En Chile, la política ya no se entiende sin la pantalla. Las campañas, los debates, los recorridos territoriales e incluso los silencios estratégicos encuentran eco no en el rumor de la plaza pública ni en el lento despliegue de la palabra impresa, sino en la inmediatez de los dispositivos digitales. El presente político parece residir en la luminosidad de una fotografía, en el ritmo de un video viral, en el eslogan capaz de condensar en segundos lo que antes requería horas de discusión. Así, la política se desliza hacia el terreno del espectáculo, y quienes aspiran a gobernar se ven obligados a transformarse en celebridades.
Este fenómeno, al que podemos llamar “celebrificación”, no es simplemente una moda pasajera. Es un cambio estructural en la manera en que los liderazgos se representan y se consumen socialmente. Los políticos chilenos han debido asumir roles que se parecen más a los de actores o músicos populares que a los de dirigentes tradicionales. Deben mostrarse extraordinarios (figuras de carisma, con gestos memorables) y al mismo tiempo ordinarios, capaces de hablar como vecinos, de mostrarse cercanos, de proyectar una vida cotidiana que genere identificación. Esa tensión entre lo excepcional y lo común es lo que los sostiene en la arena mediática, y lo que configura la política contemporánea como una especie de telenovela nacional.
En esta transformación, la lógica mediática se convierte en regla de juego. La política adopta los tiempos de la televisión y ahora los de las redes sociales: ritmo rápido, mensajes cortos, imágenes fáciles de compartir. Lo importante no es el argumento detallado, sino el impacto inmediato; no es la profundidad del análisis, sino la capacidad de producir un gesto que se replica miles de veces en un mismo día.
En este marco, los liderazgos políticos son tratados como marcas. Cada gesto se convierte en un logotipo simbólico: la manera de hablar, el vestuario, la postura corporal, los entornos escogidos para aparecer públicamente. No se trata solo de comunicar ideas, sino de producir una estética que sea reconocible y que diferencie a un rostro de otro en un mar de información que compite por segundos de atención.
Así, la política se teatraliza. Los debates se transforman en espectáculos de confrontación diseñados para la televisión, donde importa más el golpe de efecto que la argumentación sostenida. Las giras por el país se convierten en sesiones fotográficas, con sonrisas ensayadas y escenarios escogidos para dar la impresión de cercanía. Las conferencias de prensa se reducen a declaraciones calculadas para generar un titular. Y las redes sociales actúan como escenario permanente donde cada político debe estar disponible, opinando, mostrando, reaccionando.
Un elemento central de la celebrificación es la exposición de la intimidad. Los políticos se ven obligados a hablar de su vida familiar, de sus gustos personales, de sus emociones más profundas. La ciudadanía, transformada en audiencia, exige autenticidad, quiere sentir que conoce a la persona detrás del cargo. Así, la confesión se convierte en parte del repertorio electoral: lágrimas en público, recuerdos de infancia, relatos de sacrificio o superación personal.
Lo paradójico es que esa intimidad se construye cuidadosamente como un producto. La emoción genuina convive con la puesta en escena; la autenticidad es administrada por equipos de comunicación. El resultado es una política que se juega en la frontera entre lo real y lo fabricado, entre la vida vivida y la vida representada para las cámaras.
La celebrificación también transforma la posición de la ciudadanía. El votante ya no es solo un sujeto político que delibera, sino un espectador que consume imágenes y relatos. La relación con el candidato se parece a la que se establece con una celebridad de la música o el cine: se le sigue, se le comenta, se le critica o se le aplaude como si fuera parte de una trama conocida.
Esta relación parasocial genera la ilusión de cercanía: el político aparece como alguien familiar, casi parte de la vida cotidiana del ciudadano, no porque se discuta con él, sino porque se le ve a diario en la pantalla del celular. La política se convierte en una narrativa continua, en la que cada candidato actúa como personaje de una serie en transmisión permanente.
