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La belleza que hiere: María Griselda y el misterio imposible de poseer. Por Verónica Millas

Hay personajes literarios que no necesitan ocupar el centro de la escena para dominarla por completo. María Griselda, creada por María Luisa Bombal, pertenece a esa categoría inquietante: figuras que, aun cuando parecen esquivas, terminan imponiéndose como una presencia ineludible. En su historia —publicada en 1946—, Bombal no solo construye a una mujer hermosa, sino también un enigma que desestabiliza todo lo que toca.

La trama se despliega en un fundo del sur de Chile, donde la llegada de María Griselda altera el delicado equilibrio familiar. Su belleza, descrita como casi sobrenatural, despierta fascinación, deseo y rivalidades. Pero lo más notable es que ella no actúa deliberadamente para provocar ese efecto: basta con su mera existencia. Esta aparente pasividad es, en realidad, una de las claves del relato. María Griselda no domina; es dominadora por ausencia de intención.

Bombal subvierte así un lugar común: la belleza como bendición. En este universo narrativo, la hermosura no ofrece plenitud, sino que inaugura una cadena de tensiones. La protagonista se convierte en objeto de proyecciones ajenas, en un espejo en el que los demás depositan sus deseos, frustraciones y carencias. Como bien han señalado distintos críticos, su figura se define menos por lo que hace que por lo que provoca. 

Desde esta perspectiva, la belleza aparece como una fuerza profundamente ambivalente: atrae y hiere, ilumina y destruye. Ignacio Valente la describió alguna vez como un “poder devastador”, casi telúrico, que escapa al control humano. No es casualidad que la narración esté impregnada de una atmósfera poética y misteriosa, en la que la naturaleza parece dialogar constantemente con lo femenino. María Griselda se aproxima así a lo mítico: más ninfa que mujer, más símbolo que individuo.

Pero hay otra lectura igualmente reveladora. Desde la psicología analítica, el personaje encarna aquello que Carl Gustav Jung llamó el “ánima”: una imagen idealizada que habita en el inconsciente y que proyectamos sobre los demás. Nadie ve realmente a María Griselda; todos ven reflejada en ella su propia fantasía. Este mecanismo explica tanto la adoración como el rechazo que despierta. La tragedia, entonces, no reside en su belleza en sí, sino en la incapacidad de los otros para reconocerla como sujeto.

El punto culminante del relato —el disparo de Alberto— condensa esta tensión.

Más que un acto de violencia individual, puede leerse como un intento desesperado de destruir aquello que no puede ser poseído. Cuando el deseo se vuelve incapaz de aceptar la autonomía del otro, se transforma en una fuerza destructiva. Sin embargo, María Griselda sobrevive. Y ese detalle es crucial: el misterio persiste, intacto, irreductible.

Las lecturas feministas han profundizado aún más en esta dimensión. Desde esta mirada, la belleza de la protagonista no es una maldición en sí misma, sino el resultado de una sociedad que reduce a las mujeres a objetos de contemplación y de control. La tragedia emerge de ese entorno incapaz de aceptar la libertad femenina. Así, el personaje deja de ser solo una víctima del deseo ajeno y se convierte también en una forma de resistencia simbólica.

Quizás por eso María Griselda sigue fascinando. No porque ofrezca respuestas, sino porque encarna una pregunta persistente: ¿qué ocurre cuando aquello que admiramos no puede ser poseído? Bombal parece sugerir que, en ese punto, el deseo se enfrenta a sus propios límites. Y no todos logran soportarlo.

En tiempos en que la imagen sigue siendo un territorio de disputa —especialmente para las mujeres—, este relato conserva una vigencia inesperada. Nos recuerda que la belleza, lejos de ser un atributo inocente, puede convertirse en un campo de fuerzas contradictorias: deseo, poder, violencia y libertad entrelazados en una misma figura.

María Griselda, en definitiva, no es solo un personaje. Es una advertencia. Y quizá también la posibilidad de comprender que hay misterios que no están hechos para ser conquistados, sino simplemente para existir.

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