En kioscos: Octubre 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

La Barca de las Humanidades para un Chile que hoy zozobra… Por Ricardo Espinoza Lolas

…a los que escriben libros… a la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

En verdad, no voy a decir nada directamente sobre la política institucional que emana del actual gobierno, totalmente ideológica, a un nivel grotesco, de Kast y de sus socios políticos y votantes; tampoco nada sobre sus ministerios, como el de Educación, ni sobre el tristemente célebre Ministerio de Ciencia. ¿Para qué decir algo si ya se ha dicho casi todo en estos días y por grandes figuras chilenas?

Es una vergüenza, así de simple.

No hay aquí ninguna visión de Estado. Lo que se advierte es, más bien, la aplicación ideológica y brutal de un modelo que no solo destruye y asfixia los diversos modos del saber, sino que termina afectando también aquello que está en juego en toda concepción de lo humano. Porque cuando un país deja de comprender el saber como una pluralidad viva de formas de pensamiento, creación, investigación y comprensión del mundo, comienza también a perder la capacidad de pensarse a sí mismo. Y eso es mucho más grave que una determinada política ministerial: es la pérdida de una idea de comunidad.

Necesitamos ciencias y saberes que sean capaces de construir un NosOtros; es decir, espacios donde una comunidad diversa pueda encontrarse entre sí sin tener que destruir aquello que la diferencia. Una comunidad que comprenda que el otro no es una amenaza que deba ser eliminada, neutralizada o convertida en enemigo, sino precisamente aquel otro en tanto otro que nos constituye radicalmente.

De eso se trata, en último término, la bella Barca de Chile: de que podamos navegar juntos, siendo diferentes, sin que la diferencia se transforme permanentemente en odio. Una barca común no exige que todos seamos iguales; exige que sepamos habitar juntos el mismo mar.

El sistema educativo chileno, en sentido amplio, posee un conjunto de elementos que permiten realizar la investigación necesaria para que el país pueda salir adelante en estos oscuros y complejos momentos —sin entrar aquí en la propia enseñanza que imparten sus académicos en la formación de las nuevas generaciones—. Y esto es especialmente relevante por medio de sus universidades: grandes universidades que son, en cierto sentido, verdaderas barcas históricas de Chile, como es el caso de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso en las regiones.

No olvidemos, además, que a través de instrumentos como los proyectos Fondecyt, los proyectos Anillos, los Institutos Milenio y otros programas, sin contar el papel que ha desempeñado CORFO, entre muchas otras instituciones e iniciativas, se ha ido construyendo una base que nos permite mirar con cierta tranquilidad lo que ya se ha realizado en nuestro país. Se trata de un trabajo acumulativo que ha permitido que la investigación chilena alcance niveles importantes y que, con sus dificultades y problemas, ha continuado desarrollándose de manera sostenida desde la recuperación de la democracia.

Por eso, más que destruir lo que existe, lo que corresponde es seguir haciendo bien las cosas: corregir allí donde sea necesario, perfeccionar el modelo, optimizar sus instrumentos y, sobre todo, permitir que la investigación pueda dar de sí todo aquello que Chile necesita para enfrentar los grandes problemas del presente y del futuro próximo. Pero junto con todo esto están las humanidades en sentido amplio, y allí incluyo también las ciencias sociales y las artes. Y no debemos olvidar su propia labor específica, entre otras muchas, en la escritura y creación de libros, que constituye un verdadero baluarte y una parte fundamental del saber propiamente tal de estos campos.

Pensemos, por ejemplo, en la Ilíada y la Odisea, atribuidas a Homero. Su fijación escrita se sitúa habitualmente en la Antigüedad arcaica (siglo VIII a.C.), y desde entonces estos textos no han dejado de producir pensamiento, interpretación, educación, creación y discusión. No fueron simplemente libros que alguna vez estudiaron los atenienses o los habitantes de otras polis griegas. Se convirtieron en parte fundamental de una práctica de transmisión y elaboración del saber que, bajo formas históricas diversas, ha atravesado casi tres milenios.

