado y defendido un derecho por muchísimo tiempo, convirtiéndolo en tradición.

La misma libertad y democracia habilitan la creencia individual o colectiva respecto de este derecho, asunto, tema, ley, así como de muchísimos otros, todos; por naturaleza y por sentido vital de ambas, democracia y libertad, cuya existencia tiene por aspecto central el motivo de tanto la democracia como la libertad, respectivamente. El motivo de existir, el sentido de existir de la democracia y de la libertad en el país, cuerpo, sistema, al ser las propias Libertad y Democracia, y defienden al existir el derecho, la posibilidad, de habitar creencias individuales o colectivas, habitar en libertad y democracia dichas ideas, pudiendo ser transformadas o defendidas, y habitando con libertad y democracia lo común, colectivo, del cuerpo país.

Ese cuerpo país, sin embargo, es muchísimo más grande que incluso la suma de las individualidades o colectividades que sostengan dichas ideas, pues, al sumarse separadamente, no son más que un conjunto. Un cuerpo no es un conjunto de sistemas, organismos, ni en esta caso, de personas, o si lo es, no es eso solamente. Es también, entre otras cosas, el fenómeno de convivencia, un acto de cohabitación. Y ese fenómeno de convivencia, si bien alberga el conjunto de todas esas individualidades y colectividades, no lo hace sin mediar la relación entre todas ellas.

El cuestionamiento al aborto (ni libre ni terapéutico, sólo aborto) tiene un marco, social, ideológico, y también ocurre en un marco histórico. El aceleramiento de los procesos históricos hace fluir la hegemonía en un péndulo de potencial caótico a velocidades inexploradas, por , también la hegemonía de los grupos, ideas, quizá en algún punto también tradiciones.

El mayo feminista de 2018 fue hace, ¿Cuánto?. Hay muchísimas respuestas, la del calendario, la de la sociología, la de los ciclos electorales, la de la política institucional, la del habitar del cuerpo país, y de los organismos que han tenido gestos al respecto, por ejemplo, del tema del aborto; y globalmente se vive también una avanzada comunicacional, política e ideológica de los grupos a los que o fue arrebatada la hegemonía en el fenómeno global de la oleada feminista más reciente, o a los que ha sido negada, privada o arrebatada en distintos niveles. El valor machista ha sido reivindicado públicamente, han resurgido registros de un ciclo decenal atrás donde también ocurría, sin embargo, por el tenor de la historia contemporánea, hoy no son cuñas en programas de farándula de entrevistas a participantes de programas de talento, sino que son discusiones institucionales. En un país que del mayo de 2018 hasta acá ha vivido un poco más de cinco años, y un poco más de lo que ocurre en cinco años si la muestra se toma de otro momento de la historia. Por cierto que en esos cinco años, el cuestionamiento incendiario a las instituciones y su fortalecimiento y robustecimiento, como las altísimas sintonías televisivas de audiencias de formalización o votaciones parlamentarias de nuestra historia reciente, como el juicio a Martín Pradenas, o la votación de los retiros de fondos de pensiones (fenómeno en si mismo que configura y predispone mucho de lo que después ocurre con las transmisiones televisivas de la convención constitucional v1 e incluso con la tramitación de la reforma constitucional que le daría nacimiento, por ejemplo en la tramitación de la paridad).

También, con similar velocidad, en el mundo se erigen cuestionamientos a las tradiciones de las distintas naciones y países, desde paradigmas de pertinencia histórica particular. La religiosidad, el resurgimiento de valores militaristas, el ultraliberalismo económico, el supremacismo, la xenofobia, la guerra y el hambre reaparecen en la historia presente, después de aparentes tomas de pequeñas bastillas ideológicas de cosas como el antirracismo y la elección del ex presidente Obama (país que hace poco vivió una contingencia similar en el mismo tema del aborto) o la solidaridad y ObamaCare. La arremetida de Putin contra Zelenski , la guerra contra el “retrato de valentía” en portada de Vogue, la relegitimación masiva de lo bélico en tiempos de Vogue, Devil Wears Prada, Balenciaga y una nueva temporada de Sex in the City.

En Chile, muy occidental, y muy símil al país de ObamaCare (2010) , Copago Cero (2022) o gratuidad en prestaciones en el sistema de salud pública, Black Lives Matter y Estallido Social, el asalto al Capitolio. En Argentina, hace poco, saqueos. La crisis es bastante longeva y geográficamente extendida. Como todo fenómeno desatendido, se acrecienta al tiempo que frivoliza, se vuelve más grave y caótico.

El asunto constitucional, no constituyente, de Chile, es un proceso que no se cerrará, creo, en este segundo proceso, ni en un tercero. Los ensayos constitucionales fueron, también, una época de nuestro país, ¿no? “Hubo tres ensayos constitucionales, en 1811, 1812, y 1814, todos muy distintos entre sí” (2). Toda la historia transcurrida desde entonces solo nos ha complejizado como país, también como personas (pertenecientes a una especie, lógicamente, no hay registros de personas de tal longevidad en Chile), a la par con todo el mundo, que también se ha complejizado de forma considerable en dos siglos, aproximadamente. Me parece lógico, entonces, sugerir que la complejidad de este proceso será mayor y que, en un contexto de cuestionamiento institucional, ideológico, político, pero también humano, evidente en olas feministas, posfeministas, queer y cuir, y neomachismos; acción climática, antiespecismos y ecologismos, ¿neoprotofascismos? Incluso, alt-left y alt-right o nuevas izquierdas y nuevas derechas como respuestas a sus predecesoras La complejidad adquirida históricamente tiene muchísimas capas y la velocidad de la resolución del problema constitucional y constituyente, creo, dependerá de la velocidad con que se incorporen dichas complejidades. Dígase entonces, el tratamiento debe ser más crítico. De crisis y de crítica.

Los dos procesos recientes, el segundo en curso, no incorporan complejidad alguna en su comportamiento interno (independiente de cuanta complejidad incorpore en su composición), y constituyen dos avasallamientos de mayorías circunstanciales por sobre minorías circunstanciales, y la expectativa de avasallar también a una mayoría inmutable, el país. Alguna vez en una columna publicada también aquí, titulada “el atardecer tardío del siglo xx”, hablé del momento/fenómeno descrito por Alberto Mayol como adversariato, piedra angular de la política contemporánea, en el que “priman sobre todo la trinchera y la tribu, los paraísos individuales compuestos por individualidades que me acomoda y nunca un todo [todo que es] un escenario donde no sólo existo yo y mi pertenencia sino posiciones [y personas] diferentes, y aunque no lo sean, si no aceptan mi invitación a mi tribu, se constituyen otredad, forastero, enemigo [adversario]. (Lo que está entre corchetes cerrados son actualizaciones del texto de Julio de 2021) (3).

La sociedad chilena se ha complejizado mucho más allá de la discusión del aborto y su prohibición, y ha discutido sobre derechos sexuales y reproductivos. Aunque esta discusión haya sido habitada de forma minoritaria, fue aludida de forma nacional, en el plebiscito. El problema actualmente es procedimental, en mi opinión. El actual proceso es improductivo y el tercero lo será también a menos que se diferencie de la política reciente y abrace la tradición. En Chile, sin cabildos, difícilmente habrá una nueva constitución política.

Referencias

1.- https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/03/11/aborto-breve-historia-de-la-ley-chilena/

2.- https://www.gob.cl/hagamoshistoria/lineadetiempo/

3.- https://lemondediplomatique.cl/el-atardecer-tardio-del-siglo-xx-por-camilo-carrasco.html

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