La gran pregunta es qué significa todo esto para la calidad de la democracia chilena. Por un lado, la celebrificación abre la política a nuevos públicos. Quienes no se sintieron interpelados por los discursos solemnes de antaño pueden sentirse atraídos por un lenguaje más directo, por un gesto emocional, por una historia personal que refleja sus propias experiencias. La política, en este sentido, parece volverse más accesible, más cercana, menos elitista.
Pero al mismo tiempo, la celebrificación conlleva riesgos evidentes. El primero es la trivialización: las discusiones complejas sobre salud, educación o pensiones se reducen a frases de impacto. Los problemas estructurales del país son eclipsados por el brillo de la celebridad. Lo que debería ser objeto de deliberación colectiva se convierte en un telón de fondo para la actuación de un líder.
El segundo riesgo es la personalización extrema. Los proyectos colectivos pierden peso frente al carisma individual. Los partidos, debilitados, se convierten en plataformas de marketing para candidatos estrella y a veces, los mismos partidos parecieran ser quienes les frenan. La política deja de ser un espacio de disputa ideológica para convertirse en un concurso de popularidad, donde lo que importa es quién emociona más, quién logra más likes, quién ocupa más espacio en la conversación mediática y quien encarna el carisma.
El tercer riesgo es la desigualdad. La celebrificación no afecta por igual a hombres y mujeres: las mujeres políticas suelen estar algunas veces a un escrutinio mayor de su vida privada y de su apariencia. La exposición que se les exige puede volverse en contra, reforzando estereotipos y asimetrías de género.
En Chile, este proceso se intensifica en un contexto de desconfianza hacia las instituciones y de saturación informativa. La ciudadanía descreída se aferra a relaciones emocionales porque los proyectos colectivos parecen lejanos o poco creíbles. La política se consume como un espectáculo que entretiene y que, al menos, ofrece la ilusión de cercanía.
La paradoja es que esa misma cercanía puede alejar a la ciudadanía de la deliberación profunda. Cuando todo se convierte en imagen, la palabra se erosiona. Cuando el brillo de la celebridad ocupa el centro, la sombra de lo estructural queda relegada. Lo urgente se convierte en anécdota, lo importante en decoración.
Chile corre el riesgo de vivir en una democracia de luces. Una democracia donde los candidatos brillan intensamente en el escenario, pero donde la iluminación no alcanza a mostrar los problemas de fondo. Una democracia donde el ciudadano aplaude como espectador, pero participa poco como deliberante.
Sin embargo, no todo está perdido. Reconocer la celebrificación como fenómeno es el primer paso para resistir su poder de distorsión. Se trata de exigir que la visibilidad política esté al servicio de la discusión pública, y no que la sustituya. Se trata de recordar que la política no es un concurso de simpatía, sino un espacio de construcción colectiva. Se trata de devolver al voto su condición de decisión consciente, no de aplauso automático o del binarismo del like y el dislike.
La celebrificación llegó para quedarse. La pregunta no es si podemos eliminarla, sino cómo enfrentarla críticamente. La política chilena necesita reconocer la centralidad de la imagen, de la emoción, del espectáculo, pero sin perder de vista lo esencial: que gobernar un país no es entretenerlo, sino conducirlo.
La democracia requiere luz, pero no solo brillo. Necesita líderes visibles, pero no estrellas fugaces. Necesita gestos, sí, pero sostenidos en proyectos que vayan más allá del inmediato brillo de un titular. La tarea crítica es desarrollar el espectáculo, mostrar sus engranajes, exigir que tras la sonrisa y la lágrima aparezcan también propuestas claras y caminos colectivos.
De lo contrario, la política se reducirá a una gala interminable, un show de luces donde la ciudadanía, fascinada por el resplandor, terminará por olvidar que lo importante no es aplaudir a sus estrellas, sino construir, en conjunto, el escenario donde todos y todas podamos vivir con dignidad.
Dr. Alejandro Arros Aravena.
Universidad del BíoBío