Las Humanidades, que las escribiré en mayúscula después del trato indigno que este gobierno realiza de modo consciente y premeditado para desacreditarlas por “zurdas” (léxico totalmente ideológico), se muestran de modo brillante en sus libros y al parecer esto molesta e inquieta a mucha gente. ¿Qué son los libros? ¿Por qué ellos manifiestan de modo tan acertado el quehacer de las Humanidades y en esto mismo en el desarrollo transversal del humano que funciona como soporte de lo ético-político? Los que escribimos libros y leemos libros y en nuestros hogares hay libros, regalamos libros, nos compramos libros, tenemos tan claras las respuestas a estas preguntas. Sus respuestas son para nosotros demasiado evidentes, pero debemos explicitarlo. Los libros son en sí mismos barcas del NosOtros.

¿Qué tienen los libros para poder ser un tipo de barcas del NosOtros y, además, para ser algo tan importante que solo acontece verdaderamente en la medida en que se los lee? Leer un libro debe ser una de las experiencias más únicas, bellas e importantes que ha generado el ser humano a lo largo de su desarrollo evolutivo. Cuando uno lee un libro —por ejemplo, un libro de poesía, una novela, un ensayo filosófico o un relato— ocurre algo muy especial en el animal humano: algo acontece en su neocórtex, en su inteligencia, en su imaginación, en su libertad y, en definitiva, en su modo mismo de estar en el mundo.

Leer —y leer más o menos bien, con un modo adecuado de lectura— requiere, entre otras cosas, tiempo. Sin tiempo es imposible leer. Y aquí aparece una de las dimensiones políticas y ontológicas más profundas del libro: el libro es el enemigo mortal de la neurosis de la inmediatez, tan cara a la construcción de la máquina capitalista contemporánea, una máquina que nos devora precisamente porque nos mantiene permanentemente ocupados, acelerados, distraídos y capturados en un presente sin profundidad.

El libro interrumpe esa lógica. El libro nos regala tiempo y con ello nos abre a nosotros mismos ante un NosOtros que nos constituye. Y con esto me refiero a lo siguiente, que no tiene nada de difícil de entender ni mágico. El tiempo nos demora, esto es lo decisivo, y así el espacio cobra cuerpo y, en este juego de tiempo y espacio que nos abre el libro, nos volvemos un habitante de otro mundo; somos un espejo que nos media a nosotros mismos: un espejo evanescente que dura mientras leemos de modo radical, pero que, a la vez, sigue y nos acompaña por un gran tiempo-espacio de nuestra vida.

El libro nos media a nosotros mismos en tiempos brutales de inmediatez que nos abruman e intoxican y enferman. El libro nos interviene constitutivamente, nos perfora. Y es la única forma en que podamos ser otro para nosotros mismos y, con ello, que todo otro nos toque, desde lo humano hasta las cosas: la caricia de las cosas nos toca y de este modo somos juntos con esas cosas.

El libro nos permite estar en el tiempo y espacio de los otros que somos. Y así no solo leemos cuando leemos, sino que analizamos, criticamos, nos conmovemos, creamos, soñamos, nos enamoramos y nos adueñamos de modo radical de un mundo por descubrir que habito con otros y con todo otro.

El libro hace mundo porque somos un NosOtros para cada uno. Todo yo se descubre radicalmente desde otro que lo constituye cuando leemos.

Mi querido lector de esta columna de Le Monde diplomatique: no solamente leas esta columna. Lee libros. Escríbelos. Créalos. Haz de la lectura y de la escritura una forma de habitar el mundo y de encontrarte con otros. Porque, de este modo, la maquinaria capitalista de esa ideología más rancia pierde, poco a poco, su fuerza narcótica, esa fuerza que nos envenena diariamente con la inmediatez, el consumo, la distracción y el sinsentido. Y entonces no solamente podremos imaginar y pensar un fin posible para este cierto capitalismo viral que nos acontece como un falso fin de los tiempos, sino que, además, seremos más felices. Disfrutaremos más de la vida. Tendremos nuevamente tiempo para demorarnos en las cosas, para conversar, para pensar, para leer, para escribir, para crear. Y es posible que, en ese movimiento, volvamos también a amar.

A amar eso. A amar ello. A amar a ella. A amar a él. A amarte a ti mismo. A amar al otro. A amar a NosOtros.

A amar, incluso, aquello que parecía perdido: nuestro Chile…

Concón, 4 de septiembre de 2026

Compartir este artículo