Kast vuela alegremente, junto a sus ministros, a Buenos Aires para tener una sesión de trabajo y asesoría con el brillante “filósofo” Milei, el gran pensador y, además, activista de la libertad del continente, del planeta entero. No es necesario decirle al buen lector que lo que escribo es una ironía, con algo de humor negro, muy negro y ácido. ¿Qué ocurre en la cabeza del presidente chileno que, para iniciar su primer viaje internacional, decide juntarse, ni más ni menos, con el presidente argentino? ¿Cómo será la cabeza enigmática de Milei que se siente el garante de la libertad planetaria y de este modo, siente y se emociona porque da tranquilidad y sosiego a todos, por ejemplo, al propio presidente chileno?
La libertad ha sido cancelada delante de nosotros mismos en estos tiempos de “trumpismo” planetario y no nos hemos dado ni cuenta o, se podría decir, de forma más brutal, somos nosotros mismos los que hemos cancelado la libertad para luego, de modo irreflexivo e inconsciente, buscarla por todas partes porque se ha extraviado, para así sentirnos que vamos por buen camino y no bordeando el abismo de nuestra propia estupidez sin límites. El Libertador, con motosierra en mano, nos va eliminando la libertad de nuestro cuerpo, de nuestro tejido sociohistórico; con cada corte que nos hace, nos arranca la piel, las extremidades, los otros que nos constituyen y, finalmente, la cabeza. Hemos sido descabezados de forma brutal, pero sin dolor, porque el que nos libera nos quiere sin cabeza, pero, al mismo tiempo, nos hace reír con sus bufonadas de niño malcriado y gritón.
Kast, al llegar al Palacio Rosado con su comitiva de gente libre, ve todo del mismo color que el libertario, a saber, rosado: todo es rosado, sin diferencia alguna. En ese palacio de la libertad todo se ha vuelto del mismo color, uno que nos indica que estamos ante la figura misma de una libertad cancelada, y es, de esta forma, como debe operar la mano diestra de la motosierra. En el país rosado se aprenderá a usar la motosierra por el bien de “todos”, en especial, de unos “todos más todos que otros”. En esta chapuza de encuentro entre descabezados y otros que perderán su cabeza rápidamente, también de manera alegre, todo por ser libres, se da la paradoja en que cada uno hace lo que puede con su emoción ideológica por el bien de sí mismo, y a la vez, del dios al que le obedecen, esto es, al descabezado por excelencia: un narcisismo extremo infantilizado que traspasa cualquier límite.
Al final del encuentro rosado, se ha logrado imponer la censura de toda cabeza que intente ser libre, prohibido pensar, porque en el fondo no había nada más que un vacío somnoliento con una carcajada de un mal chiste del Joker. No era ideología, en el sentido clásico, ni nada de extrema derecha; eso sería muy complejo para los que nos quieren liberar. Se trataba de algo más simple, de gente que juega a ser el que libera a su patria de las cadenas de la izquierda, pero en el fondo, era jugar a ser el rey que trae libertad tal como la entiende cada uno de ellos: sin cabeza alguna con motosierra en mano.
Lo fálico devino motosierra, la que le gusta no solo desde Ayuso a Musk, y a tantos, y con ella, entre las manos, nos hemos quedado abandonados a nosotros mismos, descabezados todos y en modo pandémico viral, que aumenta por doquier y sin parar. Y todos vamos perdiendo nuestras cabezas, cortando las cabezas de otros y arrancando nuestras propias cabezas cuando vuelven a florecer sobre nuestros cuellos.
Pero algún día… no muy lejano… nos volveremos a mirar a la cara y reír de modo grotesco, no pararemos de reírnos de forma exagerada, porque ahora, al parecer, llevamos algún tipo de sombrero, como amuleto y fármaco, que nos impide volver a perder la cabeza; aunque ya sabemos que la perderemos en el futuro, pero es porque somos radicalmente libres…
Concón, 6 de abril de 2026
